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viernes, 23 de febrero de 2018

Un estremecedor relato de violaciones, salió a luz después de 40 años

La primera violación sucedió en su segunda noche en la D2. Luego, el tremendo abuso se repitió noche de por medio, en apariencia cuando volvían a encontrarse los mismos hombres de guardia.

“Para ellos era una diversión; se reían… uno tenía siempre olor a alcohol”. La voz templada de María del Carmen Claro flotaba en la sala, como si la tremenda violencia que desgarraba su recuerdo fuera el eco de un dolor lejano, una herida de otro tiempo. Pero acaso sólo era el último arresto de la vieja fuerza del silencio que acorraló durante décadas su relato.

Es que ella, víctima-testigo, estaba contando por primera vez que había sido violada por tres hombres, y no en una sola ocasión sino en varias. Había sucedido en el otoño de 1975, en las sórdidas dependencias del Departamento de Informaciones de la Policía de la Provincia, la tenebrosa D2, que funcionaba en el Cabildo, en pleno centro de la ciudad de Córdoba

“¡Levantate, puta!”. El 31 de marzo al mediodía un grupo sin uniforme había entrado a la habitación que ocupaba en una pensión. Ella aún dormía: estudiaba Arquitectura durante el día y en las madrugadas era moza en el bowling Aeropuerto. Además, militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores.

La primera violación sucedió en su segunda noche en la D2. Luego, el tremendo abuso se repitió noche de por medio, en apariencia cuando volvían a encontrarse los mismos hombres de guardia. Ella nunca los vio, pero recuerda que las risas eran las mismas, como el mismo olor a alcohol.
MENÉNDEZ. Sigue en estado de gravedad
Su testimonio llegó al final de la audiencia de ayer en el juicio por las causas Vergéz y González Navarro. Los tres primeros (Alen Prieto, Juan Carlos Fernández y Carlota Sombory) habían llegado a través de videoconferencias con Uruguay, Dinamarca y Jujuy.

Su relato había inquietado y Julián Falcucci, presidente del Tribunal, quiso saber cuántas violaciones había sufrido en unos pocos días. Ella precisó: “Cuatro”.

Antes, Jaime Díaz Gavier, juez vocal, había preguntado si sabía de otras prisioneras que hubieran sido violadas también. Y la respuesta de María del Carmen apunto al corazón del silencio de tantos años: “¿Sabe qué pasa con las violaciones? A las mujeres nos costaba mucho hablar del tema”.

“A mí me llevó mucho tiempo”, señaló, dando a entender que los años de callar habían llegado a su fin en ese momento. “Le debe haber hecho bien haberlo relatado ahora”, le dijo Díaz Gavier.

Pero ella no sólo padeció violaciones nocturnas, sino también largas sesiones de tortura diurna. Una de los métodos más repetidos era el “submarino”: se sumerge en agua la cabeza de la víctima cubierta por una bolsa de nailon.

Las consecuencias no se borraron sencillamente. “Mi deporte de chica era la natación. Cuando salí de las cárceles, me paré delante de una pileta y no me pude tirar: miraba el agua y sentía asfixia”.

Después de la D2, fue a parar a la cárcel del Buen Pastor, donde fue una de las 26 presas que se fugó el 24 de mayo de 1975. Dos años después, y ya madre de una niña, fue apresada en Buenos Aires.

El final de su testimonio lo destinó a plantear la pregunta sin respuesta que la consume a ella y a su hija desde hace cuatro décadas: ¿Dónde está Armando Imas, su compañero y padre de su hija, desaparecido en mayo de 1977?

Antes de levantarse de la silla, una breve estela de silencio coronó su relato. Luego, la abrigaron los brazos y las emociones de aquellos que la habían ayudado a soltar, por primera vez, el viejo espanto de su memoria.

miércoles, 18 de mayo de 2016

El megajuicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en La Perla-Campo de la Ribera

Los hijos de los militares en manos de los represores

Los alegatos mostraron cómo los crímenes organizados por Menéndez tuvieron como víctimas a familiares de militares. La fiscalía pidió prisión perpetua para el represor y otros 34 acusados. Los jueces podrían dictar sentencia en agosto.

Por Marta Platía - Desde Córdoba

La etapa de los alegatos en el megajuicio de La Perla refrescó la memoria de lo ocurrido y trajo a luz, día tras día, las atrocidades cometidas por el terrorismo de Estado en Córdoba. Así, los fiscales Facundo Trotta, Virginia Miguel Carmona y Rafael Vehils Ruiz expusieron las pruebas sumadas durante estos más de tres años de juicio y el paso de 581 testigos. En los últimos días pidieron prisión perpetua para Luciano Benjamín Menéndez y otros 34 represores; en tanto que solicitaron penas que van desde los 3 a los 25 años de cárcel para otros diez reos que lo acompañan en el banquillo de los acusados por los crímenes de lesa humanidad cometidos contra las 716 víctimas de esta megacausa. Se estima que los jueces podrían dictar sentencia en agosto de este año.

Convertido en el general con más condenas a prisión perpetua en la historia argentina –ya once, más dos condenas a una veintena de años– ha quedado claro que el Cachorro Menéndez no soltaba su presa cuando la tenía entre dientes. Lo supieron y padecieron cientos de familias en las diez provincias argentinas del centro y norte del país que tuvo bajo su bota durante la última dictadura. De su tenaz cruzada “anticomunista” –que aún hoy, con 88 años, sigue reivindicando– también probaron algunos de sus colegas de armas que sufrieron la desaparición de sus propios hijos en el territorio que arrasó la Hiena Menéndez, como también se lo conoce.

El mismísimo Jorge Rafael Videla tuvo que admitir en más de una oportunidad que “no podía hacer nada” si el hijo o hija de un militar, o alguien de renombre por el que se reclamara, estaba en los campos de concentración de Menéndez: un general impiadoso que no se privó de llamarlo “blando”, y que hasta impulsó un golpe dentro del golpe contra el dictador y su por entonces segundo en el mando, Roberto Viola. Menéndez se sublevó el 28 de septiembre de 1979 en el norte cordobés pero, ante la superioridad de fuerzas de Videla, acabó rindiéndose y terminó preso por noventa días en la celda de un cuartel en Curuzú Cuatiá, Corrientes.

Antes de ese episodio, Videla había dejado al descubierto su falta de autoridad en el área 311 que lideraba a sangre y muerte el Cachorro, cuando de vástagos de militares se trataba. Uno de los casos más resonantes en Córdoba fue el de Carlos Alberto Escobar, el hijo de un coronel del Ejército que había sido amigo y compañero de armas de Videla. Carlos trabajaba en la Dirección de Educación de la Provincia y era delegado del Sindicato de Empleados Públicos, cuando fue secuestrado por una patota en su lugar de trabajo, en la Isla Crisol del Parque Sarmiento de la capital cordobesa. El muchacho militaba en la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) y formaba parte de una lista que apoyaba las ideas que impulsaban Agustín Tosco desde Luz y Fuerza, y René Salamanca, desde Smata.

La mañana del 12 de abril de 1976, Carlos tenía el día libre pero fue a su lugar de trabajo a buscar una parte de su paga que se le adeudaba. Un compañero de oficina, Pablo González, contó que “Carlos llegó, entró y saludó a todos los que estábamos y se fue a tomar un café a la cocina. También escuchamos cuando pasó y saludó a la directora María del Carmen Cognini que estaba en su oficina. Minutos después vinieron a buscarlo y se lo llevaron”.

El testigo contó que él y una compañera de trabajo pudieron escuchar cómo la directora tomó el teléfono y dijo “sí, capitán, está acá”. El hombre la señaló también como quien “entregó” antes a una maestra, Julia Angélica Brocca, mamá de dos hijos, a quien desaparecieron. Pablo González aseguró en el juicio que “la Cognini nos vivía amenazando a todos. Con el dedo índice nos señalaba y nos decía: tengan mucho cuidado que yo a ustedes los estoy vigilando, sé qué hacen y tengo sus legajos”.

El hermano de Carlos Alberto, un abogado de 60 años, Enrique Alejandro Escobar, detalló ante los jueces lo que pudo averiguar sobre esa mañana: “Llegaron dos autos. Bajaron varias personas que preguntaron por el dueño de la Renoleta amarilla. Un hombre de maestranza cuando ve esto está por pegarle el grito a mi hermano para que corriera, pero lo hicieron callar. Le apuntaban con armas. Entraron a la cocina, preguntaron por Carlos Escobar y él dijo ‘soy yo’. Lo encapucharon, le ataron las manos a la espalda, se lo llevaron. Alcanzó a decir que le avisaran a su familia. Se llevaron también la Renoleta. Nos avisaron y esa misma tarde fui donde vivía mi hermano: el departamento tenía la puerta destrozada. A los pocos días apareció la Renoleta totalmente quemada. De él no supimos nada más”.

El padre del muchacho desaparecido era un coronel del Ejército ya retirado. Después de que Menéndez le negara tenerlo en el Tercer Cuerpo o en La Perla, viajó a Buenos Aires para hablar con Videla. Lo conocía desde los 13 años. “Eran muy amigos y habían hecho parte del liceo militar juntos. Mi padre lo respetaba y lo quería”, recordó Enrique Escobar.

–¿Y qué le dijo Videla a su padre? –preguntó el querellante Claudio Orosz.

–La situación de mi padre era particular. El estuvo de acuerdo con el golpe. Es más, fue funcionario de Transporte cuando estaba de gobernador Carlos Chasseing (quien asumió justo el mismo día del secuestro de Carlos Alberto). Como padre quiso proteger a su hijo, pero estuvo de acuerdo con esto de que había que eliminar, sacar de circulación a todos los comunistas, a todos los rojos... Esa obsesión que tenían todos los militares. Pero con respecto a las reuniones (con sus colegas militares) poco hablaba. Y menos conmigo que desde el principio traté de averiguar qué había pasado. Sé que tuvo reuniones con los compañeros de mi hermano. No me las contó. Me enteré después. Lo poco que pude sacar en limpio después de algunos años es el rencor absoluto que le quedó con Menéndez. Uno de los pocos militares que él evitaba saludar. Pero volviendo concretamente a su pregunta, de la reunión con Menéndez salió convencido de que ya no lo iba a encontrar. Y con Videla, supe mucho después que le dijo que si mi hermano estaba en territorio de Menéndez, él no podía hacer nada.

