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viernes, 6 de abril de 2018

Lesa Humanidad : 50 mujeres abusadas y violadas por los represores esperan “el juicio que falta”

Miguel “Gato” Gómez,  imputado en el expediente por los delitos sexuales.
 Foto: Gentileza Telediario Digital.
Una causa judicial investiga las violaciones y abusos sexuales de todo tipo cometidos por los represores en los campos de concentración de la dictadura.. Se investigan como "delitos sexuales de Lesa Humanidad" y hay 56 víctimas.
Por Bettina Marengo

La Justicia Federal de Córdoba está investigando los crímenes sexuales de los represores durante la dictadura militar, tratados como “delitos sexuales de Lesa Humanidad” y no como “tormentos”. Son violaciones y abuso sexuales de todo tipo, cometidos contra mujeres en su mayoría, aunque también contra varones, en centros clandestinos de detención, en cárceles bajo régimen militar o durante los secuestros y desapariciones.

Hay una causa en plena instrucción en el Juzgado Federal N° 3, a cargo de Miguel Hugo Vaca Narvaja, con 45 víctimas de abusos sexuales. Hay otras 12 denuncias acumuladas, por lo que las víctimas podrían llegar a 56. Son mujeres que estuvieron detenidas-desaparecidas en la D2 de la Policía, La Perla u otros centros de detención de la dictadura o la cárcel de San Martín, que ya testimoniaron en esas causas. El expediente por delitos sexuales está caratulado “Miguel Ángel Gómez”, por el represor de la D2 apodado “Gato”, un reconocido torturador ya condenado en otros juicios por delitos de Lesa Humanidad.

La fiscal federal N°3, Graciela López de Filoñuk, inició la acción penal y elevó el expediente al Juzgado, que procederá a tomar medidas de prueba y testimoniales y, eventualmente, ordenar procesamientos. Hay siete imputados además del “Gato”, pero no se descarta que se incluyan por la cadena de mandos. Si las violaciones sexuales forman parte del plan sistemático de la dictadura para desaparecer opositores, como considera la Fiscalía, no podrían ser delitos por mano propia. Tres víctimas son querellantes.

En tanto, recientemente se elevó a juicio la causa “Martella”, instruida por el fiscal Carlos Gonella, que ventila varios casos de vejaciones sexuales.

Ya hubo condenas por violaciones a prisioneras de la dictadura en Córdoba y en tribunales de otras partes del país. Pero de momento, son casos aislados, la punta de un iceberg que deja oculto lo que la fiscal Virginia Miguel Carmona,  integrante del Ministerio Público Fiscal en el juicio La Perla-Campo de la Ribera, consideró la “gran cifra negra de delitos de índole sexual” de la represión ilegal.

Por tratarse de delitos de instancia privada en los que el Estado no puede iniciar acción penal de oficio, la causa “Gómez” tiene características particulares. López de Filoñuk dijo a este medio que “unas 15 o 20 mujeres” que relataron haber sido violadas durante su detención-desaparición, no quisieron hacer denuncias ni que se investiguen los hechos. “Al tomar conocimiento yo del abuso o la violación, podría haber iniciado la acción, pero priorizo la decisión de las mujeres”, señaló. Algunas de estas víctimas expresaron que sus parejas e hijos sabían que habían sido prisioneras de la dictadura, pero no que habían sido abusadas.

También se incluyó como víctimas a mujeres que fueron violadas o abusadas en los centros de detención ilegal y no pudieron contarlo a la Justicia porque no sobrevivieron a la dictadura. Estos casos se conocen por testimonios de terceros.

En cambio, si la mujer (o el varón) fue abusado en el campo de concentración, pero sobrevivió y falleció en democracia, sin denunciar ni hablar del delito sexual que sufrió, el caso queda excluido. En este punto, hay disparidad de criterios entre la fiscal López de Filoñuk y la Procuraduría General de la Nación, concretamente la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las causas por violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de Estado. Habrá que esperar para ver qué pautas fija el o la próximo/a titular del Ministerio Público Fiscal.

En 2011, esa Unidad elaboró un documento para orientar a los fiscales en el tratamiento de los delitos sexuales de Lesa Humanidad. Se denomina “Consideraciones sobre el juzgamiento de los abusos sexuales cometidos en el marco del Terrorismo de Estado”  y establece tres criterios en relación a los delitos dependientes de instancia privada, en consonancia con lo que dice el Código Penal:

a) Casos en los que la víctima del abuso sexual sobrevivió al delito y luego expresó ante la autoridad correspondiente su voluntad respecto a la investigación del crimen sufrido. En estos casos, dice la Procuración, se inicia la acción penal.

b) Casos en los que la víctima no sobrevive al delito o sufre lesiones gravísimas. En este caso, “el interés del Estado por juzgar los hechos prevalece y, por lo tanto, ya no se requiere que la víctima inste la acción”.

c) Casos en los que la víctima sobrevive al abuso y muere tiempo más tarde sin haber expresado su voluntad respecto de la persecución penal del delito que la damnificó. Aquí, la Procuraduría deja la puerta abierta a la investigación, al poner en duda el silencio de la víctima sobre el hecho, toda vez que en Argentina durante muchos años estuvo anulada la posibilidad de acción penal contra los represores de la dictadura. Sin embargo, aclara que “la investigación sólo podría realizarse si se considera que el hecho también ha implicado un delito que no requiere instancia privada (como el tormento)”.
Las cifras negras
“Cada vez hay más evidencia de que los delitos sexuales tuvieron una enorme extensión durante el terrorismo de Estado”, señaló el documento de la Unidad Fiscal, que toma como paradigma las investigaciones por crímenes sexuales de Lesa Humanidad abiertas por en los genocidios de Ruanda y Yugolsavia.
López de Filoñuk consideró que las violaciones sexuales formaron parte del parte del plan sistemático de desaparición de personas orquestado por la dictadura y ejecutado en Córdoba y el ámbito de Tercer Cuerpo de Ejército bajo el mando del recientemente muerto Luciano Benjamín Menéndez. Sin embargo, al tratarse como “tormentos” en las sentencias de los distintos juicios, quedabaninvisibilizados como tales.
En su alegato acusatorio de la megacausa La Perla-Campo de la Ribera, la fiscal Virginia Miguel Carmona tomó especialmente el tema de los abusos sexuales a las prisioneras. Tras sostener que hay “una gran cifra negra” de estos delitos, ejemplificó con un dato concreto. En la Perla solo se juzgó “un hecho de violación y dos de abuso deshonesto” entre las 716 víctimas. “A lo largo del debate han surgido testimonios que, con profunda crudeza, describen la particularidad del trato –vejatorio y de claro contenido sexual- cuando las secuestradas eran mujeres”, dijo Miguel Carmona, incorporando una mirada de género imprescindible para comprender la doble victimización que sufrieron las mujeres por parte de sus torturadores/violadores.
En 1982, el fallecido periodista Jacobo Timmerman expuso en su libro “Preso sin nombre, celda sin número” el ensañamiento de los represores para con los prisioneros miembros de la comunidad judía. Lo que les pasó a las mujeres y a los miembros del colectivo LGBTIQ (aunque no se denominaran así durante la dictadura) aún no ha sido explicitado en todas sus implicancias.
“Muchas sobrevivientes continúan anegadas en el más profundo de los silencios, destruidas física y emocionalmente. Por vergüenza y miedo, no denuncian a sus abusadores. La perversidad del sistema machista hace que la víctima sea la que lleva el estigma, la que sufre la vergüenza, subvirtiéndose de este modo el objeto de reproche. Cuestionamientos absurdos tales como si la mujer hizo todo lo posible para evitar la violación, si se negó o resistió lo suficiente, o aún más, si provocó o sedujo al represor/violador, son maneras de seguir victimizando y reproduciendo la violencia”, sostuvo la fiscal en aquel alegato.
La antropóloga feminista Rita Segato considera que las violaciones no son crímenes sexuales sino “crímenes del poder, de la dominación, de la punición”. “En el acto de la violación él (el violador) está moralizando a la víctima”. Quiere disciplinarla. “La violencia misógina, homofóbica y transfóbica son formas de disciplinamiento que el patriarcado tiene hacia todos aquellos que desafían su mandato y su soberanía”, dijo la investigadora en una nota con el periodista Reynaldo Sietecase.
Quiénes más desafiantes al orden social, económico y político que las militantes y guerrilleras de las distintas organizaciones del peronismo y la izquierda revolucionarios que actuaron en la década del 70.
EL JUICIO QUE FALTA
Una de las primeras mujeres que dio testimonio ante un Tribunal sobre los ataques sexuales sufridos en su condición de presa política fue María del Rosario Miguel Muñoz, una psicóloga radicada en Francia que declaró como testigo en la causa UP1. “Fui sodomizada”, dijo. Aunque en la Justicia ya se sabía que los represores habían abusado sexualmente de las secuestradas, provocó conmoción el hecho de que Charo, como la llaman, lo pusiera en palabras. Cuenta la periodista Marta Platía que, ante la mudez de la mayoría de varones que conformaban el Tribunal Oral Federal N° 1 y las partes del juicio, el primero en reaccionar fue el fiscal Gonella, quien le preguntó si deseaba presentar una denuncia aparte por ese delito. La respuesta fue afirmativa, y tal vez ese fue el punto de inicio de un nuevo criterio en materia de abusos sexuales contra detenidas-desaparecidas.
“Durante el largo juicio de La Perla-Campo de la Ribera se adelantó mucho en este tema”, señaló la periodista. Platía cubrió todos los juicios por delitos de Lesa Humanidad que se realizaron en los tribunales federales locales y como testigo de testigos, constató que poco a poco las sobrevivientes mujeres, y algunos varones, se animaron a hablar de los abusos sexuales sufridos.
Así lo expresó días atrás en la charla-debate “Delitos sexuales de Lesa Humanidad. El juicio que falta” organizada por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC y la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia de la Provincia.
La actividad, organizada en el marco de la Semana de la Memoria, se llevó a cabo en el Auditorio Hugo Chávez del Pabellón Venezuela, con la exhibición del documental “Lesa Humanidad”, coordinado por la militante de género y ex presa política y exiliada Dinora Gebennini y realizado por Luis Ponce.
De la charla participaron además de Platía y Gebennini, Alejandra  Gómez, coordinadora del Programa de Violencias de Género en Contextos Represivos de la Secretaría de DDHH de la Provincia y Nilda Jelinec, víctima de la dictadura y una de las protagonistas del documental. La coordinación dela mesa estuvo a cargo César Marchesino, director del Programa de DDHH. de la FFyH.
En el video, realizado en 2011, cuatro ex presas políticas narran las torturas y abusos sexuales sufridos durante sus detenciones ilegales. Ellas son Gloria Di Rienzo, Soledad García, Delia Galará  y Jelenic. Junto a otras víctimas, finalizan con una proclama que es un grito. Que se realice el “juicio que falta” y que las violaciones y abusos sexuales sufridos sean tipificados como “delitos sexuales de Lesa Humanidad”.

viernes, 23 de febrero de 2018

Un estremecedor relato de violaciones, salió a luz después de 40 años

La primera violación sucedió en su segunda noche en la D2. Luego, el tremendo abuso se repitió noche de por medio, en apariencia cuando volvían a encontrarse los mismos hombres de guardia.