Enrique Escobar revivió en el juicio el dolor por el definitivo quiebre familiar que significó la desaparición de su hermano y la férrea ideología de un padre que avalaba la dictadura: “A un año del secuestro de Carlos murió mi madre. (El hombre se descompone, casi llora cuando se esfuerza por relatar.) Ella no pudo superar la tristeza que esto le provocó y que mi padre militar estuviera de acuerdo con esto. Mi mamá se apagó. Se dejó morir a pesar de que mi hermana se casó y se embarazó, de que iba a tener un nieto. Nunca pudo superar todo eso”.

El testigo también contó que “la llamaban por teléfono desde La Perla diciendo que mi padre estaba molestando mucho, que la terminara. Años después supimos que mi hermano Carlos estuvo ahí, Fermín de los Santos nos contó”. De los Santos fue uno de los sobrevivientes de ese campo de concentración sobre cuyo extenso testimonio se basó gran parte de la causa inicial de este juicio. Era médico y fue destinado a trabajo esclavo dentro de la sala de tortura: auscultaba los corazones de las víctimas picaneadas. Varios sobrevivientes recuerdan su voz diciéndoles a los verdugos “paren o se muere”. En su estrategia defensiva los torturadores lo señalan –como al resto de los sobrevivientes– como un colaborador.

Enrique Escobar vuelve a descomponerse cuando le cuenta al Tribunal lo que le dijo Fermín de los Santos en una entrevista. Su voz y las manos tiemblan casi sin control frente al micrófono: “Me dijo que mi hermano había sido muy torturado... Me preguntó si quería saber detalles y le dije que sí... Me dijo que lo habían atado a la cama, que su cuerpo era una sola llaga... Que lo habían cortajeado todo con hojitas de afeitar... Que hubo un particular ensañamiento con él porque no le habían podido sacar ni una sola palabra. Y que como mi padre era ‘un militar gordo y molestaba mucho’, se lo dieron a (Héctor Pedro) Vergez (alias “Vargas”) que se lo llevó y no lo volvieron a ver”.

Vergez y la fosa

A principios de los ‘90 la familia Escobar volvió a tener noticias de lo sucedido con Carlos Alberto: hubo una reunión de sectores peronistas en Carlos Paz. Hacia allí fueron los leales a Raúl Bercovich Rodríguez y los agrupados bajo la órbita de José Manuel de la Sota. El antiguo compañero de trabajo de Carlos, Pablo González, acudió por el delasotismo. Al regreso hubo un hombre que se ofreció a traerlo de regreso a Córdoba en su auto: era el torturador Vergez, quien se había reciclado como “financista” y hasta había escrito un libro, Yo fui Vargas, contando sus crímenes en las bandas del Comando Libertadores de América (CLA) antes del golpe y durante la dictadura.

–¿Y qué le dijo Vergez sobre Carlos Escobar? –le preguntó el juez Jaime Díaz Gavier al testigo González.

–Le pregunté si sabía qué había pasado con Carlos. Él me dijo que ya no lo buscaran más. Que él mismo lo había matado “porque el padre molestaba mucho” y que lo había tirado en una fosa común en La Perla. Que no lo iban a encontrar nunca más.

Según Enrique Escobar, “esta versión fue corroborada por la sobreviviente Liliana Callizo, quien le contó a Lidia Lescano, una compañera de mi hermano, que Vergez lo había matado. Fue en el tiempo en que a algunos de los prisioneros los llevaban de visita a sus casas y luego los volvían a llevar a La Perla. Eran esclavos para distintos trabajos, pero a veces los llevaban a sus casas y hasta se sentaban en la mesa con los familiares de los cautivos... Que cierta vez hubo una cena en la que también estuvo el (represor Ricardo) “Fogo” Lardone, quien dijo que mi hermano había sido particularmente valiente y que eso hizo que se ensañaran con él. Que en la fosa que lo tiraron también enterraron a René Salamanca”.

Hijos de militares

Alfredo López Ayllón y Pablo Rosales tenían sólo 18 años cuando los asesinaron. Ambos eran “peligrosos extremistas” para Menéndez y sus subordinados. A Alfredo lo fueron a buscar a su casa en Carlos Paz. Un vecino, Héctor Antonio Domínguez, vio cuando llegó la patota a llevárselo. “Mire, señor juez, por la pinta que tenían yo pensé que eran ladrones, así que esperé un poco con un vecino para que no nos vieran y avisarle a la policía. Apenas se fueron nos fuimos a la comisaría”, detalló. El hombre contó que vio cuando el pibe trató de escapar trepando por el alambrado que tenía la casa alrededor, y cuando lo bajaron “de las piernas” para meterlo en el baúl de un auto. “Se llevaban todo lo que podían de adentro de la casa. Robaron”, denunció.

Domínguez relató que cuando regresaron con la policía, “los autos de los tipos volvían a la casa. Deben haber estado esperando al padre. Les dijimos a los agentes que eran ellos. Los persiguieron y pararon los autos que se llevaban al chico y las cosas ahí, a media cuadra. Pero cuando los tipos se bajaron y se identificaron como del Ejército, los dejaron ir con todo... El pobre padre anduvo buscando al chico por la cárcel, por todos lados. Le hicieron gastar un montón de plata para decirle dónde estaba. Vendió un auto... pobre, nunca apareció”, memoró el testigo con la misma tristeza y enorme impotencia que no lo abandonó en todo el relato.

Los fiscales agregaron que la sobreviviente Mirta Iriondo declaró que vio al chico en La Perla. Que era hermano de Jorge López Ayllón, a quien ya habían matado unos meses antes. Alfredo López Ayllón fue “trasladado” –así nombraban al asesinato por fusilamiento– el día del terremoto de Caucete, el 23 de noviembre de 1977.

A Pablo Javier Rosales, en cambio, lo mataron en el mismo momento en que intentaron secuestrarlo. Fue el 26 de noviembre de 1976. Todavía estaba en la secundaria. Le faltaba rendir matemáticas para egresar. Tenía el examen al día siguiente. Pablo era de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y fue baleado cuando la patota intentó atraparlo. Según la fiscalía, “le dieron en la cadera. Hay testigos que aseguran que fue (el represor muerto el año pasado) Luis “Cogote de Violín” Manzanelli quien le disparó con una escopeta. El chico murió desangrado cuando lo trasladaban al Hospital Militar. Su madre, Beatriz Josefina Echevarría de Rosales, declaró que ese día Pablo salió de casa para devolver un libro, y le dijo a la hermana que volvería para estudiar matemáticas”. Según confirmó la fiscalía, “la madre dijo que Pablo nunca volvió. Que su esposo, que era militar de la Aeronáutica, fue a buscarlo y que al día siguiente, el 27 de noviembre, un comodoro amigo llegó a su casa y le dijo ‘quedate tranquila, a Pablo lo mataron’. Fíjense ustedes, señores jueces, lo que este hombre le dijo a la madre: ‘quedate tranquila tu hijo está muerto’”, se espantó el fiscal Vehils Ruiz en su alegato. Y siguió: “La madre contó que en su desesperación preguntó si lo habían torturado. Y que el comodoro le contestó: ‘No han tenido tiempo’. Ella dijo que en un comunicado en el diario pusieron que su hijo Pablo era de Montoneros, que era dirigente y que lo habían abatido en un tiroteo. La mamá dijo aquí, en el juicio: ‘Pablo era un chico. Tenía 18 años. Le faltaba rendir matemáticas. ¿Cómo iba a ser comandante de semejante cosa?’. En un intento por saber qué había pasado, Beatriz de Rosales fue a la esquina donde lo mataron. Allí un kiosquero le dijo que hubo un tiroteo ‘pero de un solo lado’. La mujer agregó que Pablo era ahijado de monseñor (Enrique) Angelelli, y que tal vez por eso... Señores jueces, la madre trataba de buscar una razón para semejante barbaridad: que le maten a un chico de 18 años de un escopetazo en la calle. También agregó que el comandante Costri, que era tío de (el represor Ernesto “Nabo”) Barreiro, le dijo que Barreiro se enojó ante esa muerte, no lo quería muerto, lo quería en sus manos. Y todos ya sabemos qué pasaba en esas manos”, deslizó el fiscal antes de concluir. “Señores jueces, tenemos prueba suficiente para saber que todo esto ocurrió. La muerte de Pablo Javier Rosales fue admitida por el Tercer Cuerpo de Ejército. Como ocurrió en tantos casos, en el diario La Voz del Interior apareció que ‘abatieron un extremista’. Lo que no decían era que el extremista tenía sólo 18 años”.

“La hija del aviador”

El caso de Silvina Parodi de Orozco, la hija de la Abuela de Plaza de Mayo Sonia Torres, se encuadra también entre los hijos de militares que tuvieron “un trato especial”. Silvina tenía 20 años y un embarazo de seis meses y medio cuando la secuestraron el 26 de marzo de 1976. Era hija de Enrique Parodi, quien pertenecía a la Fuerza Aérea. Se la llevaron con su esposo Daniel Francisco Orozco. Se sabe que a él lo torturaron frente a ella en La Perla. Que la obligaron a ver el suplicio. También, a lo largo de este juicio, varios testigos contaron que la mantuvieron con vida hasta que nació el bebé. A su turno, Silvia Acosta declaró que la vio y hasta la escuchó parir en la Maternidad Provincial el 14 de junio de 1976. El pediatra Fernando Agrelo, que revisó a la mamá y a su bebé, aseguró que “la criatura tenía una muy buena salud y la mamá mucho estrés”. Que los vio juntos en la cárcel de mujeres del Buen Pastor; y poco después también atendió al bebé, ya solo, en la Casa Cuna.

Sonia Torres está convencida de que “la mantuvieron cautiva casi en secreto porque ella era una chica sana, hija de un militar y su bebé era un buen botín de guerra. Silvina era atlética, fuerte. Había sido campeona de natación y tanto Daniel como ella eran dos chicos inteligentes. Estudiaban Ciencias Económicas, eran sanos. Ese bebé debe haber ido a parar a alguna familia poderosa, tal vez de militares. Por eso es que no ha aparecido”, argumentó la titular de Abuelas-Córdoba ante Página/12.

El hecho de que Silvina nunca hubiese sido una presa “blanqueada, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, acrecienta las dudas de Sonia Torres. “Si hasta cuando la tuvieron en la UP1 de barrio San Martín, que era una cárcel del Estado, la mantuvieron clandestina, ahí abajo, en las celdas subterráneas. Las carceleras tenían su nombre. Lo gritaron un día en el pabellón 14 de las mujeres para entregar una ropita de bebé que yo había llevado... Pero las presas dijeron que Silvina nunca estuvo ahí con ellas. La tenían escondida, desaparecida entre los presos políticos.”