“Para ellos era una diversión; se reían… uno tenía siempre olor a alcohol”. La voz templada de María del Carmen Claro flotaba en la sala, como si la tremenda violencia que desgarraba su recuerdo fuera el eco de un dolor lejano, una herida de otro tiempo. Pero acaso sólo era el último arresto de la vieja fuerza del silencio que acorraló durante décadas su relato.

Es que ella, víctima-testigo, estaba contando por primera vez que había sido violada por tres hombres, y no en una sola ocasión sino en varias. Había sucedido en el otoño de 1975, en las sórdidas dependencias del Departamento de Informaciones de la Policía de la Provincia, la tenebrosa D2, que funcionaba en el Cabildo, en pleno centro de la ciudad de Córdoba

“¡Levantate, puta!”. El 31 de marzo al mediodía un grupo sin uniforme había entrado a la habitación que ocupaba en una pensión. Ella aún dormía: estudiaba Arquitectura durante el día y en las madrugadas era moza en el bowling Aeropuerto. Además, militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores.

La primera violación sucedió en su segunda noche en la D2. Luego, el tremendo abuso se repitió noche de por medio, en apariencia cuando volvían a encontrarse los mismos hombres de guardia. Ella nunca los vio, pero recuerda que las risas eran las mismas, como el mismo olor a alcohol.
MENÉNDEZ. Sigue en estado de gravedad
Su testimonio llegó al final de la audiencia de ayer en el juicio por las causas Vergéz y González Navarro. Los tres primeros (Alen Prieto, Juan Carlos Fernández y Carlota Sombory) habían llegado a través de videoconferencias con Uruguay, Dinamarca y Jujuy.

Su relato había inquietado y Julián Falcucci, presidente del Tribunal, quiso saber cuántas violaciones había sufrido en unos pocos días. Ella precisó: “Cuatro”.

Antes, Jaime Díaz Gavier, juez vocal, había preguntado si sabía de otras prisioneras que hubieran sido violadas también. Y la respuesta de María del Carmen apunto al corazón del silencio de tantos años: “¿Sabe qué pasa con las violaciones? A las mujeres nos costaba mucho hablar del tema”.

“A mí me llevó mucho tiempo”, señaló, dando a entender que los años de callar habían llegado a su fin en ese momento. “Le debe haber hecho bien haberlo relatado ahora”, le dijo Díaz Gavier.

Pero ella no sólo padeció violaciones nocturnas, sino también largas sesiones de tortura diurna. Una de los métodos más repetidos era el “submarino”: se sumerge en agua la cabeza de la víctima cubierta por una bolsa de nailon.

Las consecuencias no se borraron sencillamente. “Mi deporte de chica era la natación. Cuando salí de las cárceles, me paré delante de una pileta y no me pude tirar: miraba el agua y sentía asfixia”.

Después de la D2, fue a parar a la cárcel del Buen Pastor, donde fue una de las 26 presas que se fugó el 24 de mayo de 1975. Dos años después, y ya madre de una niña, fue apresada en Buenos Aires.

El final de su testimonio lo destinó a plantear la pregunta sin respuesta que la consume a ella y a su hija desde hace cuatro décadas: ¿Dónde está Armando Imas, su compañero y padre de su hija, desaparecido en mayo de 1977?

Antes de levantarse de la silla, una breve estela de silencio coronó su relato. Luego, la abrigaron los brazos y las emociones de aquellos que la habían ayudado a soltar, por primera vez, el viejo espanto de su memoria.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Terribles testimonios sobre los crímenes sexuales en la megacausa de Córdoba

La peor herida

Por primera vez, un hombre denunció haber sido violado en su cautiverio. Los casos de dos púberes que fueron usadas una y otra vez por sus captores. Los horrores que siguen surgiendo después de 223 audiencias con 497 testigos contra 51 represores.

 Por Marta Platía - Desde Córdoba


Pasaron casi cuarenta años, pero Osvaldo R. no entiende por qué. El 26 de julio de 1976, cuando apenas había cumplido los veinte, una patota lo cazó en una calle de Córdoba. Un auto paró frente a la parada donde él esperaba el colectivo, le preguntaron por una dirección y le cayeron entre todos. Lo llevaron a una dependencia del Departamento de Inteligencia, el D2, le pegaron, lo patearon, lo picanearon. Y, como cuenta ante el estupor de los que escuchan el juicio que ya lleva tres años, “me bajaron por unas escaleras encapuchado y fui sometido a vejámenes sexuales”. Cuando parecía que ya se había escuchado todo, aparece otra sombra de la inagotable perversión de la dictadura militar.

Osvaldo es el primer hombre en lo que va de los juicios por delitos de lesa humanidad en Córdoba desde 2008, que decide denunciar que fue violado. Tiene 59 años y, como le ocurre a la mayoría de las víctimas, mientras revive ante el Tribunal, ante sus amigos y familiares, lo más atroz que le pasó en su vida se trastrueca en aquél muchacho aterido de miedo que hicieron de él a fuerza de ataques. “Eso me pasó”, dice luego de tomar aire y se pregunta, se queja todavía: “¡No sé por qué a mí! ¡No sé porqué a mí me encapuchan, me hacen eso! Bajamos unas escaleras y sobre una mesa o algo, pasó... No supe quien fue”. Osvaldo se dobla sobre sí mismo. Sacude la cabeza de un lado al otro con la mirada enrojecida.

En la sala no vuela una mosca. La cámara que registra el juicio hace un paneo, y en los rostros campea la gravedad y hasta pudor por el testigo. Imposible no sentirse un intruso, un voyeur involuntario ante la revelación. Algunos eligen bajar la vista y escuchar sin mirarlo. El hombre no llora. Se pasa la mano por el pelo encanecido. Su voz está casi quebrada, pero sigue: “Mire, eso a uno le queda toda la vida. Creo que habrán pasado unos días, no le sé precisar muchas cosas porque uno pierde eso. Lo del tiempo. Nos habían degradado hasta con la comida, nos la tiraban al suelo para que la levantáramos de ahí... Creo que era para amedrentarlo a uno y que dijera lo que uno ni sabía, porque yo no estaba en la lucha armada”.

Osvaldo militaba en el Partido Socialista Democrático (PSD). Ya lo habían detenido en 1972 “a la vuelta de la Catedral, en la D2 me habían puesto una pistola en la cabeza. Ser del partido Socialista para ellos era ser comunista, ateo. Después fue esto, lo de julio del ’76, lo de los tipos preguntando una dirección. Ahí de nuevo al D2. Sé que era ahí porque escuchaba las campanas”, las de la Catedral de Córdoba, donde reinaba el Cardenal Raúl Francisco Primatesta, a apenas ocho exactos pasos de donde se escuchaban los alaridos de los torturados. “Sentíamos que había muchas palomas... Pero lo otro –como nombra a la violación– fue en una casa a la que me llevaron en la calle Caseros (otro sitio del D2). Ahí también me pusieron picana ascendente. Eso es terrible –explicó–, van desde los pies para arriba, y cuando terminan con uno, no se puede ni caminar. Tenía la boca más seca que ahora... Es terrible.”

“Había una mujer, una de ellos, elegante, que les gritaba: ‘¡Reventalo a este hijo de puta!’ Y yo en ese momento me quedé así”, dice, y señala su propio cuerpo. Así. “Sordo de un oído, porque me golpeaban mucho”, contó, mientras hacía el gesto de pegarse a sí mismo contra ambos costados de su cabeza al mismo tiempo: la seña de la tortura conocida como “el teléfono”. “También pegaban muchas patadas. Eran especialistas en eso. Sé que había mucha gente ahí porque se escuchaban gritos, y también tenían una radio siempre prendida con música fuerte.” Osvaldo refrenda –aunque sin nombrarlos– lo que muchos otros testigos contaron de sus propios cautiverios sobre los verdugos: que había algunos que hasta cantaban zambas y chacareras mientras picaneaban a sus víctimas. Canciones que bastardearon al punto que se volvieron insoportables para los sobrevivientes.

Dos de los que disfrutaban de atormentar a la vez que cantaban, eran Luis “Cogote de Violín” Manzanelli y Miguel Angel “El Gato” Gómez. Un dato: el pertinaz violador Miguel Angel Gómez, que disfrutaba sacándoles la venda a sus víctimas para decirles “mirame bien, soy el Gato Gómez, tu violador”, se levantó de su banquillo y se retiró veloz de la sala, ni bien el testigo comenzó su relato.

Cuando el fiscal Facundo Trotta le preguntó a Osvaldo cuánto tiempo duró su tormento y cautiverio, dijo “por mi familia creo que fueron dos o tres meses... Yo perdí la noción del tiempo. Me sacaron un día y me dijeron que dijera que yo había estado perdido. Que no me acordaba de nada y que estaba perdido. Yo estaba muy mal. Ellos me dejaron cerca de mi casa. Llegué como pude. Un vecino me vio que apenas podía caminar. El, después, ahora en estos años, vino y lo contó acá (a los fiscales). Yo quedé muy mal. Me decían que tenía que vivir por mi hija –porque mi esposa había muerto en el ’75–, pero yo tenía miedo. Quedé mal de la cabeza. No podía dormir. Tenía incontinencia. Cuando veía a la policía me orinaba encima. Tanto, que mi padre puso su cama al lado de la mía y él me cuidaba, me ponía pañales”. El testigo vuelve a enrollarse sobre su propio cuerpo cuando recuerda a su papá: “Volví a dormir con mis padres como un chico. Tenía miedo de que me dejaran solo”. La regresión en su mirada desespera.

Los jueces aprietan los labios y algunos hasta resuellan. Sus semblantes se vuelven aún más graves. Esperan que la víctima, que se ha convertido en un montoncito doliente, se recupere. Que pueda continuar. Osvaldo lo intenta: “Miren, siempre teníamos un móvil (con represores) en la cuadra. Yo no podía decir nada (se refiere a denunciar). No se podía decir nada. Comencé a ir al Rawson (el hospital público) recién como en los ’90, y ahí me dieron pastillas para dormir. Porque tampoco podía dormir. De noche siempre pensaba que en cualquier momento volvían”.

A la salida de su testimonio, Jorge Vasalo, un periodista de Radio Universidad le pide una entrevista. El testigo se niega. Pero es su hija, una joven fuerte, decidida, quien se le planta con firmeza: “Por favor, papá, estamos acá para eso. A vos te violaron y eso es lo que más daño te ha hecho en la vida. Tenés que hablar de eso”. El hombre se apoya en ella y habla. Otra vez.
No fue el único

En una cultura machista, develar en un proceso judicial público que se ha sido vejado no es fácil. Además de la herida, implica un daño atávico casi imposible de superar. Estigmatiza. De allí que se ha resguardado el apellido de Osvaldo. Si bien se sabe que muchísimos presos políticos han padecido este tipo de tortura, hasta ahora son contados con los dedos de una mano los que en todo el país se animaron a denunciarlo. Aun cuando se conoce que hubo muchos prisioneros violados y vejados por los cancerberos, y que los empalamientos “con armas o palos de escoba” fueron un método más de tortura y muerte; por ahora sólo las mujeres se han animado a denunciar los crímenes sexuales en el marco del terrorismo de Estado.

Durante el juicio que en 2010 que se les hizo al dictador Jorge Rafael Videla, a Luciano Benjamín Menéndez y a otros 39 represores, se denunciaron empalamientos a los presos políticos en la UP1. Ya en este juicio, el año pasado la testigo Alba Camargo denunció que a su tío lo empalaron. El de Alba es un extraño, aberrante caso dentro de la historia de la dictadura en Córdoba: tenía sólo trece años cuando la secuestraron junto a sus padres, Armando Arnulfo Camargo y Alicia Bértola, y a sus tíos Susana y Juan Carlos Berastegui. A la pequeña la mantuvieron presa en la cárcel de mujeres El Buen Pastor. Las monjas a cargo la sacaban de la habitación donde la tenían encerrada sólo “cuando un hombre rubio, grandote, venía y me sacudía de los brazos y me decía que si yo le decía quiénes eran los amigos de mis padres, dónde vivían, él los liberaría. Yo no hablaba. No sabía los nombres. Y él quería nombres y direcciones. Me hacía sentir culpable. Yo sufría y pensaba que si los mataban era porque yo no me acordaba de los nombres de los amigos”.

Por sus características físicas, se sospecha que ese torturador era Ernesto “El Nabo” Barreiro. Los padres y los tíos de Alba Camargo fueron asesinados en agosto del ’76.
Niñas y mujeres

Las mujeres han sido en la sibilina lógica de la violencia, el botín constante de hordas y ejércitos a lo largo de la historia. Eso se repitió en la última dictadura. En los juicios, las denuncias de crímenes sexuales no fueron inmediatas. Las sobrevivientes de los campos de concentración tardaron en hablar de las violaciones como parte de los crímenes de lesa humanidad. ¿El axioma? “A comparación de lo que les ocurría a ellos, de las torturas sufridas por golpes o picana y hasta la muerte, eso (los abusos sexuales) eran males menores.” Tampoco para ellas fue fácil pararse frente a los jueces y volver a sentirse desnudas ante la mirada de todos.

En Córdoba fue la ex presa política Charo López Muñoz quien pateó el tablero en 2008, en el primer juicio que condenó a Menéndez. Apenas llegada de su exilio en Francia, arrancó su testimonio directa, precisa, implacable: “A mí me sodomizaron en la D2”. Charo sacudió los cimientos de todo lo que vendría. En su declaración no tuvo piedad ni con ella ni con los violadores. Les echó un baldazo de agua fría encima a todos los presentes. El fiscal Carlos Gonella reaccionó de inmediato: “Puede usted hacer la denuncia de ese delito para que se abra una causa aparte”, le ofreció a Muñoz, y abrió el camino para un juicio que se está sustanciando desde entonces con las cientos de violaciones cometidas.

Entre las niñas-víctimas, se destaca el caso de la pequeña Alejandra Jaimovich, de sólo 16 años, a quien mancillaron sistemáticamente y día tras día durante meses. “Hasta una decena (de represores) por día, pobrecita, estos asquerosos, asesinos, ladrones que no servían para otra cosa”, los insultó una y otra vez la prisionera que oficiaba de cocinera y enfermera en La Perla, Servanda “Tita” Buitrago. Tita, considerada “la mamá” en ese campo de concentración, declaró a sus 85 años por videoconferencia desde el Chaco. Indignada: “Pobrecita, esos malditos no la dejaban en paz. ¡Eran todos unos desgraciados!”. ¿El agravante? Alejandra era judía. No sólo volvieron locos a sus padres, dándoles falsas esperanzas de liberación y cobrándoles recompensas para devolvérsela, sino que terminaron matándola. Y desapareciéndola.

Otra de las laceradas fue Fanny Casas, que tenía sólo 14 años cuando la sometieron en el Campo de La Ribera. Durante su testimonio, regresó hasta en el tono de su voz, que se volvió el de una nena, a ese infierno. “Nosotros éramos pobres, pero en el San Roque (un hospital público) me habían operado de la nariz (no podía respirar bien). Mi mamá no me había podido ir a buscar porque no tenía plata para el ómnibus, así que cuando me dieron el alta, aunque sentía mareos, me tomé el colectivo sola a mi casa. Cuando llegué vi un camión militar y tuve miedo.” Sus hermanos Hugo y Carlos Casas, albañiles y trabajadores municipales, eran buscados por la patota. Todavía dolorida, Fanny caminó hasta lo de Teresa, su “hermana casada”, que quedaba en su barrio. La pequeña se recostó media hora para recobrar fuerzas. Sólo eso pudo. El camión pasó por ella y toda su familia. La llevaron al campo de concentración Campo de La Ribera y, vendada y maniatada, la tiraron en una colchoneta. Ahí se encontró con Obdulia Lorenza Moreno, su mamá, a quien también habían atrapado.

“Era a la noche cuando llegamos –recordó Fanny, muy revuelta por las imágenes que le reabren la herida–. Mi mamá me decía ‘no te vayas lejos de mí’. Pero yo necesitaba ir al baño. Me llevó uno de los guardias. Le pedí que me dejara orinar tranquila. Ellos tenían botas. Entonces agarran y en vez de llevarme a mi cama, me llevan a una habitación y me desprenden el pantalón, me tocan la cola y me ponen siete penes en la cara... Y escucho que una mujer que estaba acostada gritó: ¡Hijos de puta, ¿qué le están haciendo a la chica? Pero entran otros y se desprenden las braguetas y se ponen a...”. Fanny hace silencio. Se queda inmóvil como una estatua. Cuando vuelve en sí, su voz ha cambiado, se ha endurecido: “Les digo que me duele la nariz. Y uno me dice que es doctor... Me sacan las vendas con fuerza y... después me devuelven con mi mamá”.

La fiscal Virginia Miguel Carmona le informó que podía hacer la denuncia por el delito de instancia privada en el marco del terrorismo de Estado.

“¿Quiere?”, le preguntó hasta con dulzura. “Sí”, dijo Fanny.

Sus hermanos permanecen desaparecidos. A ella y a su familia, después de robarles lo poco que tenían en la casa, los sicarios de Menéndez les aplicaron el método tierra arrasada: “Nos quemaron la casa, no tuvimos a dónde volver”. El querellante Claudio Orosz le preguntó si sus hermanos eran militantes: “¿Eran radicales, socialistas, qué eran?”. “No”, contestó la mujer. Estudiaban, trabajaban. “¿Eran peronistas?”, insistió el abogado.

–Y sí... como todos.
Violación y muerte

María Elena Scotto había discutido con sus padres en su casa de La Falda. Armó un bolsito y metió un revólver de su papá para irse. Con unos pesos se tomó el ómnibus a Córdoba. Era una adolescente enojada. Lo que no hubiera pasado de una desavenencia familiar, se convirtió en pesadilla indeleble para la ahora mujer de 55 años. “Era el 24 de marzo... como a las tres de la tarde en el Arco de Córdoba, había camiones militares –contó ante el Tribunal Oral Federal N° 1 hace pocos días–. Nos hicieron bajar a todos los pasajeros. Me abrieron el bolso y dijeron que yo era guerrillera. Yo les decía que no, pero no me creyeron... Me tiraron adentro de un auto, un Fiat 128 donde tenían a otro señor... Me tuvieron ahí hasta que se hizo de noche. Después me llevaron al Observatorio Meteorológico” (que está en un barrio casi céntrico).

–¿Y qué pasó ahí? –preguntó el fiscal Trotta.

María Elena se llenó de aire los pulmones y arrancó mientras se abrazaba a sí misma y parecía acunarse en su silla: “Me golpearon y me preguntaban cosas. Que de quién era el arma. En el baño me tiraron y me golpearon. Me interrogaron que para quién trabajaba. Un teniente me golpeaba y me golpeaba. Yo no sabía qué pasaba. Y me violó... Yo no sabía qué me estaba pasando. Esto era con la puerta del baño abierta, y en la puerta del baño había un soldado con el arma ¡mirando y cuidando, vigilando! Fue el teniente el que me violaba y él cuidaba... Me dejó golpeada, tirada en el piso... Me dejó ahí por mucho tiempo. Yo tomaba agua de ese mismo baño. No me daban ni agua. Me tuvieron como una semana o dos. No me daban de comer. A veces un pan, una naranja, una manzana. Siempre en el baño. Como dos semanas o más”.

El traslado fue al Campo de La Ribera, cerca del cementerio de San Vicente, donde habían abierto una fosa común adonde tiraban a los asesinados. “Ahí en La Ribera me volvieron a patear, a golpear, seguían con las preguntas. Ahí también me violaron varias veces... Yo estaba enloqueciendo y cantaba fuerte. No era católica pero cantaba canciones de la iglesia. Y me acuerdo que hablaba con alguien que se llamaba Pablo. Creo, yo lo llamaba Pablo. Pablo, mientras yo cantaba, él me decía que no. Que iba a ser peor. Me preguntaba que si yo no era católica, por qué cantaba canciones de la iglesia. Yo no sabía por qué. Un día nos pusieron afuera, sentados en el piso, al lado de algo redondo (una garita de vigilancia) y nos golpeaban. Y me decían que me callara, pero yo cantaba más fuerte. Con Pablo nos pegamos uno al otro... y dispararon. Se sintió tac, tac, tac, tac y Pablo se apoyó más en mí. Y no habló más... y no habló más y estaba duro... (María Elena llora y se abraza a sí misma más fuerte). Yo sabía que estaba mojado mi cuerpo. Estaba muy, muy mal. Y alguien, con una manguera, como a los animales me lavó.”

–¿Pudo ver a Pablo? –pide saber el fiscal.

–No, estábamos vendados. Sé que era un muchacho joven un poco más grande que yo. El decía que se dedicaba a trabajos en las iglesias pobres, del Tercer Mundo... Yo estaba mojada en el pecho... Yo ahora, ahora pienso que era la sangre de él. Pero no pude ver. Después de que me lavaron así, después de los disparos, me sacaron a este muchacho del lado mío, que pesaba tanto. Era muy pesado. No estaba apoyado normalmente. Estaba muy pesado y ya no hablaba.

Del Campo de La Ribera la llevaron al Buen Pastor. Era la más joven de las prisioneras. Allí pudo ver a Silvina Parodi, la hija de Sonia Torres, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba. La reconoció años después, por una foto “en un libraco enorme, lleno de fotos en blanco y negro”, recalcó ante la desconfianza de la defensa de los imputados.