Enrique Parodi, el padre, la buscó hasta su propia muerte hace más de un lustro. El hombre amaba a esa hija: “Silvina y su papá eran muy unidos. Era sus ojos, su campeona de natación”, recordó Sonia.

Parodi padre nunca obtuvo ninguna respuesta de sus colegas. Las monjas del Buen Pastor y de la Casa Cuna –que aún guardan un silencio cómplice sobre lo sucedido con el bebé robado– nombraban a Silvina como “la hija del aviador”.

De eso dio fe la testigo Laura Marrone, quien en su declaración del 5 de agosto de 2015 afirmó que las monjas recluidas en un geriátrico en las sierras cordobesas la llamaron así cuando ella, para ayudar a la búsqueda de Sonia Torres, fue a pedirles que dijeran lo que sabían sobre Silvina y su hijo. Se sabe que aún están con vida al menos dos de las monjas que tenían poder y autoridad cuando el bebé fue entregado: Monserrat Tribo, de la Casa Cuna, y Angélica Olmos Garzón (tía de la ex jueza federal Cristina Garzón de Lascano), que estaba a cargo en el Buen Pastor. Tribo fue trasladada a España pocos días después de que el fiscal Facundo Trotta pidiera al Tribunal que se la llamase a comparecer, en noviembre de 2014.

Sonia Torres es una más de las Abuelas que espera que la apertura de los archivos del Vaticano anunciada por el Papa Francisco les aporte información en la búsqueda de sus nietos. Torres cumplirá 87 este año. Lleva 40 de búsqueda. Y, se sabe, el tiempo no se detiene.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Los testimonios del horror de la tortura y los asesinatos en la La Perla

Donde no murió nadie

Mientras forma una “comisión” de represores para tratar de moderar su situación legal señalando un lugar donde ya se encontraron cuerpos, Ernesto “el Nabo” Barreiro dijo lo increíble: que en La Perla “no murió nadie”. Pero los testimonios son clarísimos sobre las horribles muertes que sufrieron los prisioneros de ese campo de concentración.

 Por Marta Platía

Desde Córdoba

Lo dijo Ernesto “el Nabo” Barreiro: “En La Perla no murió nadie”. Fue apenas un día después de entregar sin que nadie se lo pidiera una lista con 19 nombres de desaparecidos al Tribunal Oral Federal No 1, que lo juzga por crímenes de lesa humanidad, y de señalar los supuestos lugares donde los enterraron. “No murió nadie”, dijo, y en los oídos de cientos de víctimas –sobrevivientes, familiares y amigos de los desaparecidos– retumbaron los nombres de los suyos. De los que nunca volvieron. de los muertos.

Por ejemplo, el del albañil de Unquillo Justino “el Negro” Honores, que agonizó en plena cuadra de ese campo de concentración en brazos de otro prisionero, Eduardo Porta, que lo cuidó como pudo luego de una fatal mezcla de palos y picana. Era una técnica que practicaba con esmero y delectación Elpidio “Texas” Tejeda, un feroz torturador adiestrado, como Barreiro, en la Escuela de las Américas de Fort Gulik, Panamá. “Este cóctel inutiliza el sistema renal y hace que no puedas orinar, te sale como pasta dental, y sentís la muerte, hasta que finalmente te morís”, describió, entre espasmos de dolor y llanto, el sobreviviente Andrés Remondegui quien, gracias a su “juventud y cuerpo de deportista”, logró escapar a ese final que también mató al doctor Eduardo “Tero” Valverde. El abogado había sido funcionario del gobierno constitucional de Ricardo Obregón Cano. Su esposa María Elena Mercado nunca dejó de buscarlo. El día del golpe, Valverde se presentó “de inmediato” en el Hospital Aeronáutico de la Avenida Colón cuando supo que lo habían reclamado. No tenía nada que ocultar, le había dicho a un colega. “Lo mataron en La Perla en pocas horas”, atestiguó Graciela Olivella. Donde Barreiro dice que no murió nadie.

En esa misma cuadra, en diciembre de 1976, María Luz Mujica de Ruartes volvió a su niñez en una de las agonías más espeluznantes que relataron los sobrevivientes Cecilia Suzzara, Graciela Geuna, Piero Di Monte y Susana Sastre. “Estaba destruida y muy hinchada. Ella en su mente volvió a su niñez y pedía por su mamá. Nos turnábamos para hacer de madre, para acariciarla, acunarla o darla vuelta para que no sufriera tanto. La habían reventado en la tortura. La sacaron medio muerta y nunca más la vimos.” El médico Enrique Fernández Samar, de Buenos Aires, que había sido secuestrado con ella, murió poco después y por el mismo atroz, sistemático tormento.

Teresa “Tina” Meschiatti, una de las sobrevivientes cuyo testimonio es de los que se consideran más completos, ya que fue secuestrada en septiembre de 1976 y la liberaron casi a finales del ’78, fue picaneada en todo el cuerpo, pero especialmente en su zona genital. Le quemaron la vagina y las piernas “dándole máquina”, al punto de que cuando declaró en juicio contó y mostró que le quedaban marcas en las pantorrillas a más de 37 años de la tortura. “Tenía olor a podrido, a carne quemada. No me podía mover. Estaba hinchada y casi no podía respirar, y no sabía que era yo la que despedía ese hedor... En un momento ya no tenía voluntad de vivir.”

Piero Di Monte a su turno, repitió: “¡No es uno el que grita en la tortura, es el cuerpo! ¡Uno ya no puede controlarlo!”. Y señaló directamente a Barreiro como uno de los que lo picanearon a él y a su mujer, Graciela, embarazada de cinco meses en una parrilla en “la terapia intensiva”, como también llamaban los represores a la sala de torturas. Así o “la margarita”, por la forma de la punta de la picana. “Pensé que me moría, que no podría resistir cuando lo vi a Barreiro ir con la picana en la mano a torturar a mi esposa.” ¿Se le notaba el embarazo?, preguntó el fiscal. “Sí, tenía una pancita de cinco meses y un vestido con flores...”.

Di Monte, que se salvó de la muerte por su doble nacionalidad ítalo-argentina –un general con ansias de ser diplomático en Italia decidió atender el pedido de la embajada de ese país–, fue quien dio fe de la insistencia nacionalista de Barreiro en cuanto a los métodos de tortura utilizados: “Decía que no eran ni de los norteamericanos (la Escuela de las Américas, donde él había estudiado); ni de la Doctrina Francesa (de Roger Trinquier, que llegó al país de la mano del brigadier Alcides Aufranc, ya en 1959, al edificio Cóndor). Según él, acá se usaba un método criollo que él mismo había ideado. Barreiro nos puede dar cátedra de tortura. Es un experto en eso”, afirmó. En su banquillo, el represor sonreía y negaba con la cabeza.

Otra víctima que recordó “perfectamente” la cara de Barreiro durante sus tormentos fue Jorge De Breuil. “En el Campo de La Ribera, Barreiro me apaleó, y cuando estaba en el piso, me levantó la venda y me dijo en la cara ‘¿te gustó la orgía de sangre que hicimos con tu hermano?’.” La frase-tortura se refería al fusilamiento en un simulacro de fuga de Gustavo, su hermano menor de sólo 20 años. Una ejecución en la que también mataron a Higinio Toranzo y al abogado Miguel Hugo Vaca Narvaja, de 35 (el padre del actual juez federal No 3 de Córdoba, homónimo de su padre y de su abuelo, también asesinado).
Una mujer destrozada

La brutal matanza de la joven madre Herminia Falik de Vergara, a quien la patota había atrapado en la parada de un ómnibus el mediodía del 24 de diciembre de 1976, y torturaron “de apuro, ya que querían ir a brindar con sus familiares en la Nochebuena”, es una de las heridas más profundas en los recuerdos de quienes lograron salir con vida del campo de concentración. Liliana Callizo no sólo contó en la sala al Tribunal lo que les vio hacer a Barreiro y a sus cómplices, sino que en una inspección ocular en La Perla señaló cada paso del recorrido “a la rastra y de la mano, por el que el Nabo me llevó a la Margarita”. Callizo señaló en la puerta de la sala de tortura –un cuarto pequeño, asfixiante, de techo muy bajo– donde la ubicaron cuando Barreiro le quitó la venda para que viera cómo masacraban a Falik de Vergara. Destacó las mangas “arremangadas” de la camisa del Nabo, su “transpiración” por el trabajo de matar. Y cómo el torturador y ahora miembro de la flamante “comisión” de reos que preside Barreiro, Luis Manzanelli, “con una picana en cada mano se había sentado en la cabecera de la parrilla” –el elástico de cama donde tenían atada desnuda a la víctima– para darle electricidad entre todos y matarla más rápido.

Callizo contó horrorizada que el cuerpo de la chica “se arqueaba y le salían chispas” porque además de las descargas eléctricas, le echaban baldazos de agua. Y que Herminia, a pesar de lo atroz del tormento, no les dijo nada. “Le preguntaban por el marido, dónde estaban sus hijas, y ella sólo gritó mis hijas no, mis hijas no.” Cuando la creyeron muerta, se fueron. La prisionera Servanda “Tita” Buitrago –una enfermera de cuarenta y pico de años a quien habían puesto a servir la comida a los demás cautivos– fue quien la vio morir. “Cuando entré más tarde, todavía estaba atada y viva, pobrecita... Le acaricié la frente y ella me dijo ‘gracias’. Y eso fue lo último antes de morirse... Tan chiquita y agradecida ¡y mirá lo que le habían hecho estos asesinos!”, se condolió casi cuarenta años después en su testimonio por videoconferencia desde el Chaco. “¡Todos torturaban, todos mataban, todos violaban! ¡Era lo único que sabían hacer estos desgraciados!”, acusó la mujer ahora de 86 años. Entre los imputados, hubo alguno que hasta bajó la cabeza ante los insultos. Fue el caso de Exequiel “Rulo” Acosta, quien acostumbraba contarle sus “cuitas” a Tita, la prisionera a la que muchos llaman “la mamá” de La Perla.
Huesitos y batitas

Otro que no se privó de insultarlos fue el arriero José Julián Solanille. “Sinvergüenzas, hijos de mala madre”, los descalificó una y otra vez el único testigo que afirmó haber visto con sus propios ojos a Luciano Benjamín Menéndez “al frente de un pelotón de fusilamiento” que asesinó, al borde de una gigantesca fosa común, a un centenar de jóvenes “atados de pies y manos”. Solanille era empleado del dueño de un campo cercano a La Perla y atravesaba la zona cuidando animales. “Eran todos asesinos, torturadores”, aseguró el hombre que dijo haber contado “más de 200 pozos” de enterramientos clandestinos en el predio de La Perla.