La liberaron recién en julio de 1977: un año y cuatro meses después de aquella huida de su casa. María Elena contó que su mamá la buscó. Que la buscó en la D2, pero que una mujer policía “le dijo que mejor se fuera, que no me buscara o la iban a llevar a ella al lugar donde yo estaba y no le iba a gustar. Mi mayor desesperación era no saber nada. Por qué estaba ahí y hasta hubiera preferido que me mataran. ¡Nadie me dijo nada! Ni un juez, ni un abogado, ¡nadie! Una noche dieron una lista y estaba mi nombre. Yo enloquecí. Me quería ir. Pero una de las mujeres dijo, ‘no, no nos vayamos, porque nos van a matar’. Y no, y no y no. Y las monjas decían que nos fuéramos. Pero las mujeres no quisieron. Y a la mañana siguiente cambió la guardia y con los papelitos con los nombres, nos fueron llamando y yo y esas personas salimos. Y fuimos caminando, pasamos por la iglesia de la cárcel y me agarró un ataque y de ahí me sacaron a patadas... y llegamos a la puerta, y veía la calle, y la reja, y la calle... Y me dice un oficial, uno con jerarquía, firmá acá y te vas. Y era un papel en blanco del Ejército Argentino, y yo no quería firmar. Y no y no, porque pensé que me iban a matar... Pero finalmente firmé, y en estas investigaciones (para este juicio) encontraron ese papel, y por ese papel me llamaron y estoy acá ahora, declarando”.

Nunca volvió a dormir bien, jamás dejó de temer por sí misma y por sus seres queridos. Tanto Osvaldo como las adolescentes vejadas todavía no pueden entender por qué los mancillaron. No pueden comprender el porqué de esos seres bestiales cayéndoles encima. Los tres comparten un destino de tratamiento psicológico casi permanente. Y un dolor que no cesa.


 Córdoba y Estocolmo

El tema del síndrome de Estocolmo, la esclavitud sexual y la pulsión de salvar la vida, han sido tratadas con mayor o menor complejidad y hondura en obras literarias, ensayos y películas. En Córdoba, entre los imputados hay un represor que contó su particular historia, José “Chubi” López, que llegó a casarse con una prisionera y hasta tuvo hijos con ella. Este torturador le pidió al Tribunal que “cuando sobrevivientes y testigos se refieran durante el juicio a mi señora esposa, le llamen con mi apellido y no con el que tenía antes”. Su “señora esposa” fue secuestrada, llevada al campo de concentración, violada y sometida a una esclavitud sexual, además de que mataron a su compañero. El torturador López argumentó “que no porque uno haya cumplido ese tipo de tareas (secuestrar, torturar, violar, matar, desaparecer, robar niños y bienes) significa que uno no tenga sentimientos”.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Los testimonios del horror de la tortura y los asesinatos en la La Perla

Donde no murió nadie

Mientras forma una “comisión” de represores para tratar de moderar su situación legal señalando un lugar donde ya se encontraron cuerpos, Ernesto “el Nabo” Barreiro dijo lo increíble: que en La Perla “no murió nadie”. Pero los testimonios son clarísimos sobre las horribles muertes que sufrieron los prisioneros de ese campo de concentración.

 Por Marta Platía

Desde Córdoba

Lo dijo Ernesto “el Nabo” Barreiro: “En La Perla no murió nadie”. Fue apenas un día después de entregar sin que nadie se lo pidiera una lista con 19 nombres de desaparecidos al Tribunal Oral Federal No 1, que lo juzga por crímenes de lesa humanidad, y de señalar los supuestos lugares donde los enterraron. “No murió nadie”, dijo, y en los oídos de cientos de víctimas –sobrevivientes, familiares y amigos de los desaparecidos– retumbaron los nombres de los suyos. De los que nunca volvieron. de los muertos.

Por ejemplo, el del albañil de Unquillo Justino “el Negro” Honores, que agonizó en plena cuadra de ese campo de concentración en brazos de otro prisionero, Eduardo Porta, que lo cuidó como pudo luego de una fatal mezcla de palos y picana. Era una técnica que practicaba con esmero y delectación Elpidio “Texas” Tejeda, un feroz torturador adiestrado, como Barreiro, en la Escuela de las Américas de Fort Gulik, Panamá. “Este cóctel inutiliza el sistema renal y hace que no puedas orinar, te sale como pasta dental, y sentís la muerte, hasta que finalmente te morís”, describió, entre espasmos de dolor y llanto, el sobreviviente Andrés Remondegui quien, gracias a su “juventud y cuerpo de deportista”, logró escapar a ese final que también mató al doctor Eduardo “Tero” Valverde. El abogado había sido funcionario del gobierno constitucional de Ricardo Obregón Cano. Su esposa María Elena Mercado nunca dejó de buscarlo. El día del golpe, Valverde se presentó “de inmediato” en el Hospital Aeronáutico de la Avenida Colón cuando supo que lo habían reclamado. No tenía nada que ocultar, le había dicho a un colega. “Lo mataron en La Perla en pocas horas”, atestiguó Graciela Olivella. Donde Barreiro dice que no murió nadie.

En esa misma cuadra, en diciembre de 1976, María Luz Mujica de Ruartes volvió a su niñez en una de las agonías más espeluznantes que relataron los sobrevivientes Cecilia Suzzara, Graciela Geuna, Piero Di Monte y Susana Sastre. “Estaba destruida y muy hinchada. Ella en su mente volvió a su niñez y pedía por su mamá. Nos turnábamos para hacer de madre, para acariciarla, acunarla o darla vuelta para que no sufriera tanto. La habían reventado en la tortura. La sacaron medio muerta y nunca más la vimos.” El médico Enrique Fernández Samar, de Buenos Aires, que había sido secuestrado con ella, murió poco después y por el mismo atroz, sistemático tormento.

Teresa “Tina” Meschiatti, una de las sobrevivientes cuyo testimonio es de los que se consideran más completos, ya que fue secuestrada en septiembre de 1976 y la liberaron casi a finales del ’78, fue picaneada en todo el cuerpo, pero especialmente en su zona genital. Le quemaron la vagina y las piernas “dándole máquina”, al punto de que cuando declaró en juicio contó y mostró que le quedaban marcas en las pantorrillas a más de 37 años de la tortura. “Tenía olor a podrido, a carne quemada. No me podía mover. Estaba hinchada y casi no podía respirar, y no sabía que era yo la que despedía ese hedor... En un momento ya no tenía voluntad de vivir.”

Piero Di Monte a su turno, repitió: “¡No es uno el que grita en la tortura, es el cuerpo! ¡Uno ya no puede controlarlo!”. Y señaló directamente a Barreiro como uno de los que lo picanearon a él y a su mujer, Graciela, embarazada de cinco meses en una parrilla en “la terapia intensiva”, como también llamaban los represores a la sala de torturas. Así o “la margarita”, por la forma de la punta de la picana. “Pensé que me moría, que no podría resistir cuando lo vi a Barreiro ir con la picana en la mano a torturar a mi esposa.” ¿Se le notaba el embarazo?, preguntó el fiscal. “Sí, tenía una pancita de cinco meses y un vestido con flores...”.

Di Monte, que se salvó de la muerte por su doble nacionalidad ítalo-argentina –un general con ansias de ser diplomático en Italia decidió atender el pedido de la embajada de ese país–, fue quien dio fe de la insistencia nacionalista de Barreiro en cuanto a los métodos de tortura utilizados: “Decía que no eran ni de los norteamericanos (la Escuela de las Américas, donde él había estudiado); ni de la Doctrina Francesa (de Roger Trinquier, que llegó al país de la mano del brigadier Alcides Aufranc, ya en 1959, al edificio Cóndor). Según él, acá se usaba un método criollo que él mismo había ideado. Barreiro nos puede dar cátedra de tortura. Es un experto en eso”, afirmó. En su banquillo, el represor sonreía y negaba con la cabeza.

Otra víctima que recordó “perfectamente” la cara de Barreiro durante sus tormentos fue Jorge De Breuil. “En el Campo de La Ribera, Barreiro me apaleó, y cuando estaba en el piso, me levantó la venda y me dijo en la cara ‘¿te gustó la orgía de sangre que hicimos con tu hermano?’.” La frase-tortura se refería al fusilamiento en un simulacro de fuga de Gustavo, su hermano menor de sólo 20 años. Una ejecución en la que también mataron a Higinio Toranzo y al abogado Miguel Hugo Vaca Narvaja, de 35 (el padre del actual juez federal No 3 de Córdoba, homónimo de su padre y de su abuelo, también asesinado).
Una mujer destrozada

La brutal matanza de la joven madre Herminia Falik de Vergara, a quien la patota había atrapado en la parada de un ómnibus el mediodía del 24 de diciembre de 1976, y torturaron “de apuro, ya que querían ir a brindar con sus familiares en la Nochebuena”, es una de las heridas más profundas en los recuerdos de quienes lograron salir con vida del campo de concentración. Liliana Callizo no sólo contó en la sala al Tribunal lo que les vio hacer a Barreiro y a sus cómplices, sino que en una inspección ocular en La Perla señaló cada paso del recorrido “a la rastra y de la mano, por el que el Nabo me llevó a la Margarita”. Callizo señaló en la puerta de la sala de tortura –un cuarto pequeño, asfixiante, de techo muy bajo– donde la ubicaron cuando Barreiro le quitó la venda para que viera cómo masacraban a Falik de Vergara. Destacó las mangas “arremangadas” de la camisa del Nabo, su “transpiración” por el trabajo de matar. Y cómo el torturador y ahora miembro de la flamante “comisión” de reos que preside Barreiro, Luis Manzanelli, “con una picana en cada mano se había sentado en la cabecera de la parrilla” –el elástico de cama donde tenían atada desnuda a la víctima– para darle electricidad entre todos y matarla más rápido.

Callizo contó horrorizada que el cuerpo de la chica “se arqueaba y le salían chispas” porque además de las descargas eléctricas, le echaban baldazos de agua. Y que Herminia, a pesar de lo atroz del tormento, no les dijo nada. “Le preguntaban por el marido, dónde estaban sus hijas, y ella sólo gritó mis hijas no, mis hijas no.” Cuando la creyeron muerta, se fueron. La prisionera Servanda “Tita” Buitrago –una enfermera de cuarenta y pico de años a quien habían puesto a servir la comida a los demás cautivos– fue quien la vio morir. “Cuando entré más tarde, todavía estaba atada y viva, pobrecita... Le acaricié la frente y ella me dijo ‘gracias’. Y eso fue lo último antes de morirse... Tan chiquita y agradecida ¡y mirá lo que le habían hecho estos asesinos!”, se condolió casi cuarenta años después en su testimonio por videoconferencia desde el Chaco. “¡Todos torturaban, todos mataban, todos violaban! ¡Era lo único que sabían hacer estos desgraciados!”, acusó la mujer ahora de 86 años. Entre los imputados, hubo alguno que hasta bajó la cabeza ante los insultos. Fue el caso de Exequiel “Rulo” Acosta, quien acostumbraba contarle sus “cuitas” a Tita, la prisionera a la que muchos llaman “la mamá” de La Perla.
Huesitos y batitas

Otro que no se privó de insultarlos fue el arriero José Julián Solanille. “Sinvergüenzas, hijos de mala madre”, los descalificó una y otra vez el único testigo que afirmó haber visto con sus propios ojos a Luciano Benjamín Menéndez “al frente de un pelotón de fusilamiento” que asesinó, al borde de una gigantesca fosa común, a un centenar de jóvenes “atados de pies y manos”. Solanille era empleado del dueño de un campo cercano a La Perla y atravesaba la zona cuidando animales. “Eran todos asesinos, torturadores”, aseguró el hombre que dijo haber contado “más de 200 pozos” de enterramientos clandestinos en el predio de La Perla.

En su testimonio también recordó cuando escuchó por primera vez el apodo de Barreiro. “Fue por boca de la mujer de un paracaidista de apellido Baigorria. Me acuerdo de que el marido tenía un Chevy amarillo. Venían, y este señor dejaba a la señora, que era muy linda, en mi casa. Una vez ella salió al campo con un termo y estaba cerquita de la cárcel (así llamó todo el tiempo al edificio donde se torturaba). Se sentían gritos. Se escuchaban muchos gritos de chicas... Entonces los dos vimos pasar a Barreiro como a unos ocho metros. Ella me dijo entonces ‘ahí va el Nabo. Vas a ver cómo se va a acabar el griterío de las putas esas’.” En la audiencia, Barreiro se rió echando la cabeza atrás como si hubiese escuchado el mejor de los chistes. Pero su mano izquierda lo traicionó: le temblaba hiperkinética, sin parar, sobre la rodilla. El hombre dijo haber escuchado tiros y luego el silencio, como le anunció la mujer.

En La Perla, “donde no murió nadie”, el arriero vio arrojar “los cuerpos de dos chicas desde un helicóptero el 3 de mayo de 1976”. Y en su propia casa, a unos 500 metros del campo de tortura, sintió “el olor a carne quemada de los pozos donde tiraban a la gente. El humo con ese olor espantoso se vino para mi casa. Era insoportable. Mi mujer y mis hijos se quejaban. Era horrible”. En su relato también recordó cuando una perrita que tenía comenzó a llevar a la cucha “huesos chiquitos, cabecitas muy chiquitas...”. Y ahí fue cuando el enorme hombre que es todavía don Solanille, se quebró. Se cubrió los ojos con una de sus manos y sollozó: “Perdónenme Abuelas, pero la perrita traía manitos, bracitos, batitas celestes y rosas...”

–¿Y cómo sabe usted que eran huesos de seres humanos y no de animales? –preguntó el juez Jaime Díaz Gavier.

–Porque soy hombre de campo, señor –respondió con firmeza–. Y sé distinguir cuando son huesos de animal o de cristianos. Y éstos eran de cristianos.

Uno de los tres cómplices de Barreiro en la “comisión para colaborar con la investigación” en este juicio, es Luis “Cogote de violín” Manzanelli. También con veleidades de profesor de historia, como su jefe, varios sobrevivientes lo señalaron como un tipo “que parecía tranquilo y de repente era una máquina de torturar”. Un gendarme llegado desde Orán para testificar, Carlos Beltrán, detalló una escena que sucedió en los descampados de La Perla. “Manzanelli, el del ‘cogote torcido’, me ordenó que le dispara a una pareja. Yo me negué. Le dije que entré a Gendarmería a cuidar las fronteras de mi patria, no a matar gente”. Según Beltrán, enloquecido por la ira, el propio Manzanelli los mató. “Les dio un tiro a cada uno. Primero al muchacho, al que le habían hecho cavar el pozo, y después a la chica que estaba embarazada y tenía una panza como de ocho meses. Fue horrible porque ella volvió a levantarse y él la remató a tiros”, describió espantado. Luego contó cómo los rociaron “con nafta, los quemaron y los taparon con tierra” en la oscuridad de los campos que rodean a La Perla. El muchacho fue echado de la Gendarmería por negarse a cumplir la orden.

El otro integrante, Héctor “Palito” Romero, se hizo “famoso” entre la caterva por su uso del “amansalocos”, como le llamaban al palo que usaba para torturar. Cecilia Suzzara contó cómo “torturó a David Colman en la primera oficina de La Perla. Las paredes –que luego debían limpiar los prisioneros utilizados como mano de obra esclava para todo servicio– quedaron manchadas con su sangre”.

De José Hugo “Quequeque” Herrera, hay –como de casi todos ellos– decenas de crímenes y perversiones que los incriminan. Pero en su caso se destaca el perfil de violador consuetudinario. Liliana Callizo, que fue una de sus víctimas, lo reconoció y señaló sin “ninguna duda” ante el Tribunal.

Los detalles de crímenes y vejámenes que cometieron –y de los que no se arrepienten– laceran lo esencial de la especie humana, y en los dos años que lleva este juicio se han escuchado ya 430 testimonios en 197 audiencias.

En los predios La Perla el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró restos óseos humanos el 21 de octubre pasado. Y siguen encontrando restos. La integrante del equipo Anahí Ginarte le dijo a Página/12 que “es zarandear tierra de los hornos (de cal de la estancia La Ochoa, donde descansaba Menéndez los fines de semana) y encontrar huesos”.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Una madre asesinada por buscar a su hijo

El juicio por los crimenes de lesa humanidad cometidos en Córdona bajo el terrorismo de estadoUna madre asesinada por buscar a su hijo

Marta Taborda Ledesma-Comba relató cómo fue diezmada su familia. Su mamá, Marta Ledesma, y su padrastro, Sergio Comba, fueron secuestrados en 1975. La madre de Sergio, Elsa Comba de Comba, intentó averiguar qué había pasado con él y terminó muerta.

 Por Marta Platía

Desde Córdoba

Madre, padrastro, tío, tía, abuela. Son cinco los desaparecidos que cuenta Marta Taborda Ledesma-Comba en su familia. “Cinco desaparecidos y un muerto, mi papá”, dice. Son dolores de los que no habló hasta hace poco más de dos años, cuando junto a su hermano, Gabriel Ignacio Comba, y a casi 38 años de ocurridos los secuestros, decidieron presentarse en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, en Córdoba, y pedir que los ayudaran a saber qué había sido de ellos. “Nos criaron mi bisabuela, la Yaya, y María, mi abuela materna. Cuando preguntábamos por los padres, nos decían que habían muerto en un accidente camino a Buenos Aires. Esa fue la forma de protegernos”, así explica “haber llegado viva hasta ahora”, esta joven alta, rubia, de fuerte contextura, cuando se sienta frente al Tribunal y agradece poder contar lo que recuerda “paso a paso y sin necesidad de cerrar los ojos”: la noche en que la patota del represor Luciano Benjamín Menéndez se llevó a su mamá, Marta Ledesma, y a su padrastro, Sergio Héctor Comba.

“Fue el 10 de diciembre de 1975. Yo tenía cuatro años y medio. Era una nena, pero a los chicos cosas como éstas, terribles, se nos graban para siempre. Habrán sido las diez. Yo ya estaba en la cama, pero no me había dormido... Escucho golpes, gritos y ruidos de cosas que se caen. Me asomo al hallcito de la casa. Ahí la veo a mi mamá en una silla: está descalza y atada. Y a Sergio, también descalzo y atado, tirado en el piso. Esos hombres entraron a mi dormitorio y me cerraron la puerta. Yo no sé cuánto habrá pasado, pero seguí escuchando gritos, como que les pegaban con algo. Después entró un hombre con mi mamá y otro más, y se sentaron en mi cama. Mi mamá al lado mío, un hombre al frente y otro parado atrás de mi mamá. Ella tenía puestas esposas en una mano. A la otra la tenía suelta. Me acuerdo de que le colgaban las esposas... De esa noche también me acuerdo de que un hombre joven se sentó al frente mío y me miraba así, como yo a ustedes: con la distancia de una cama a la otra. Tenía como 40 años, con barba y bigote oscuro y tupido. Vestido de azul. Me estaba vistiendo y ese hombre me dijo ‘¿querés que te ponga las zapatillas?’. Yo no quise”.

Marta se revuelve en su silla. “Ahora me puedo acordar mejor de su cara que de la de mi mamá, que se va borrando... Y no quiero que se borre, por eso ando con sus fotos.” Las acaricia. Tiene imágenes de los suyos en la mesita frente al estrado de los jueces. Por un momento, la joven se agarra la cara y solloza de pena, de bronca. Pero Marta no se permite aflojar. Sacude sus manos para darse fuerzas. “Salimos al pasillo de la casa y me quedé parada en el marco del dormitorio. Ahí pude ver a Sergio en el suelo... Había sangre, tenía los pies descalzos. Otro hombre estaba con mi hermano (Gabriel, un bebé de sólo tres meses) en su dormitorio. Lo estaba levantando. Llevaron a mi mamá a la cocina y le hicieron preparar bolsos. Antes de que me lleven, veo a Sergio tirado, como inconsciente, los ojos vendados, los brazos en cruz. Tenía dos soldados, uno a cada lado. No se movía... A mi hermano lo envolvieron en una frazadita. Mi mamá iba descalza, esposada. A Sergio lo trajeron arrastrando. Nos subieron a dos autos. A mi hermano y a mí nos llevaron a la casa de mi abuela... Yo iba en un auto atrás. En el de adelante iba mi mami. Me acuerdo de las luces del auto de adelante porque eran como dos ojos rojos. Pararon y me llevaron en brazos hasta la casa de mi abuela. Al Gabi también lo traían. Salió mi abuelo. Mi abuela no estaba porque –después cuando fui grande me contaron– se había ido a buscar al hijo, Juan Eliseo Ledesma, el hermano de mi mamá, que habían secuestrado dos días antes en Buenos Aires. Me acuerdo que mi abuelo se asustó. El hombre que me entregaba le dijo que una mujer nos había encontrado tirados por la calle. Yo le dije: ‘¡No tata, mentira, la mamá está en un auto, ahí en la esquina!’. Mi abuelo quiso anotar los nombres de los que nos entregaban, pero le gritaron: ‘¡Pero qué anotar ni nada! ¡Agradezca que le traemos los chicos!’.”

Marta Inés Taborda y Gabriel Ignacio Comba son querellantes por el secuestro, tortura, asesinato y desaparición de su madre, Marta Susana Ledesma, y el padre de Gabriel, Sergio Comba. “A mi papá lo habían matado poco después de que yo nací, en 1971. Se llamaba Juan del Valle Taborda y era militante del PRT-ERP. Después mi mamá conoció a otro compañero de militancia, Sergio Comba, que trabajaba en SanCor, formaron una familia y tuvieron a Gabriel, mi hermano.” Como si necesitara explicarlo, les dice a los jueces: “Para mí, para mi familia, estar en este juicio es como cerrar algo. Cerrar heridas. Con los padres desaparecidos siempre se está esperando algo. No sabés muy bien qué, pero algo”.