En su testimonio también recordó cuando escuchó por primera vez el apodo de Barreiro. “Fue por boca de la mujer de un paracaidista de apellido Baigorria. Me acuerdo de que el marido tenía un Chevy amarillo. Venían, y este señor dejaba a la señora, que era muy linda, en mi casa. Una vez ella salió al campo con un termo y estaba cerquita de la cárcel (así llamó todo el tiempo al edificio donde se torturaba). Se sentían gritos. Se escuchaban muchos gritos de chicas... Entonces los dos vimos pasar a Barreiro como a unos ocho metros. Ella me dijo entonces ‘ahí va el Nabo. Vas a ver cómo se va a acabar el griterío de las putas esas’.” En la audiencia, Barreiro se rió echando la cabeza atrás como si hubiese escuchado el mejor de los chistes. Pero su mano izquierda lo traicionó: le temblaba hiperkinética, sin parar, sobre la rodilla. El hombre dijo haber escuchado tiros y luego el silencio, como le anunció la mujer.

En La Perla, “donde no murió nadie”, el arriero vio arrojar “los cuerpos de dos chicas desde un helicóptero el 3 de mayo de 1976”. Y en su propia casa, a unos 500 metros del campo de tortura, sintió “el olor a carne quemada de los pozos donde tiraban a la gente. El humo con ese olor espantoso se vino para mi casa. Era insoportable. Mi mujer y mis hijos se quejaban. Era horrible”. En su relato también recordó cuando una perrita que tenía comenzó a llevar a la cucha “huesos chiquitos, cabecitas muy chiquitas...”. Y ahí fue cuando el enorme hombre que es todavía don Solanille, se quebró. Se cubrió los ojos con una de sus manos y sollozó: “Perdónenme Abuelas, pero la perrita traía manitos, bracitos, batitas celestes y rosas...”

–¿Y cómo sabe usted que eran huesos de seres humanos y no de animales? –preguntó el juez Jaime Díaz Gavier.

–Porque soy hombre de campo, señor –respondió con firmeza–. Y sé distinguir cuando son huesos de animal o de cristianos. Y éstos eran de cristianos.

Uno de los tres cómplices de Barreiro en la “comisión para colaborar con la investigación” en este juicio, es Luis “Cogote de violín” Manzanelli. También con veleidades de profesor de historia, como su jefe, varios sobrevivientes lo señalaron como un tipo “que parecía tranquilo y de repente era una máquina de torturar”. Un gendarme llegado desde Orán para testificar, Carlos Beltrán, detalló una escena que sucedió en los descampados de La Perla. “Manzanelli, el del ‘cogote torcido’, me ordenó que le dispara a una pareja. Yo me negué. Le dije que entré a Gendarmería a cuidar las fronteras de mi patria, no a matar gente”. Según Beltrán, enloquecido por la ira, el propio Manzanelli los mató. “Les dio un tiro a cada uno. Primero al muchacho, al que le habían hecho cavar el pozo, y después a la chica que estaba embarazada y tenía una panza como de ocho meses. Fue horrible porque ella volvió a levantarse y él la remató a tiros”, describió espantado. Luego contó cómo los rociaron “con nafta, los quemaron y los taparon con tierra” en la oscuridad de los campos que rodean a La Perla. El muchacho fue echado de la Gendarmería por negarse a cumplir la orden.

El otro integrante, Héctor “Palito” Romero, se hizo “famoso” entre la caterva por su uso del “amansalocos”, como le llamaban al palo que usaba para torturar. Cecilia Suzzara contó cómo “torturó a David Colman en la primera oficina de La Perla. Las paredes –que luego debían limpiar los prisioneros utilizados como mano de obra esclava para todo servicio– quedaron manchadas con su sangre”.

De José Hugo “Quequeque” Herrera, hay –como de casi todos ellos– decenas de crímenes y perversiones que los incriminan. Pero en su caso se destaca el perfil de violador consuetudinario. Liliana Callizo, que fue una de sus víctimas, lo reconoció y señaló sin “ninguna duda” ante el Tribunal.

Los detalles de crímenes y vejámenes que cometieron –y de los que no se arrepienten– laceran lo esencial de la especie humana, y en los dos años que lleva este juicio se han escuchado ya 430 testimonios en 197 audiencias.

En los predios La Perla el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró restos óseos humanos el 21 de octubre pasado. Y siguen encontrando restos. La integrante del equipo Anahí Ginarte le dijo a Página/12 que “es zarandear tierra de los hornos (de cal de la estancia La Ochoa, donde descansaba Menéndez los fines de semana) y encontrar huesos”.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Una madre asesinada por buscar a su hijo

El juicio por los crimenes de lesa humanidad cometidos en Córdona bajo el terrorismo de estadoUna madre asesinada por buscar a su hijo

Marta Taborda Ledesma-Comba relató cómo fue diezmada su familia. Su mamá, Marta Ledesma, y su padrastro, Sergio Comba, fueron secuestrados en 1975. La madre de Sergio, Elsa Comba de Comba, intentó averiguar qué había pasado con él y terminó muerta.

 Por Marta Platía

Desde Córdoba

Madre, padrastro, tío, tía, abuela. Son cinco los desaparecidos que cuenta Marta Taborda Ledesma-Comba en su familia. “Cinco desaparecidos y un muerto, mi papá”, dice. Son dolores de los que no habló hasta hace poco más de dos años, cuando junto a su hermano, Gabriel Ignacio Comba, y a casi 38 años de ocurridos los secuestros, decidieron presentarse en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, en Córdoba, y pedir que los ayudaran a saber qué había sido de ellos. “Nos criaron mi bisabuela, la Yaya, y María, mi abuela materna. Cuando preguntábamos por los padres, nos decían que habían muerto en un accidente camino a Buenos Aires. Esa fue la forma de protegernos”, así explica “haber llegado viva hasta ahora”, esta joven alta, rubia, de fuerte contextura, cuando se sienta frente al Tribunal y agradece poder contar lo que recuerda “paso a paso y sin necesidad de cerrar los ojos”: la noche en que la patota del represor Luciano Benjamín Menéndez se llevó a su mamá, Marta Ledesma, y a su padrastro, Sergio Héctor Comba.

“Fue el 10 de diciembre de 1975. Yo tenía cuatro años y medio. Era una nena, pero a los chicos cosas como éstas, terribles, se nos graban para siempre. Habrán sido las diez. Yo ya estaba en la cama, pero no me había dormido... Escucho golpes, gritos y ruidos de cosas que se caen. Me asomo al hallcito de la casa. Ahí la veo a mi mamá en una silla: está descalza y atada. Y a Sergio, también descalzo y atado, tirado en el piso. Esos hombres entraron a mi dormitorio y me cerraron la puerta. Yo no sé cuánto habrá pasado, pero seguí escuchando gritos, como que les pegaban con algo. Después entró un hombre con mi mamá y otro más, y se sentaron en mi cama. Mi mamá al lado mío, un hombre al frente y otro parado atrás de mi mamá. Ella tenía puestas esposas en una mano. A la otra la tenía suelta. Me acuerdo de que le colgaban las esposas... De esa noche también me acuerdo de que un hombre joven se sentó al frente mío y me miraba así, como yo a ustedes: con la distancia de una cama a la otra. Tenía como 40 años, con barba y bigote oscuro y tupido. Vestido de azul. Me estaba vistiendo y ese hombre me dijo ‘¿querés que te ponga las zapatillas?’. Yo no quise”.

Marta se revuelve en su silla. “Ahora me puedo acordar mejor de su cara que de la de mi mamá, que se va borrando... Y no quiero que se borre, por eso ando con sus fotos.” Las acaricia. Tiene imágenes de los suyos en la mesita frente al estrado de los jueces. Por un momento, la joven se agarra la cara y solloza de pena, de bronca. Pero Marta no se permite aflojar. Sacude sus manos para darse fuerzas. “Salimos al pasillo de la casa y me quedé parada en el marco del dormitorio. Ahí pude ver a Sergio en el suelo... Había sangre, tenía los pies descalzos. Otro hombre estaba con mi hermano (Gabriel, un bebé de sólo tres meses) en su dormitorio. Lo estaba levantando. Llevaron a mi mamá a la cocina y le hicieron preparar bolsos. Antes de que me lleven, veo a Sergio tirado, como inconsciente, los ojos vendados, los brazos en cruz. Tenía dos soldados, uno a cada lado. No se movía... A mi hermano lo envolvieron en una frazadita. Mi mamá iba descalza, esposada. A Sergio lo trajeron arrastrando. Nos subieron a dos autos. A mi hermano y a mí nos llevaron a la casa de mi abuela... Yo iba en un auto atrás. En el de adelante iba mi mami. Me acuerdo de las luces del auto de adelante porque eran como dos ojos rojos. Pararon y me llevaron en brazos hasta la casa de mi abuela. Al Gabi también lo traían. Salió mi abuelo. Mi abuela no estaba porque –después cuando fui grande me contaron– se había ido a buscar al hijo, Juan Eliseo Ledesma, el hermano de mi mamá, que habían secuestrado dos días antes en Buenos Aires. Me acuerdo que mi abuelo se asustó. El hombre que me entregaba le dijo que una mujer nos había encontrado tirados por la calle. Yo le dije: ‘¡No tata, mentira, la mamá está en un auto, ahí en la esquina!’. Mi abuelo quiso anotar los nombres de los que nos entregaban, pero le gritaron: ‘¡Pero qué anotar ni nada! ¡Agradezca que le traemos los chicos!’.”

Marta Inés Taborda y Gabriel Ignacio Comba son querellantes por el secuestro, tortura, asesinato y desaparición de su madre, Marta Susana Ledesma, y el padre de Gabriel, Sergio Comba. “A mi papá lo habían matado poco después de que yo nací, en 1971. Se llamaba Juan del Valle Taborda y era militante del PRT-ERP. Después mi mamá conoció a otro compañero de militancia, Sergio Comba, que trabajaba en SanCor, formaron una familia y tuvieron a Gabriel, mi hermano.” Como si necesitara explicarlo, les dice a los jueces: “Para mí, para mi familia, estar en este juicio es como cerrar algo. Cerrar heridas. Con los padres desaparecidos siempre se está esperando algo. No sabés muy bien qué, pero algo”.