–¿Sabés qué pasó con tus padres? –preguntó la abogada querellante Mariana Paramio.

–Recién en el 2008 tuve noticias. Una prima de mi hermano nos mandó un mensaje. Dijo que tenía información de que los habían llevado a La Ribera y que ahí los torturaron y fusilaron junto con otros nueve compañeros por orden de (Héctor Pedro) Vergez.

Según se jactaron los torturadores en La Perla frente a otros prisioneros, Marta Ledesma, a quien llamaban “María”, y Sergio Comba, conocido como “Alberto”, fueron fusilados junto a otros siete militantes en el patio del Campo de La Ribera a poco de secuestrados. Fue con esa ejecución en masa que ese campo de tormentos y exterminio inauguró su actividad.

–¿Y tu abuela paterna? ¿Qué sabés de Elsa Gladys Comba de Comba? –quiso saber Paramio.

–Ella era muy dulce. Era la abuela de mi hermano, pero nunca hizo diferencias por más que yo no era hija de su hijo. Supe que cada vez que ella fue a preguntar por Sergio la vuelteaban y le decían cosas indecorosas... Hasta que en febrero de 1978 la secuestraron también a ella... Al poco tiempo se encontró cerca de (Alcira) Gigena (un pueblo del sudoeste cordobés) un cadáver calcinado. Y era ella.
Tortura y matanza

Desde que la patota secuestró a su hijo Sergio, Elsa Gladys Comba de Comba no dejó de buscarlo. Fue a preguntar por él a todos los lugares que pudo: comisarías, hospitales, el Tercer Cuerpo de Ejército, el Arzobispado. Soportó burlas, mentiras, negativas, golpes, vejaciones y tormentos.

“Ella era de Río Cuarto y no paró un solo día de preguntar por su hijo”, contó su hermano Edgar Comba, un hombre de rostro tristísimo y dolor añejo que, a casi cuarenta años del crimen, llegó a este juicio para denunciar “a los que la asesinaron”.

–Yo vivía en Córdoba y cada tanto iba a verla. Cuando desapareció Sergio, Gladys, como cualquier madre, lo empezó a buscar. Tanto lo buscó, tanto insistió, que molestó a la policía. Le allanaron la casa varias veces. Mi hermana tenía una pensión de estudiantes en Río Cuarto, en el centro de la ciudad... En esos tres años que buscó a su hijo a veces la tenían detenida y la torturaban para hacerle confesar no sé qué cosas... Una vez ella me contó de los golpes y que en una ocasión llegaron a extremos que... (en ese punto el hombre se detiene, se cubre los ojos con una mano y se le escapa un quejido que lacera el aire de la sala). Gladys me contó que llegaron a algo terrible, extremo... que (en la policía) le inyectaban, le ponían una manguera por la vagina, la conectaban a una canilla y la abrían... No me lo dijo, pero debe haber sido terrible, pobrecita... Pero siempre siguió buscando. Seguía yendo a pesar de todo y de que la torturaban...

–¿Ella le comentó quiénes eran los que le hacían eso? –preguntó el juez Jaime Díaz Gavier, con el rostro casi descompuesto.

–Sí, si bien era un grupo policial, el que comandaba esto era un señor al que le decían El Gato, El Gato Gómez.

Desde su banquillo, el represor Miguel Angel “El Gato” Gómez mira con cara de no entender, los ojos permanentemente desorbitados. De a ratos mueve la cabeza, negando. Con éste, son cientos los testimonios que dieron cuenta de su crueldad y perversiones. De su gusto por violar a los cautivos y hasta por sacarles las vendas para que lo vieran bien. “Mirame, yo soy El Gato, tu torturador”, se presentaba.

–¿Y qué pasó con su hermana?

–En uno de los allanamientos se la terminaron llevando. Fue el 23 de febrero de 1978 a eso de las tres, cuatro de la madrugada. Dejaron a su hija Norma, que estaba con ella. A Norma y a los estudiantes los maniataron a todos. A mi hermana la sacaron envuelta en una alfombra de piso. Me avisaron más tarde. Viajé hasta Río Cuarto y empecé yo a buscarla a ella. Fui a la Jefatura de Policía porque sabía que ellos eran los que hacían esas cosas. Ahí me dijeron desconocer todo. Ellos trataban de separarse del tema, mandarme para otro lado. Fue muy difícil poder avanzar y saber algo más.

Edgar Comba contó que al día siguiente del secuestro supo por otra persona, que también estaba buscando un familiar, que en un camino rural de la localidad de Alcira Gigena habían encontrado un cadáver calcinado. “Como yo no podía dar con ella, empezamos a pensar que podría haber una relación. Fui a la morgue. Pedí verlo... (El hombre vuelve a descomponerse, alcanza a pedir perdón en un sollozo... el cuerpo le tiembla.) Mire, señor juez, yo pude verlo... Estaba muy, muy quemado. Tenía un alambre envuelto en el cuello, o un cable... Le había quedado solamente una parte de las piernas y los pies, quemados también pero no tanto, y ahí se había adherido parte de un camisón que era de ella, yo reconocí el estampado.” Como pudo, el testigo contó que se fue a la casa de su hermana. Necesitaba corroborar que era ella. “Como tenía un pie bastante entero, se me ocurrió buscar un zapato de ella. Volví a la morgue y se lo calcé. Ahí tuve la plena seguridad de que era mi hermana.”

lunes, 18 de agosto de 2014

El testimonio de una profesora que estuvo secuestrada en el Centro Clandestino La Perla

“Fue un plan de aniquilamiento bien pensado” 
Primatesta sabía todo lo que pasaba”

En el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en Córdoba, Susana Leda Barco contó cómo fue secuestrada en 1977 y mantenida en cautiverio hasta 1980. El interrogatorio a cargo de un represor que tenía su currículum y las sospechas sobre un alumno delator.

 Por Marta Platía

“Mire, no siento odio. Para odiar hay que gastar tiempo, energía y la vida. Y nuestra vida no merece ser gastada en eso. Yo lo único que siento es desprecio, porque ofendieron la condición humana. La degradaron”, dijo ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 Susana Leda Barco, una profesora de Ciencias de la Educación y Filosofía que fue arrancada de su casa, de su cama, de su familia, la mañana del 4 de octubre de 1977.

Susana vivía en Villa María, al sur de la capital cordobesa, con su esposo y sus hijos, Fernando (de 12 años) y María Laura (de 8), cuando golpearon a su puerta: “Eran las seis y media de la mañana. Dijeron que eran del Tercer Cuerpo de Ejército. ‘Momento, que me pongo una bata’, contesté y mi marido me acompañó y abrimos. Eran cuatro. Uno de ellos dijo ser el capitán Wenceslao Clara. Me dijeron que me iban a llevar para hacerme unas preguntas. Hasta trajeron a dos vecinos para que firmaran un acta que, muchos años después, supe que decía que me llevaban para interrogar. Pedí que me dejaran despedirme de mis hijos. María Laura era chiquita y estaba asustada. Ambas recordamos que le dije que se portara bien y que hiciera sus tareas. Y mi hijo me preguntó por qué me llevaban, y le dije que para hacerme unas preguntas. ‘¿Y volvés rápido?’ Le dije que sí. Pero volví 3 años y 23 días después...”.

Hasta el 27 de octubre de 1980, cuando la liberaron en Devoto, Susana pasó por comisarías, un campo de concentración y la cárcel UP1, donde habían torturado y asesinado –arguyendo falsas fugas– a 31 presos políticos en 1976.

“Yo quiero decir que soy docente y que la docencia para mí no ha sido un empleo. Ser docente es mi modo de ser y estar en el mundo, y desde este lugar testifico”, se plantó ante el tribunal, plena de energía, tan elegante como rigurosa. Contó que la llevaron a la comisaría de Villa María. Que estuvo allí dos días y que la subieron a un auto para trasladarla a Córdoba. “Después de cruzar el puente de Río Segundo, pararon los vehículos. Me bajaron y el capitán Clara me dijo que me iba a vendar. Ahí vi a los soldados con las armas en la mano, adelante mío. Pensé en un fusilamiento. Y con gran ingenuidad le pregunté si vería a mi marido. Me dijo que sí. Le pedí que le dijera que lo quería mucho, y a mis hijos y a mi madre.” Pero no hubo disparos. La empujaron dentro del auto y, vendada, llegó a lo que luego supo que era el Campo de La Ribera.

Susana endureció el tono cuando recordó su primer encuentro con los interrogadores. La llevaron junto a Adriana Corsaletti. Tras las vendas escuchó “un golpe fuerte contra la mesa y el ruido de un grabador, de esos a carrete. Cada una con un interrogador distinto. Puede sonar loco, pero el que me tocó a mí lo hizo con mi curriculum vitae en mano. Le decían Coco. ¿En tal fecha dictó un curso de esto? ¿Otro sobre Paulo Freire? ¿Qué es ideología? Y yo le contestaba. Hasta que me interrogó sobre 1966 y ‘La noche de los bastones largos’”. Susana y un grupo de profesores de la Universidad Nacional de Córdoba habían protestado y fueron cesanteados de la Facultad de Filosofía.

La sobreviviente volvió entonces a una de las peores noches de su vida: “Me dejaron sola en la cuadra. Entonces lloré, pasé mi vida en cámara lenta y lloré... Me querían hacer callar, pero yo había abierto compuertas. Supe que mi marido me buscó, que estuvo a las puertas del Campo de La Ribera... Le dijeron que se fuera a punta de arma. Poco después me llevaron a un interrogatorio y me dieron una declaración para que firme. Y maestra, al fin, corregí los errores de ortografía... Me preguntaron para qué lo hacía. Y yo les dije: ‘Ya que accedo a firmar, corrijo’”.

Susana, como otras sobrevivientes, optó por no hablar de violaciones o vejaciones directas, pero sí quiso perfilar la perversión de los represores: “Una noche alguien se paró a los pies de mi colchón y se masturbó. Otra, me iluminaban mientras me bañaba. Yo pensé... ¡pobres tipos! Si para tener una mujer y sentir placer necesitan que uno esté en estas condiciones, son unos pobres tipos...”.

Como a muchas de las secuestradas, desde ese campo la trasladaron a la cárcel de Barrio San Martín, la UP1. “Ahí me revisó un médico que tenía el guardapolvo tan sucio que parecía salido de una carnicería –detalló sacudiendo la cabeza–. Era un lugar espantoso. Teníamos un camastro y un tacho de cinco litros como todo baño. No podíamos hacer labores, ni gimnasia... pero nos ingeniábamos para hacer agujas con los huesos que a veces venían en la sopa.”