–¿Sabés qué pasó con tus padres? –preguntó la abogada querellante Mariana Paramio.

–Recién en el 2008 tuve noticias. Una prima de mi hermano nos mandó un mensaje. Dijo que tenía información de que los habían llevado a La Ribera y que ahí los torturaron y fusilaron junto con otros nueve compañeros por orden de (Héctor Pedro) Vergez.

Según se jactaron los torturadores en La Perla frente a otros prisioneros, Marta Ledesma, a quien llamaban “María”, y Sergio Comba, conocido como “Alberto”, fueron fusilados junto a otros siete militantes en el patio del Campo de La Ribera a poco de secuestrados. Fue con esa ejecución en masa que ese campo de tormentos y exterminio inauguró su actividad.

–¿Y tu abuela paterna? ¿Qué sabés de Elsa Gladys Comba de Comba? –quiso saber Paramio.

–Ella era muy dulce. Era la abuela de mi hermano, pero nunca hizo diferencias por más que yo no era hija de su hijo. Supe que cada vez que ella fue a preguntar por Sergio la vuelteaban y le decían cosas indecorosas... Hasta que en febrero de 1978 la secuestraron también a ella... Al poco tiempo se encontró cerca de (Alcira) Gigena (un pueblo del sudoeste cordobés) un cadáver calcinado. Y era ella.
Tortura y matanza

Desde que la patota secuestró a su hijo Sergio, Elsa Gladys Comba de Comba no dejó de buscarlo. Fue a preguntar por él a todos los lugares que pudo: comisarías, hospitales, el Tercer Cuerpo de Ejército, el Arzobispado. Soportó burlas, mentiras, negativas, golpes, vejaciones y tormentos.

“Ella era de Río Cuarto y no paró un solo día de preguntar por su hijo”, contó su hermano Edgar Comba, un hombre de rostro tristísimo y dolor añejo que, a casi cuarenta años del crimen, llegó a este juicio para denunciar “a los que la asesinaron”.

–Yo vivía en Córdoba y cada tanto iba a verla. Cuando desapareció Sergio, Gladys, como cualquier madre, lo empezó a buscar. Tanto lo buscó, tanto insistió, que molestó a la policía. Le allanaron la casa varias veces. Mi hermana tenía una pensión de estudiantes en Río Cuarto, en el centro de la ciudad... En esos tres años que buscó a su hijo a veces la tenían detenida y la torturaban para hacerle confesar no sé qué cosas... Una vez ella me contó de los golpes y que en una ocasión llegaron a extremos que... (en ese punto el hombre se detiene, se cubre los ojos con una mano y se le escapa un quejido que lacera el aire de la sala). Gladys me contó que llegaron a algo terrible, extremo... que (en la policía) le inyectaban, le ponían una manguera por la vagina, la conectaban a una canilla y la abrían... No me lo dijo, pero debe haber sido terrible, pobrecita... Pero siempre siguió buscando. Seguía yendo a pesar de todo y de que la torturaban...

–¿Ella le comentó quiénes eran los que le hacían eso? –preguntó el juez Jaime Díaz Gavier, con el rostro casi descompuesto.

–Sí, si bien era un grupo policial, el que comandaba esto era un señor al que le decían El Gato, El Gato Gómez.

Desde su banquillo, el represor Miguel Angel “El Gato” Gómez mira con cara de no entender, los ojos permanentemente desorbitados. De a ratos mueve la cabeza, negando. Con éste, son cientos los testimonios que dieron cuenta de su crueldad y perversiones. De su gusto por violar a los cautivos y hasta por sacarles las vendas para que lo vieran bien. “Mirame, yo soy El Gato, tu torturador”, se presentaba.

–¿Y qué pasó con su hermana?

–En uno de los allanamientos se la terminaron llevando. Fue el 23 de febrero de 1978 a eso de las tres, cuatro de la madrugada. Dejaron a su hija Norma, que estaba con ella. A Norma y a los estudiantes los maniataron a todos. A mi hermana la sacaron envuelta en una alfombra de piso. Me avisaron más tarde. Viajé hasta Río Cuarto y empecé yo a buscarla a ella. Fui a la Jefatura de Policía porque sabía que ellos eran los que hacían esas cosas. Ahí me dijeron desconocer todo. Ellos trataban de separarse del tema, mandarme para otro lado. Fue muy difícil poder avanzar y saber algo más.

Edgar Comba contó que al día siguiente del secuestro supo por otra persona, que también estaba buscando un familiar, que en un camino rural de la localidad de Alcira Gigena habían encontrado un cadáver calcinado. “Como yo no podía dar con ella, empezamos a pensar que podría haber una relación. Fui a la morgue. Pedí verlo... (El hombre vuelve a descomponerse, alcanza a pedir perdón en un sollozo... el cuerpo le tiembla.) Mire, señor juez, yo pude verlo... Estaba muy, muy quemado. Tenía un alambre envuelto en el cuello, o un cable... Le había quedado solamente una parte de las piernas y los pies, quemados también pero no tanto, y ahí se había adherido parte de un camisón que era de ella, yo reconocí el estampado.” Como pudo, el testigo contó que se fue a la casa de su hermana. Necesitaba corroborar que era ella. “Como tenía un pie bastante entero, se me ocurrió buscar un zapato de ella. Volví a la morgue y se lo calcé. Ahí tuve la plena seguridad de que era mi hermana.”

jueves, 13 de marzo de 2014

Testimonios dieron cuenta de la existencia de un plan sistemático

Brindó  testimonio David Andenmatten, militante de la Agrupación Universitaria del Peronismo de Base; luego lo hizo Jone Teresa Grilli, esposa del dirigente de Luz y Fuerza Juan Alberto Caffaratti – detenido desaparecido- y la última en hacerlo fue Nilda Estela Jelenik. El secuestro,  la tortura empleada como método para lograr información, los “traslados” y la presencia de emabarazadas en los campos de concentración quedaron expuestos.

Por Katy García- Prensared


El primer testigo Andenmatten reconoció a Miguel Ángel Gómez como su torturador y durante el curso del relato lo responsabilizó de torturar a una centena de militantes en Río Cuarto. Pidió que se investiguen estos hechos ocurridos en la ciudad del sur.

Lo detuvieron el 27 de mayo de 1976, tenía 22 años, trabajaba en una fábrica de baterías, en barrio General Paz. “A las 7  de la mañana vinieron tres hombres de civil que se presentaron como policías. Me introdujeron en un auto y llevaron al D2. No iba vendado”, afirmó. Después lo vendaron y le dijeron: “Andenmatten: vamos”.

El testigo revivió aquellos dolorosos momentos cuando un grupo de represores “le tiraban agua y le hacían preguntas, todo junto. Para mí fue un tiempo infinito”, dijo y afirmó que con el tiempo supo que el que lo interrogaba era (Miguel Ángel) el Gato Gómez. Lo recordaba por la voz. “Estaba como perdido en El tranvía”, dijo en referencia a un banco de cemento donde los amontonoban.  “Había más personas detenidas. Se escuchaban gritos, le pegaban a todo el mundo. Un horror. Ese era el trato natural”, se acordó.

El 28 de mayo lo sacaron  y lo llevaron a Río Cuarto donde también lo torturaron y realizaron simulacros de fusilamiento, mientras le pedían nombres. Permaneció en la cárcel  71 días y luego lo trasladaron a la UP1. “Nunca vi a un juez, ni nada, estuve tres  años a disposición del Área 31”, expresó ante el Tribunal. En la UP1 estuvo en el Pabellón 10 y se enteró por los otros presos de los fusilamientos. “Había un clima de terror muy grande. Los militares nos pegaban y hacían circular…era muy duro”.

Ir y volver torturado

“Recuerdo que  cuando llegó Hubo Basso, no podía caminar”, dijo y lloró a cara descubierta. Con voz entrecortada prosigue. “Estábamos en situación de incomunicados, hacíamos las necesidades en un tarro y sin poder hacer nada. Y en cualquier momento nos sacaban y pegaban. Fue una situación que pudimos superar porque nos sosteníamos mutuamente”, explicó.

“Todos lo vimos llegar hecho mierda”, le dijo a Claudio Orosz, cuando le tocó a la querella profundizar con preguntas el relato. También comentó que Eduardo Porta era uno de los prisioneros a los que llevaban y traían de La Perla. “Él me ha contado que lo habían condenado a muerte y que lo tenían como un trofeo. Recuerdo que me dijo que estaba la chica (Ana) Mohaded. Con Porta se ensañaron mucho”, señaló.

A él también lo sacaron en 1978. “Un día me sacan, me llevan en un camión al D2 que estaba en (la calle) Mariano Moreno y ahí en una celda  me pegan a mí y a otros. El Gato Gómez, se ensañaba conmigo. Creí que me moría” describió. Le aplicaban alternativamente el submarino y los golpes. “Después de un tiempo, no recuerdo cuanto, al fin y al cabo dos o tres días  vino y me dijo: firmá esta declaración. La firmé sin leer para que no me pegara más.”, agregó. Destacó que era común esta práctica de llevar y traer personas detenidas desde los centros clandestinos La Ribera y La Perla a la cárcel UP1 y al revés.

Al cabo de unos días lo condujeron a la IV Brigada Aerotransportada donde le hicieron un Consejo de Guerra. Contó que hubo careos hasta que lo llevaron de nuevo a la UP1. “Como sería la situación que llegué contento a la cárcel, era un alivio”, describió. Allí pudo ver entre otros a Rodolfo Novillo Corvalán, a Cecilio Salguero, y a “un señor mayor que estaba con toda su familia”, expresó refiriéndose al empresario Alejandro Deutch y a su esposa Elena Rosa Rosenzweig y sus hijas Liliana, Susana, y Elsa.

El sobreviviente  que declaró anteriormente en el Juicio Videla reafirmó que cuando dijo que el Gato Gómez mientras estaba preso en La Ribera por violación “hacía de las suyas” era así, aludiendo a que torturaba. Reiteró que “se investigue la situación de este señor en Río Cuarto. En este punto refirió varios casos. Como el de un trabajador ladrillero a quien amenazó frente a su hijo y su mujer a punta de pistola. Y que ese hombre murió al año siguiente. También señaló otro caso de violaciones reiteradas contra una detenida mientras la trasladaba a Córdoba y detuvo la marcha para hacerlo. “Se cansó de violarla”, dijo y añadió que “esta mujer tuvo un hijo”. “Era el principal torturador”, manifestó y confesó que “Por más que vivo lejos, no estoy siempre tranquilo, me despierto de noche, sueño”, refirió.