“Sobrevivimos también por la solidaridad y la creatividad para no dejarnos vencer. Pero no era fácil –recordó Susana–; la primera vez que bajamos al patio, vimos los palos donde habían estaqueado (hasta matarlo) a (René) Moukarzel y también a Charo (López Muñoz).” El médico René Moukarzel había sido uno de los presos políticos de la cárcel. El represor Gustavo Adolfo Alsina se enfureció cuando lo vio recibir un paquete de sal de manos de un preso común. El 14 de julio de 1976, y con temperaturas bajo cero, lo estaqueó completamente desnudo en el patio del pabellón de mujeres. El mismo se encargó, en un asesinato cuasi artesanal, de arrojarle baldazos de agua fría. Moukarzel era un hombre fuerte, medía casi dos metros, pero era asmático. Sus esfuerzos por respirar, los estertores de su pecho se pudieron oír por toda la prisión. Fueron cientos de prisioneros los que escucharon su agonía, que duró casi veinte horas. Charo López Muñoz también fue estaqueada, aunque ella logró sobrevivir. Este mismo torturador hacía que sus compañeras le tiraran agua para hacerla sufrir aun más. Y ella, para evitar que las dañaran, les gritaba que hicieran lo que este ex teniente les ordenaba. Alsina fue condenado por estos y otros crímenes a prisión perpetua en cárcel común junto a Jorge Rafael Videla y a Luciano Benjamín Menéndez en 2010.

A Susana Leda Barco nunca le explicaron nada. Un día la sacaron de su celda y la llevaron a interrogatorio de vuelta al Campo de La Ribera. Ahí, uno de los secuaces de Menéndez, Carlos Alberto “HB” Díaz, integrante de la patota de La Perla, la interrogó entrada la noche. Antes pudo ver a “Bibiana Allerbon y a Mirta Dotti, que había sido alumna mía”. No bien la entraron tabicada a la oficina que oficiaba de sala de torturas e interrogatorios, escuchó de nuevo “la voz del Coco, que estaba enfurecido. Decía que yo le había mentido. Entonces me hizo oír la voz de un alumno mío de Villa María, Daniel Dreyer, de 18 años, que tenía problemas en una pierna. Lo golpeaban y le preguntan si yo le enseñaba marxismo. Me desesperé. Ellos le gritaban: ‘¡Pero vos en Villa María dijiste que enseñaba marxismo!’. Y él les decía: ‘Pero señor, lo que se dice en la tortura no cuenta’. Esa misma noche HB (el apodo con que lo bautizó la caterva de Menéndez eran las iniciales de “hincha bolas”) no sólo me interrogó por lo del currículum. A él le gustaba torturar psicológicamente. Me dijo: ‘Tenga en cuenta que su marido no la va a estar esperando cuando salga; que su tía se va a morir antes de que usted salga; que sus hijos no la van a reconocer’. No sólo el cuerpo: ellos también nos torturaban espiritualmente”.

Ese recuerdo la indignó. Se irguió en su silla y miró de modo breve, fulminante, a los represores –HB Díaz incluido– y dijo: “Afortunadamente se equivocó en todo; mi marido me esperó y sigo con él; mi Naná se murió veinte años después; y mis hijos me reconocieron”.

Quedó claro: ella, con su vida. Ellos, en la cárcel y acusados –o ya condenados– por crímenes de lesa humanidad. Susana no se detuvo: “Esto, señor juez, fue un plan de aniquilamiento bien pensado, asesorado por la Escuela de Panamá de los norteamericanos y por los franceses de la Armada Secreta (la OAS)”.
Alumno y delator

La fiscal Virginia Miguel Carmona le preguntó por qué creía que quien la interrogó tenía su currículum en mano.

–Mire, yo fui a buscar mi currículum a la facultad y vi a un ex alumno mío que se abrió el saco y me mostró un arma. Cuando yo entraba a la facultad, parecía el Mar Rojo: todos se abrían... y así pasé y retiré mi currículum. Lo había presentado para un concurso. El currículum estaba ahí.

–¿Cómo se llamaba ese ex alumno?

–Gabriel Pautasso. Lo nombro porque supe de su actuación posterior. Las preguntas que me hicieron eran en orden cronológico. Eso para mí era sorprendente...

El querellante Claudio Orosz le preguntó por Pautasso, y señaló que la otra profesora que podía hablar de este hombre, María Saleme de Burnichón, ya no está (murió hace pocos años y su marido Alberto está desaparecido).

–María, La Negra, la entrañable María Burnichón me comentó que cuando van a allanar y hacen volar su casa, estaba Pautasso. “Susana –me dijo–, Pautasso se dedicó a señalar los libros que le interesaban para llevárselos.” Ella me contó que esta persona estuvo en el allanamiento.

–¿Era bedel?

–No sé. Lo que sí sé es que lo echaron de la universidad.

–Luego de un juicio académico...

–¡Me hubiera gustado estar! –dice y golpea la mesa con su palma abierta–-. Sé que fue alumno mío el año que se casó, muy formalito vino a pedirme permiso para faltar a las clases. Claro que se lo di.

–¿El ya murió?

–No, está vivo.

Las preguntas rondan la sospecha de que este alumno Pautasso podría ser la persona que apuntaba o aclaraba temas al represor Coco, que interrogó a Susana varias veces.

–¿Este Coco tenía a alguien que decodificaba?

–Parece que sí. Me acuerdo de que cuando quise explicar algo, el Coco me dijo: ‘Usted no se preocupe que acá hay gente que entiende y lo va a explicar’. Pasaron unos días y el 30 de diciembre de 1977 me regresaron a la UP1. En el camino se atrevieron a manosearme.

El Coco al que la testigo aludió sería el represor Juan Carlos Damonte, un ex policía que perteneció a las patotas de La Perla y el Campo de La Ribera, y permaneció prófugo de la Justicia durante cuatro años, hasta que el último 10 de junio fue hallado y detenido en Trelew.


Primatesta sabía todo lo que pasaba”


El sacerdote tercermundista Víctor Acha, quien tuvo que exiliarse en Colombia durante la dictadura, le dijo al Tribunal que (el cardenal Raúl Francisco) Primatesta estaba al tanto de todo lo que sucedía en Córdoba durante el terrorismo de Estado: “Me allanaron la parroquia unas cinco veces –contó el religioso que tenía a cargo la capilla del paupérrimo asentamiento conocido como Villa El Libertador–, y directamente me prohibió que hiciera público lo que pasaba. Dijo que él se encargaba de todo personalmente y que lo hablaba con (el represor Luciano Benjamín) Menéndez. Para Acha todo comenzó a complicarse cuando una noche la patota se llevó al seminarista Gervasio Mecca. Su supuesto delito: haber conocido a un militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), Jorge Rossi, quien fuera asesinado en La Plata. El hijo de Rossi –quien también fue secuestrado junto a su mamá y llevado a La Perla cuando apenas era un nene de cuatro años– ya declaró en este juicio por el crimen y la desaparición de sus padres. Acha contó que mientras se llevaban al seminarista Mecca, la banda de torturadores le gritó que le pidiera “explicaciones al arzobispo”. El sacerdote lo hizo, pero Primatesta, como toda respuesta, “me prohibió que hiciera público lo del secuestro y los allanamientos” (Acha padeció una media docena). “Esto lo manejo yo, te prohíbo que lo hagas público”, le respondió quien fuera, además, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina durante más de veinte años.

jueves, 13 de marzo de 2014

Testimonios dieron cuenta de la existencia de un plan sistemático

Brindó  testimonio David Andenmatten, militante de la Agrupación Universitaria del Peronismo de Base; luego lo hizo Jone Teresa Grilli, esposa del dirigente de Luz y Fuerza Juan Alberto Caffaratti – detenido desaparecido- y la última en hacerlo fue Nilda Estela Jelenik. El secuestro,  la tortura empleada como método para lograr información, los “traslados” y la presencia de emabarazadas en los campos de concentración quedaron expuestos.

Por Katy García- Prensared


El primer testigo Andenmatten reconoció a Miguel Ángel Gómez como su torturador y durante el curso del relato lo responsabilizó de torturar a una centena de militantes en Río Cuarto. Pidió que se investiguen estos hechos ocurridos en la ciudad del sur.

Lo detuvieron el 27 de mayo de 1976, tenía 22 años, trabajaba en una fábrica de baterías, en barrio General Paz. “A las 7  de la mañana vinieron tres hombres de civil que se presentaron como policías. Me introdujeron en un auto y llevaron al D2. No iba vendado”, afirmó. Después lo vendaron y le dijeron: “Andenmatten: vamos”.

El testigo revivió aquellos dolorosos momentos cuando un grupo de represores “le tiraban agua y le hacían preguntas, todo junto. Para mí fue un tiempo infinito”, dijo y afirmó que con el tiempo supo que el que lo interrogaba era (Miguel Ángel) el Gato Gómez. Lo recordaba por la voz. “Estaba como perdido en El tranvía”, dijo en referencia a un banco de cemento donde los amontonoban.  “Había más personas detenidas. Se escuchaban gritos, le pegaban a todo el mundo. Un horror. Ese era el trato natural”, se acordó.

El 28 de mayo lo sacaron  y lo llevaron a Río Cuarto donde también lo torturaron y realizaron simulacros de fusilamiento, mientras le pedían nombres. Permaneció en la cárcel  71 días y luego lo trasladaron a la UP1. “Nunca vi a un juez, ni nada, estuve tres  años a disposición del Área 31”, expresó ante el Tribunal. En la UP1 estuvo en el Pabellón 10 y se enteró por los otros presos de los fusilamientos. “Había un clima de terror muy grande. Los militares nos pegaban y hacían circular…era muy duro”.

Ir y volver torturado

“Recuerdo que  cuando llegó Hubo Basso, no podía caminar”, dijo y lloró a cara descubierta. Con voz entrecortada prosigue. “Estábamos en situación de incomunicados, hacíamos las necesidades en un tarro y sin poder hacer nada. Y en cualquier momento nos sacaban y pegaban. Fue una situación que pudimos superar porque nos sosteníamos mutuamente”, explicó.

“Todos lo vimos llegar hecho mierda”, le dijo a Claudio Orosz, cuando le tocó a la querella profundizar con preguntas el relato. También comentó que Eduardo Porta era uno de los prisioneros a los que llevaban y traían de La Perla. “Él me ha contado que lo habían condenado a muerte y que lo tenían como un trofeo. Recuerdo que me dijo que estaba la chica (Ana) Mohaded. Con Porta se ensañaron mucho”, señaló.

A él también lo sacaron en 1978. “Un día me sacan, me llevan en un camión al D2 que estaba en (la calle) Mariano Moreno y ahí en una celda  me pegan a mí y a otros. El Gato Gómez, se ensañaba conmigo. Creí que me moría” describió. Le aplicaban alternativamente el submarino y los golpes. “Después de un tiempo, no recuerdo cuanto, al fin y al cabo dos o tres días  vino y me dijo: firmá esta declaración. La firmé sin leer para que no me pegara más.”, agregó. Destacó que era común esta práctica de llevar y traer personas detenidas desde los centros clandestinos La Ribera y La Perla a la cárcel UP1 y al revés.