 Homenaje a Berta Perassi

En el tramo final le pidió permiso al Tribunal para leer una carta que hizo pública en 2003. Allí retrata la vida de quien había sido su novia también militante del Peronismo de Base. Berta Perassi fue secuestrada en Córdoba. Militaba en el PRT y ya no eran pareja. (1) Contó que hasta 2006 solo figuraba en una lista que presentó Graciela Geuna –una de los 17 sobrevivientes de La Perla- y cuenta que había sido “trasladada” de La Perla a los 20 días de haber llegado. También lo corroboraron Susana Sastre y Piero Di Monte. (N de la R. Traslado en la jerga de los represores significa asesinada)

Con un grupo de amigos investigaron que pasó y lograron reconstruir con datos aportados por la familia como habían sucedido los hechos. La madre de la joven llegó hasta Menéndez quien negó que estuviera detenida. Berta trabajaba en la fábrica de galletitas Lía. Cuando fueron a buscarla no la encontraron. Una pareja amiga cuya mujer estaba embarazada le avisó. Se supo que a diario la visitaba en la maternidad hasta que no fue más. Y nunca más se supo de ella.

Con el tiempo en Río Cuarto la sociedad organizada la rescató del olvido y el silencio a través de una calle que lleva su nombre: Alfabetizadora Berta Perassi, en memoria a la actividad militante que realizaba en el barrio “El Acordeón”.

El fiscal Trotta que condujo el interrogatorio le pidió al Tribunal que además de testigo se lo reconozca  como víctima del terrorismo de estado.

Teresa Grilli: “Mi marido era el nexo entre Tosco y la comisión directiva”

La esposa de quien fuera miembro de la conducción del Sindicato Luz y Fuerza declaró que se enteró por compañeros de trabajo que Juan Eduardo Caffaratti había sido detenido a la salida de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC), el 15 de enero de 1976.

“Fue levantado por sujetos armados e introducido en un auto con rumo desconocido. De ahí no se supo más nada”, expresó. Contó que entre tres a cinco compañeros lo presenciaron sin poder hacer nada. “Creo que le preguntaron  ¿Sos Alberto Caffaratti? Y él dijo que no. Lo insultan y le dicen sos vos, y lo llevan”.

Cafaratti militaba en el Partido Comunista e integraba el Comité Central.

“Lo amenazaban permanentemente, vas a ser boleta”, contó que le decían.  Y que una de las formas empleadas fue volantear en su contra y la de otros como Hugo Moro, Mario Bialet, Tomás Di Toffino.

El fiscal indagó si pudo reconstruir de alguna manera la historia y respondió que  presentaron hábeas corpus, fueron al Arzobispado, recorrieron comisarías  y diarios en busca de información. “Se formó una comisión de presos y desaparecidos, pero nadie dio datos ni supimos nada”, afirmó.

Guiada por las preguntas de Orosz fue explicando que el gremio en ese momento estaba intervenido, que otras personas fueron también perseguidas y detenidas como Tomás Di Toffino, Bruzuela y otros. Y contó que se había formado una comisión integrada por Di Toffino, Bialet y  Fabiolo, y que antes del golpe viajaron a Buenos Aires. “Fuimos a entrevistar en el edificio Libertad a  algún general;  no sé quién nos atendió en esa época. Pedíamos que trataran de averiguar algo”.

Por seguridad la familia integrada por ellos y sus dos hijos Mariana y Daniel de 5 y 6 años un mes antes del hecho ya no dormían en el domicilio. La testigo dijo que volvió a su casa una sola vez para hacer la mudanza. Desde 1974 el sindicato estaba intervenido y el secretario general Agustín Tosco pasó a la clandestinidad. En ese contexto la comisión directiva a fines del 1975 y principios de 1976 funcionaba por fuera y “mi marido era el nexo entre Agustín Tosco y el resto de los sindicalistas”, explicó. Y realzó el accionar del conjunto de los trabajadores “sumamente activo y solidario, sobre todo con la gente perseguida por los Comandos Libertadores de América”.

 Nilda Ester Jelenik: “La violación era parte de la tortura”

La testigo ofrecida por las abogadas de Abuelas de Plaza de Mayo María Teresa Sánchez y Mariana Paramio, narró su propio cautiverio y reconoció a los imputados Calixto Flores, Graciela Antón, Jesús Antón, Luis Manzanelli, Guillermo Barreiro y a Sérpico (Buceta). “La cuca Antón actuaba abiertamente”, afirmó.

La sobreviviente narró que fue secuestrada durante un allanamiento realizado en la casa de su hermano, a mediados de marzo de 1975, en barrio Ayacucho. “Estaba a cargo del operativo el Chato Flores y me llevan con mi pareja Hugo Hernández al D2”. Allí fue encapuchada y torturada.

“En el D2 la violación era parte de la tortura. La tortura era una situación de locura. El torturado está normalmente desnudo y mientras le hacen la mojarrita, lo están violando, o pasa alguno y le mete mano”, recordó crudamente. En otro tramo del relato consignó que también pasaban horas y horas de pie en esas condiciones.

Embarazadas

Del D2 la conducen al Buen Pastor. “En ese momento teníamos un pabellón las presas no embarazadas y sin hijos y en otro estaban las embarazadas con niños”, explicó.

Entre las segundas nombró a Diana Triay (Sus restos junto a los de su esposo Sebastián Llorens fueron identificados el 1 de marzo de 2013 por el Equipo de Antropología Forense y restituidos a sus familiares) y a otras dos mujeres más. Dijo que había un sistema similar a una guardería para atender a los chicos. “Yo no me fugué, tenía una causa abierta”, dijo y recordó que se encontraba en medio de un proceso del que saldría sobreseída. Fue ahí que se produjo un  “reencuentro” con el grupo de tareas del D2. Explicó que eran miembros de una comisión que la llevaba y traía ante el juzgado por orden del juez Vázquez Cuestas.

“En la UP1  había varias embarazadas y niños con un régimen relativamente flexible, después se comienza a endurecer y les piden a las mamas que se llevaran a los niños”, afirmó y recordó por sus nombres de pila a varias de las detenidas. “Más o menos después del golpe se retiran a todos los niños, la represión se endurece con bailes y requisas. Les sacaban a los chicos a veces directamente en la maternidad. Era muy dramático escuchar cuando se los sacaban”, contó.

“En esa época se produjeron los “traslados” y fusilamientos como en el caso de Diana Fidelman”. Sobre ello reveló que una de las rutinas previas “era que se cerraban todas las celdas. Nos decían a nosotros: junten sus cosas y vayan arriba. Una noche vienen y me dicen junta tus cosas y subí. Era pleno invierno -en 1976- cuando ocurrió la muerte de Moukarzel”.

Luego relató su traslado al campo de la Ribera donde pudo ver a Patricia Astelarra y a Irene Bucco, embarazadas provenientes de La Perla. “El impacto cuando las vi fue muy grande. Era ver dos cadáveres hablando”, graficó. En esa oportunidad,  Patricia le había dicho que La Ribera era un jardín de infantes al lado de La Perla donde desaparecía mucha gente y que en su caso había sobrevivido porque sus padres pagaron un rescate. Y que Rosita Previtera –fugada del Buen pastor- estaba en La Perla lugar “donde no había seguridades de nada. La gente entraba y no salía”.

En el lugar dijo que había personal de la ESMA porque su pareja Hernández había sido sub oficial algo que aclaró ella desconocía.

La testigo afirmó que por su ascendencia alemana y los contactos de su madre miembro activo de la iglesia pudo salir del país. Destacó la actuación del Pastor Ihle,  Genet y Fanderfale.

Recordó que los imputados Manzanelli y Barreiro “Venían prácticamente todos los días a la cuadra”. Y que antes del país iban a su casa a tomar café y que cada diez días debía reportarse ante Saseain “una persona violenta, irascible del que se escuchaban improperios, gritos, escenas, golpeaba cosas”.

La abogada Marité Sánchez indagó sobre las tres veces que estuvo en el Buen Pastor. La mujer recordó que la última vez observó que desde lo edilicio no había cambiado pero sí en cuanto a las rutinas. Dijo que estaban a cargo de dos monjas  y una celadora. “Recuerdo haber estado muchas veces sola mirando pasar las nubes, aislada en la pieza. Había una situación de mucha vulnerabilidad interna. Nadie sabía quién era el otro”, se acordó.

Ratificó como lo dijo el primer testigo que el Gato Gómez mientras estaba preso “torturaba gente”. Ella fue una de esas víctimas. Días previos a su partida le había dicho golpes de por medio “qué le contaste a estos que te dejan salir…vas a aparecer en una zanja”. Otra similar se repitió pero sin golpearla.

Tras responder preguntas puntuales sobre la presencia de embarazadas y niños la abogada la indagó sobre qué significaba esta experiencia en su vida y especialmente la violación. “Digamos que hay muchas clases de tortura. A pesar que alguna gente pueda decir que una cosa es más que otra”, reflexionó y acotó que “estar paradas  horas, con las manos en la nuca y las piernas abiertas” también era terrible. Y una vez la llevaron al hospital San Roque porque tenía las costillas rotas.

“Yo no tengo rencor, no quiero que nunca le pase a nadie”, concluyó.

Hoy al mediodía comenzó la lectura de la acusación a 11 imputados en cinco expedientes que se acumulan a la megacausa Se prevé que esta fase del proceso se extienda hasta fin de mes.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Comienza la etapa testimonial en el juicio de La Perla

Comenzó la etapa testimonial en el juicio La Perla que por acumulación reúne a 16 causas. Se investigan crímenes de lesa humanidad ocurridos entre 1975 y 1977. Declaró la presidenta de Abuelas de Mayo, filial Córdoba, Sonia Torres, querellante en la causa por el secuestro y desaparición de su hija Silvina Parodi – embarazada de seis meses y medio-, de su esposo Daniel Orozco y del nieto nacido en cautiverio. También lo hicieron María Teresa Sánchez, abogada de Abuelas y ex presa política, y  Adriana Ochoa, hija del militante sindical Hugo Estanislao Ochoa cuyos restos fueron encontrados en una fosa común y restituidos a la familia por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Por Katy García – Prensared

“Quiero pedirles a los señores que van a ser hoy juzgados que en un acto de terrible humanidad nos digan a qué familia entregaron a nuestros nietos y donde están los huesitos de nuestros hijos”, les dijo Sonia Torres a los imputados.