Al cabo de unos días lo condujeron a la IV Brigada Aerotransportada donde le hicieron un Consejo de Guerra. Contó que hubo careos hasta que lo llevaron de nuevo a la UP1. “Como sería la situación que llegué contento a la cárcel, era un alivio”, describió. Allí pudo ver entre otros a Rodolfo Novillo Corvalán, a Cecilio Salguero, y a “un señor mayor que estaba con toda su familia”, expresó refiriéndose al empresario Alejandro Deutch y a su esposa Elena Rosa Rosenzweig y sus hijas Liliana, Susana, y Elsa.

El sobreviviente  que declaró anteriormente en el Juicio Videla reafirmó que cuando dijo que el Gato Gómez mientras estaba preso en La Ribera por violación “hacía de las suyas” era así, aludiendo a que torturaba. Reiteró que “se investigue la situación de este señor en Río Cuarto. En este punto refirió varios casos. Como el de un trabajador ladrillero a quien amenazó frente a su hijo y su mujer a punta de pistola. Y que ese hombre murió al año siguiente. También señaló otro caso de violaciones reiteradas contra una detenida mientras la trasladaba a Córdoba y detuvo la marcha para hacerlo. “Se cansó de violarla”, dijo y añadió que “esta mujer tuvo un hijo”. “Era el principal torturador”, manifestó y confesó que “Por más que vivo lejos, no estoy siempre tranquilo, me despierto de noche, sueño”, refirió.

 Homenaje a Berta Perassi

En el tramo final le pidió permiso al Tribunal para leer una carta que hizo pública en 2003. Allí retrata la vida de quien había sido su novia también militante del Peronismo de Base. Berta Perassi fue secuestrada en Córdoba. Militaba en el PRT y ya no eran pareja. (1) Contó que hasta 2006 solo figuraba en una lista que presentó Graciela Geuna –una de los 17 sobrevivientes de La Perla- y cuenta que había sido “trasladada” de La Perla a los 20 días de haber llegado. También lo corroboraron Susana Sastre y Piero Di Monte. (N de la R. Traslado en la jerga de los represores significa asesinada)

Con un grupo de amigos investigaron que pasó y lograron reconstruir con datos aportados por la familia como habían sucedido los hechos. La madre de la joven llegó hasta Menéndez quien negó que estuviera detenida. Berta trabajaba en la fábrica de galletitas Lía. Cuando fueron a buscarla no la encontraron. Una pareja amiga cuya mujer estaba embarazada le avisó. Se supo que a diario la visitaba en la maternidad hasta que no fue más. Y nunca más se supo de ella.

Con el tiempo en Río Cuarto la sociedad organizada la rescató del olvido y el silencio a través de una calle que lleva su nombre: Alfabetizadora Berta Perassi, en memoria a la actividad militante que realizaba en el barrio “El Acordeón”.

El fiscal Trotta que condujo el interrogatorio le pidió al Tribunal que además de testigo se lo reconozca  como víctima del terrorismo de estado.

Teresa Grilli: “Mi marido era el nexo entre Tosco y la comisión directiva”

La esposa de quien fuera miembro de la conducción del Sindicato Luz y Fuerza declaró que se enteró por compañeros de trabajo que Juan Eduardo Caffaratti había sido detenido a la salida de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC), el 15 de enero de 1976.

“Fue levantado por sujetos armados e introducido en un auto con rumo desconocido. De ahí no se supo más nada”, expresó. Contó que entre tres a cinco compañeros lo presenciaron sin poder hacer nada. “Creo que le preguntaron  ¿Sos Alberto Caffaratti? Y él dijo que no. Lo insultan y le dicen sos vos, y lo llevan”.

Cafaratti militaba en el Partido Comunista e integraba el Comité Central.

“Lo amenazaban permanentemente, vas a ser boleta”, contó que le decían.  Y que una de las formas empleadas fue volantear en su contra y la de otros como Hugo Moro, Mario Bialet, Tomás Di Toffino.

El fiscal indagó si pudo reconstruir de alguna manera la historia y respondió que  presentaron hábeas corpus, fueron al Arzobispado, recorrieron comisarías  y diarios en busca de información. “Se formó una comisión de presos y desaparecidos, pero nadie dio datos ni supimos nada”, afirmó.

Guiada por las preguntas de Orosz fue explicando que el gremio en ese momento estaba intervenido, que otras personas fueron también perseguidas y detenidas como Tomás Di Toffino, Bruzuela y otros. Y contó que se había formado una comisión integrada por Di Toffino, Bialet y  Fabiolo, y que antes del golpe viajaron a Buenos Aires. “Fuimos a entrevistar en el edificio Libertad a  algún general;  no sé quién nos atendió en esa época. Pedíamos que trataran de averiguar algo”.

Por seguridad la familia integrada por ellos y sus dos hijos Mariana y Daniel de 5 y 6 años un mes antes del hecho ya no dormían en el domicilio. La testigo dijo que volvió a su casa una sola vez para hacer la mudanza. Desde 1974 el sindicato estaba intervenido y el secretario general Agustín Tosco pasó a la clandestinidad. En ese contexto la comisión directiva a fines del 1975 y principios de 1976 funcionaba por fuera y “mi marido era el nexo entre Agustín Tosco y el resto de los sindicalistas”, explicó. Y realzó el accionar del conjunto de los trabajadores “sumamente activo y solidario, sobre todo con la gente perseguida por los Comandos Libertadores de América”.

 Nilda Ester Jelenik: “La violación era parte de la tortura”

La testigo ofrecida por las abogadas de Abuelas de Plaza de Mayo María Teresa Sánchez y Mariana Paramio, narró su propio cautiverio y reconoció a los imputados Calixto Flores, Graciela Antón, Jesús Antón, Luis Manzanelli, Guillermo Barreiro y a Sérpico (Buceta). “La cuca Antón actuaba abiertamente”, afirmó.

La sobreviviente narró que fue secuestrada durante un allanamiento realizado en la casa de su hermano, a mediados de marzo de 1975, en barrio Ayacucho. “Estaba a cargo del operativo el Chato Flores y me llevan con mi pareja Hugo Hernández al D2”. Allí fue encapuchada y torturada.

“En el D2 la violación era parte de la tortura. La tortura era una situación de locura. El torturado está normalmente desnudo y mientras le hacen la mojarrita, lo están violando, o pasa alguno y le mete mano”, recordó crudamente. En otro tramo del relato consignó que también pasaban horas y horas de pie en esas condiciones.

Embarazadas

Del D2 la conducen al Buen Pastor. “En ese momento teníamos un pabellón las presas no embarazadas y sin hijos y en otro estaban las embarazadas con niños”, explicó.

Entre las segundas nombró a Diana Triay (Sus restos junto a los de su esposo Sebastián Llorens fueron identificados el 1 de marzo de 2013 por el Equipo de Antropología Forense y restituidos a sus familiares) y a otras dos mujeres más. Dijo que había un sistema similar a una guardería para atender a los chicos. “Yo no me fugué, tenía una causa abierta”, dijo y recordó que se encontraba en medio de un proceso del que saldría sobreseída. Fue ahí que se produjo un  “reencuentro” con el grupo de tareas del D2. Explicó que eran miembros de una comisión que la llevaba y traía ante el juzgado por orden del juez Vázquez Cuestas.

“En la UP1  había varias embarazadas y niños con un régimen relativamente flexible, después se comienza a endurecer y les piden a las mamas que se llevaran a los niños”, afirmó y recordó por sus nombres de pila a varias de las detenidas. “Más o menos después del golpe se retiran a todos los niños, la represión se endurece con bailes y requisas. Les sacaban a los chicos a veces directamente en la maternidad. Era muy dramático escuchar cuando se los sacaban”, contó.

“En esa época se produjeron los “traslados” y fusilamientos como en el caso de Diana Fidelman”. Sobre ello reveló que una de las rutinas previas “era que se cerraban todas las celdas. Nos decían a nosotros: junten sus cosas y vayan arriba. Una noche vienen y me dicen junta tus cosas y subí. Era pleno invierno -en 1976- cuando ocurrió la muerte de Moukarzel”.

Luego relató su traslado al campo de la Ribera donde pudo ver a Patricia Astelarra y a Irene Bucco, embarazadas provenientes de La Perla. “El impacto cuando las vi fue muy grande. Era ver dos cadáveres hablando”, graficó. En esa oportunidad,  Patricia le había dicho que La Ribera era un jardín de infantes al lado de La Perla donde desaparecía mucha gente y que en su caso había sobrevivido porque sus padres pagaron un rescate. Y que Rosita Previtera –fugada del Buen pastor- estaba en La Perla lugar “donde no había seguridades de nada. La gente entraba y no salía”.

En el lugar dijo que había personal de la ESMA porque su pareja Hernández había sido sub oficial algo que aclaró ella desconocía.

La testigo afirmó que por su ascendencia alemana y los contactos de su madre miembro activo de la iglesia pudo salir del país. Destacó la actuación del Pastor Ihle,  Genet y Fanderfale.

Recordó que los imputados Manzanelli y Barreiro “Venían prácticamente todos los días a la cuadra”. Y que antes del país iban a su casa a tomar café y que cada diez días debía reportarse ante Saseain “una persona violenta, irascible del que se escuchaban improperios, gritos, escenas, golpeaba cosas”.

La abogada Marité Sánchez indagó sobre las tres veces que estuvo en el Buen Pastor. La mujer recordó que la última vez observó que desde lo edilicio no había cambiado pero sí en cuanto a las rutinas. Dijo que estaban a cargo de dos monjas  y una celadora. “Recuerdo haber estado muchas veces sola mirando pasar las nubes, aislada en la pieza. Había una situación de mucha vulnerabilidad interna. Nadie sabía quién era el otro”, se acordó.

Ratificó como lo dijo el primer testigo que el Gato Gómez mientras estaba preso “torturaba gente”. Ella fue una de esas víctimas. Días previos a su partida le había dicho golpes de por medio “qué le contaste a estos que te dejan salir…vas a aparecer en una zanja”. Otra similar se repitió pero sin golpearla.

Tras responder preguntas puntuales sobre la presencia de embarazadas y niños la abogada la indagó sobre qué significaba esta experiencia en su vida y especialmente la violación. “Digamos que hay muchas clases de tortura. A pesar que alguna gente pueda decir que una cosa es más que otra”, reflexionó y acotó que “estar paradas  horas, con las manos en la nuca y las piernas abiertas” también era terrible. Y una vez la llevaron al hospital San Roque porque tenía las costillas rotas.

“Yo no tengo rencor, no quiero que nunca le pase a nadie”, concluyó.

Hoy al mediodía comenzó la lectura de la acusación a 11 imputados en cinco expedientes que se acumulan a la megacausa Se prevé que esta fase del proceso se extienda hasta fin de mes.