La querellante brindó un extenso testimonio sobre lo vivido por su hija y yerno. “Antes que nada, me gustaría identificarme como la mamá de Silvina, la segunda mama de Daniel y la abuela de mi nieto. Eso soy desde hace tantos años”, comenzó diciendo.

Silvina (20), había cursado el secundario en el colegio universitario Manuel Belgrano, y era estudiante de Ciencias Económicas.  Su esposo, Daniel Orozco (23) estudiaba Ciencias Económicas y trabajaba en la empresa Minetti. Ambos militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Fueron secuestrados en barrio Alta Córdoba, por una patota que saqueó la casa y robó dinero.

Contó el periplo sufrido por el matrimonio y la búsqueda incesante del nieto que la llevó a transformarse en Abuela de Plaza de Mayo junto a otras madres que también buscaban a sus hijos y nietos como Irma Ramacciotti y Otilia Argañaraz.

Desde ese evento la familia no paró de golpear puertas y hacer diligencias para dar con ellos. Inclusive hablaron con militares como Sasiaiñ, con el director de la Cárcel, y con médicos como el doctor Elías que averiguó y les transmitió que “el embarazo estaba normal “. Este médico –contó- fue secuestrado mientras operaba en el Hospital de Urgencias y su cadáver apareció camino a Chacra de la Merced.

Por diferentes vías le llegó la información de que Silvina fue vista en La Perla y que tuvo un varón. Otra de sus hijas, Giselle, voluntaria en la Casa Cuna, solía llevar niños a su casa para cuidarlos el fin de semana. “Tu mamá ya tiene mucho trabajo con el hijo de Sivina”, le había dicho. Ella le advierte que no saben nada de su hermana  desde que la secuestraron. “Mirá, están en el buen Pastor”, relató que dijo la religiosa. Pero al final le informaron que “la habían llevado al sur”.

También recurrieron a miembros de la Iglesia Católica como el Capellán del Ejército, padre Luchessi y al cura Sixto Castellanos que tenía dos hermanos obispos  quienes hicieron las gestiones pero sin resultados.

Otra vez, un médico de confianza, Pedro Funes Lastra, le dijo: “Hemos encontrado tu nieto”, pero con el correr de las horas le hizo saber que  se había equivocado.

Ante  preguntas del Tribunal acerca de su conocimiento sobre el destino de los  nietos apropiados señaló que existen varias hipótesis. Entre ellas la que vincula a “familias infértiles de militares que esperaban los nacimientos de nuestros nietos para apoderárselos como propios y matar a nuestras hijas.”

“El cruento y terrible atentado que sufrieron mis hijos ha destruido mi corazón y el de treinta mil familias de nuestro país.  Su recuerdo es el pilar por el que luchamos y que nos sigue sosteniendo”, sostuvo con voz quebrada.

También expuso la tremenda discriminación sufrida. “Los vecinos, después del secuestro de silvina, se cruzaban de vereda. Yo no los juzgo, porque los militares habían metido a sangre y fuego que eran subversivos”, afirmó.

Lo voy a encontrar

En otro tramo de la exposición se dirigió a su nieto para contarle que lo buscan desde que estaba en la “pancita” y para decirle quiénes eran sus padres y porqué luchaban. “No tengas miedo de buscarme: yo quiero contarte por qué desparecieron a tus padres. Ellos estaban en la vereda del frente y pensaban distinto a los militares. Por eso los secuestraron” (…)

“Mi hija era ex alumna del Belgrano. Se recibió en el 74. En el 75, Transito Rigatusso, que era el director, presentó una lista de jóvenes revoltosos al III Cuerpo de Ejército y al cabo de un tiempo los secuestraron a todos. A todos los llevaron a La Perla, yo sé que mi hija estuvo ahí. No sabían que los iban a matar. En las duchas se sacaban las vendas y jugaban. Yo en una entrevista lo acusé a Rigatusso de haberlos entregado y él me hizo una querella por daños y perjuicios”, recordó. También sufrió una golpiza el 13 de marzo de 2006, en su casa, que le afectó la audición.

A lo largo del tiempo supo que Silvina fue vista en el campo de concentración La Perla por las hermanas Olivera y por Elmer Fessia.

“Yo sé que lo voy a encontrar antes de irme y ese día sabrá quiénes fueron sus padres”, anheló esta mujer que sigue luchando por encontrar a su nieto y a todos los que aún permanecen con sus identidades robadas. Y que se retiró con un fuerte y emotivo aplauso por el público presente.

Abogadas amenazadas

María Teresa Sánchez, abogada querellante en la causa del nieto nacido en cautiverio de Sonia Torres, denunció que en 1999 recibió amenazas de muerte por medio de una carta. Los vecinos le avisaron que un auto bordó permanecía estacionado frente a su domicilio y le dieron el número de patente.

Cuando averiguó en el registro del automotor se enteró que pertenecía al imputado Luis Manzanelli. Hizo la denuncia correspondiente en la fiscalía y la jueza Garzón de Lascano ordenó un allanamiento  en el domicilio del represor. Allí encontraron una cámara y fotos de su casa tomadas desde el automóvil.  Sonia Torres también lo vio frente a la farmacia de su propiedad, pero no se dio cuenta de quién se trataba. Asimismo, fue amenazado el abogado Elvio Zanotti, y la abogada que lo reemplazó, Mariana Paramio, recibió una golpiza en el estudio jurídico.

La ex presa política,  narró ante el Tribunal presidido por Jaime Díaz Gavier y conformado por Julián Falcucci, José Camilo Uriburu y Carlos Ochoa, los hechos ocurridos el 24 de febrero de 1976 cuando fue secuestrada en su domicilio y luego  trasladada al D2 donde fue golpeada y torturada.  “Pensá bien lo que vas a decir por lo que tenés en la panza”, le dijo un hombre “morrudo y retacón”, aludiendo a su embarazo de siete meses y medio.

Allí se hallaba su esposo, a quien torturaban y amenazaban que la matarían. “Ese lugar era como un descenso al infierno”, dijo en referencia al D2.  Después fue trasladada a la Unidad Penitenciaria 1 (UP1) donde permaneció detenida.

Golpe a la militancia sindical

Por la tarde  declaró  Adriana del Valle Ochoa, hija de Hugo Estanislao  Ochoa, militante de la Juventud Peronista y delegado del Sindicato de Empleados Públicos (SEP). La testigo afirmó que su padre fue secuestrado el 12 de noviembre de 1975, a las 4 de la  madrugada. Irrumpieron sin orden de allanamiento a los golpes y a los gritos. La provincia ya estaba intervenida y los llamados Comandos  Libertadores de América azolaban.

Esa noche, estaba programada una asamblea en el gremio conducido por Raúl Ferreyra. Allí denunciaría “la presencia de personas armadas, ajenas al sector, que cargaban nafta en vehículos que no pertenecían al área  donde  trabajaba como chofer”.

La testigo, que en esa época tenía 16 años, recordó que en 1977, junto a otras personas que también buscaban a sus seres queridos, fueron hasta una fosa Común ubicada en el cementerio San Vicente y vieron “personas semienterradas” vestidas. Dijo que lloraban en silencio y buscaban con la mirada alguna prensa conocida. Pero fue en 2005, cuando se extrajo sangre y el equipo de Antropólogos identificó el cuerpo y se los entregó.

Recapituló que esa noche estaban su madre y dos de sus hermanos de 9 y 11 años. “No lloren que lo llevamos para averiguación de antecedentes”, les dijo uno de los parapoliciales. Nunca más lo vieron. “Esa fue la última vez que escuché a mi padre”, manifestó, conmocionada. Una hermana mayor que vivía al lado vio como lo introducían en uno de los tres autos.

“Desde ahí comenzamos un calvario. No entendíamos que estaba ocurriendo. Vinimos al Cabildo, nos atendió Telleldin, de mala gana. Le decían a mamá qué tanto problema te haces… se habrá ido con otra…”. Al otro día, cuando acompañó a su madre a la  casa de Gobierno  le pareció ver a uno de los integrantes de la patota que participó del operativo.

Ochoa  había sido amenazado porque dijo que “iba a destapar la olla”. “Mi padre fue un gremialista, un hombre que defendía al obrero”, remarcó. La testigo aseguró que la ausencia del padre “destruyó la familia, nos dejaron desbandados, pero seguimos. Yo me uní a los Organismos (de derechos humanos) en esta lucha; y,  llegar a esta instancia, que se haga justicia me llena un poco este gran vació”, estimó.

Uno de los sectores más castigados durante la represión ilegal, ha sido el movimiento obrero organizado. Miles de delegados, comisiones internas y  dirigentes sindicales fueron secuestrados y desaparecidos.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Las acusaciones por los crímenes de La Perla

Terminaron por este año las audiencias en el caso más grande de crimenes de la dictadura en el interior

Durante las jornadas de diciembre se leyeron las acusaciones a los 44 imputados. Se pasó a cuarto intermedio hasta febrero.

El primer día de audiencias varios acusados se taparon con libros.El juicio oral por la megacausa La Perla, el principal centro clandestino de detención de Córdoba durante la última dictadura, tuvo la semana que pasó su última audiencia de 2012. Igual que en las cinco jornadas previas, el tribunal continuó con la lectura de la acusación a los 44 imputados, número que lo convierte en el mayor proceso por delitos de lesa humanidad del interior del país, sólo superado por la causa ESMA. La nota de color la aportó el miércoles el ex agente civil de Inteligencia José “Chubi” López al mostrar una foto del ex secretario general de la CGT José Ignacio Rucci, asesinado en 1973. “Usted es imputado. Guárdela porque lo saco con la autoridad”, le advirtió el juez Jaime Díaz Gavier, presidente del tribunal. El proceso pasó a cuarto intermedio hasta el 5 de febrero.

Córdoba va por su quinto juicio oral por delitos de lesa humanidad. Si los primeros se enfocaron en unos pocos hechos puntuales, el actual se distingue por sus enormes dimensiones (declararán 983 testigos), por el debut en el banquillo de algunos iconos del terrorismo de Estado y también porque el condenado Luciano Menéndez afronta por primera vez un juicio por robo de bebés: el hijo de Silvina Parodi y Daniel Orozco, ambos desaparecidos, nació en cautiverio y todavía no conoce su identidad.

Según Será Justicia, el diario de los organismos de derechos humanos cordobeses, en el juicio se acumulan 18 causas judiciales, que incluyen casos de secuestros, tormentos, violaciones, homicidios y robos de criaturas contra 415 víctimas. Los hechos ocurrieron entre 1975, cuando el terror estatal en Córdoba se enmascaraba detrás del “Comando Libertadores de América” y los secuestrados eran trasladados al Departamento de Informaciones (D2) de la policía provincial o al centro clandestino La Ribera, y 1978, cuando se cerró La Perla.

El juicio debió comenzar con 45 acusados. El 3 de diciembre, un día antes de la audiencia inicial, el capitán retirado Aldo Carlos Checchi, ex miembro de la patota de La Perla, se suicidó en el hospital porteño donde estaba internado. “Tan ‘valiente’ a la hora de secuestrar y torturar, tan cobarde a la hora de enfrentar la verdad”, el ex jefe de interrogadores de La Perla “decidió terminar con su vida para no enfrentar un tribunal y dar cuenta de los cientos de crímenes que cometió”, advirtieron entonces Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, Abuelas de Plaza de Mayo, la Asociación de Ex Presos Políticos e H.I.J.O.S. Córdoba. Los organismos consideraron “inconcebible” que torturadores y asesinos estén “en condiciones que les permitan seguir atentando contra la vida, sea la propia o de los demás”, y tanto las querellas como el fiscal federal Carlos Gonella reclamaron que se revocaran arrestos domiciliarios y excarcelaciones. El tribunal que integran Díaz Gavier, Julián Falucci y José Quiroga Uriburu, sin embargo, rechazó el pedido. Actualmente son cuatro los imputados excarcelados (léase en libertad, la misma situación procesal de Checchi cuando se suicidó), en tanto otros quince gozan de arresto hogareño.

Si la presencia del ex general Luciano Menéndez no es novedad, en un proceso de justicia cada vez más consolidado, el debut en el banquillo de acusados del capitán Ernesto Guillermo Barreiro, símbolo de la insubordinación militar que hizo tambalear al gobierno de Raúl Alfonsín en 1987, es todo un triunfo de la democracia. Antes del golpe de Estado, El Nabo Barreiro formó parte del “Comando Libertadores de América”, como se denominó la Triple A cordobesa. Después revistó en el Destacamento de Inteligencia 141, el principal órgano del Tercer Cuerpo de Ejército abocado a secuestrar y ejecutar militantes políticos en Córdoba. Líder del alzamiento carapintada en la Semana Santa de 1987, beneficiado con la ley de obediencia debida que conquistó a punta de pistola, Barreiro fue dado de baja del Ejército pero ganó veinte años de impunidad. Se fue del país en 2004, cuando su detención era inminente, y recién en 2007 fue detenido y deportado desde los Estados Unidos.

Otro icono del terrorismo de Estado que recién este año comenzó a ser juzgado es el capitán Héctor Pedro Vergez, ex jefe de los centros La Ribera y La Perla, condenado el viernes a 23 años de prisión por su participación en los secuestros y tormentos de cuatro personas, incluido el ex jefe de inteligencia del PRT-ERP, Javier Coccoz. “Vargas”, su apellido de cobertura ante los secuestrados y del que se ufanaba en tiempos de impunidad, fue uno de los principales miembros del “Comando Libertadores de América” desde fines de 1974. Desde Córdoba fue trasladado al Batallón de Inteligencia 601 en Buenos Aires.

La mayor parte de los acusados en el megajuicio cordobés son ex miembros del Destacamento 141, en particular de la sección tercera o grupo de “operaciones especiales” (OP3). Según un detallado dossier elaborado por la oficina de prensa de la Cámara Federal de Córdoba, del que podría tomar nota el Centro de Información Judicial (CIJ), en el banquillo hay 19 miembros del Ejército, 18 policías, cuatro PCI (Personal Civil de Inteligencia de Ejército), otros dos civiles al servicio del D2, un gendarme del “Comando Libertadores de América” y un oficial de la Fuerza Aérea. 18 de los acusados fueron condenados en juicios anteriores. Poco más de la mitad tiene entre 60 y 70 años, 16 pasaron los 70 abriles y 5 tienen entre 50 y 60. Del universo de víctimas (dos de cada tres son hombres), el 45 por ciento está desaparecido (188), un 15 por ciento fue asesinado (62) en enfrentamientos fraguados, y el 40 por ciento (165) es sobreviviente. De la categorización por ocupaciones surge que el 44 por ciento eran estudiantes y un 29 por ciento eran sindicalistas.

Las audiencias de diciembre estuvieron dedicadas a la lectura de la acusación e incluyeron varias provocaciones de los acusados. El primer día se taparon la cara con libros para evitar ser retratados y reclamaron que el tribunal ordenara retirar flores y fotos de desaparecidos que llevaban sus familiares. Cuando el fiscal general Jorge Auat les recordó que “las flores son un símbolo de paz”, dos de los acusados intentaron interrumpirlo y el juez Díaz Gavier ordenó sacarlos de la sala. Vergez, que seguía la audiencia por videoconferencia desde el penal de Ezeiza, hizo una señal de “cuernos” frente a la cámara. Esta semana fue Chubi López, un PCI que ya fue condenado, quien sacó la foto de Rucci un día después de que la Cámara Federal porteña ordenara profundizar la investigación sobre su asesinato.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Comenzó el juicio por los delitos cometidos en el CCDyE La Perla

Los acusados no quisieron dar la cara

Algunos de los 45 represores que comenzaron a ser juzgados se escondieron detrás de libros. Otros exigieron a los gritos que el tribunal tomara algunas medidas. El juicio abarca los casos de 417 víctimas de La Perla.

 Por Alejandra Dandan

En el comienzo del juicio sobre los crímenes cometidos en el centro clandestino de La Perla, en Córdoba, algunos de los 45 acusados recibieron a los fotógrafos tapándose las caras con libros colocados a modo de máscaras, cuyos títulos hablan del terrorismo de Estado en términos de “guerra”. Las máscaras no fueron todo, sino el preludio. Un grupo de acusados, como con el cuerpo desacostumbrado a estas nuevas reglas del juego, se levantó en medio de la sala a los gritos para exigir distinto tipo de medidas al Tribunal Oral Federal 1, sin la mediación de los abogados. “Esto no es una cancha de fútbol”, les dijo el presidente del TOF, Jaime Díaz Gavier, y ordenó que el grupo de policías abandone la sala.

Entre los títulos de los libros se leía La Tablada, El Vietnam argentino y El negocio de los derechos humanos, el mismo que la semana pasada algunos dicen haberle visto a Alfredo Astiz en el comienzo del juicio de ESMA III. Mientras los represores se acomodaban temprano y posaban para los fotógrafos en esos términos, la sala iba llenándose de familiares y sobrevivientes entre los que “florecían” claveles rojos, como indicó la crónica de HIJOS Córdoba en su sitio web. También llevaron imágenes con las caras de algunos de los desaparecidos, parte de las 417 víctimas del juicio. En ese contexto, el defensor oficial de uno de los acusados, el abogado Juan Carlos Belagardi tiró la primera piedra. Le dijo al TOF que a su defendido lo “ofendía” que los familiares de los “subversivos” sostuvieran los claveles y las fotos. El fiscal Jorge Auat, titular de la Unidad de Coordinación de los Juicios sobre el terrorismo de Estado, tomó la palabra. “Ya hemos tenido que soportar actitudes provocativas de imputados en otros debates de lesa humanidad cuando (los acusados) portaron escarapelas enlutadas durante las audiencias.”

Luciano Benjamín Menéndez, por caso, asistió a los juicios anteriores con un crespón negro, que no se le vio en la imagen transmitida desde el penal de Ezeiza desde donde sigue la audiencia. La intervención de Auat desató una tormenta. El policía Luis Alberto Lucero se puso a gritar en medio de la sala algo así como que “acá nadie tiene escarapelas”. Otros policías se le sumaron.

El presidente del Tribunal Díaz Gavier dijo aquello de que el juicio no es una cancha de fútbol, llamó al orden en alguna otra ocasión y ordenó retirarlos. El grupo de militares, en tanto, siguió en la sala, pero Gavier volvió a intervenir poco más tarde cuando Pedro Héctor Vergez, sentado atrás de Menéndez, en Ezeiza, le hizo “cuernitos” a las cámaras.

Ese fue el clima del comienzo de este “megajuicio”, en el que se empezó a juzgar a 45 represores un día después del aún investigado suicidio de uno de ellos, Aldo Carlos Checchi. Entre los acusados están las figuras emblemáticas de la represión en Córdoba, entre ellos Menéndez y Vergez pero además Ernesto “El Nabo” Barreiro, ex director del centro clandestino de La Perla y emblemático en los levantamientos de la Semana Santa del ’87.

“Lo que está sucediendo es histórico”, dijo Agustín Di Toffino, del Consejo Federal de Derechos Humanos e hijo de Tomás Di Toffino, dirigente gremial de Luz y Fuerza, secuestrado en noviembre de 1976 y ejecutado tres meses más tarde. “Tengo mucha felicidad por un lado de ver a las Madres y Abuelas, que tanto hicieron y lucharon en condiciones desfavorables, llegar a este juicio. Y por otro, ver en una sala a quienes fueron los dueños y señores de Córdoba, creo que es un logro vital de la democracia que fortalece la perspectiva de lo que se está generando a nivel nacional.” Agustín señaló que alguna de las bravuconadas del día hubiesen despertado algo de miedo en otro momento, pero no en este nuevo contexto. “Barreiro en actitud temeraria tiene que ver con un reflejo del tiempo de la impunidad –dice–; Barreiro trabó relación con Amalita Fortabat, con la Iglesia Católica, es el personaje de la Semana Santa del ’87, pero esos gestos que en otros momentos hacían tambalear a una democracia hoy en este contexto son gestos ridículos.”

En la sala estuvo el secretario de Derechos Humanos Martín Fresneda, que llamó a que “todos los que tengan información que se animen a denunciar”: “Es importante que se rompa el pacto del silencio, creo que estamos cerca de lograrlo y sería un paso importante para conocer el destino de los desaparecidos”. También estuvo Sonia Torres, responsable Abuelas de Mayo de Córdoba. En el juicio se examinará la sustracción de su nieto en la primera causa por apropiación en una provincia en la que se busca iluminar las redes burocráticas y religiosas.

La página de HIJOS siguió transmitiendo minuto a minuto durante todo el día. A las 17.45 escribieron: “Suena el celular de un imputado”.