martes, 30 de julio de 2013

Juicio por los crímenes cometidos en La Perla: “En peligro de muerte permanente”

El megajuicio que se desarrolla en Córdoba reanudó la actividad tras la feria judicial con el testimonio del sobreviviente Gustavo Contempomi. La complicidad civil y los crímenes sexuales del terrorismo de Estado.

 Por Marta Platía  -  Desde Córdoba

“Los sobrevivientes somos incómodos porque revivimos la culpa de otro. Fuimos culpables (en la dictadura) porque militábamos. Decían ‘se los llevaron, por algo será’. Y luego también fuimos culpables de que nos liberaran, por sobrevivir: ‘Si están acá, no habrán sido demasiado heroicos, algo habrán hecho para sobrevivir’. Con lo cual tácitamente se asume que el fusilamiento de los héroes es correcto. Yo les digo: sin nuestro activo compromiso, simplemente no existirían estos juicios. Sin nuestra memoria, el impulso de la Justicia no hubiera llegado tan lejos.” Estas palabras de Gustavo Contempomi, un arquitecto que logró salir con vida del campo de concentración La Perla luego de casi dos años de cautiverio, reabrieron tras la feria judicial el megajuicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino. Contempomi sabe lo que dice: es un sobreviviente doblemente incómodo, ya que no sólo da cuenta de lo que hicieron los represores sino que también ha denunciado a miembros del Poder Judicial que, por su acción u omisión, están sindicados como cómplices de la dictadura militar.

En este juicio ya declararon 102 testigos en 61 audiencias; y se juzga a 41 imputados, con Luciano Benjamín Menéndez a la cabeza.

Durante más de siete horas, el sobreviviente Gustavo Contempomi recorrió con su memoria los nombres, rostros y padecimientos de decenas de compañeros que fueron torturados y asesinados. Declaró por videoconferencia desde Barcelona. No lo dijo directamente, pero tiene sus muy buenas razones para no querer regresar: Contempomi junto a su ex esposa, Patricia Astelarra, y otra pareja de sobrevivientes, escribió y publicó un informe sobre lo padecido en La Perla apenas comenzó la democracia. Un informe que luego se editó como libro. Según el testigo, este texto le acarreó un hasta hoy oscuro proceso judicial que lo llevó a la prisión durante un año y medio más, en 1984, por una supuesta “asociación ilícita agravada”. Un “proceso armado” por el cual tanto él como su ex esposa han denunciado a funcionarios judiciales de connivencia con la dictadura: el juez Gustavo Becerra Ferrer, su entonces secretario Luis Rueda (hoy presidente de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba) y el fiscal Antonio Cornejo.

Con horror, recordó a Elpidio Tejeda, “Texas”: un represor preparado para flagelar cuerpos en la Escuela de las Américas, y que varios sobrevivientes coincidieron en calificar como “una máquina de matar”. Contó: “Un día me llamó por la mañana, a los gritos. Fui absolutamente aterrorizado porque parecía furioso... Estaba en su cuarto de tortura. Las paredes llenas de sangre. Tenía varias botellas de Coca-Cola desculadas como para lastimar. Había un hombre con la cara contra la pared. Le hizo dar la vuelta para que yo lo reconociera. Yo lo conocía, pero hice de cuenta que no. Tenía el rostro completamente destrozado, ensangrentado... No recordábamos su nombre hasta hace un mes y medio... Ahora sabemos que se llamaba Carlos Alberto Vicente. Lo detuvieron con su mujer, Elsa Noemí Pablo de Vicente”. Contempomi remarcó cada nombre, y con eso dejó en claro que no ha parado de investigar, de intercambiar detalles y recuerdos con otros sobrevivientes.

“En 1976, en La Perla estábamos en peligro de muerte permanente. Padecíamos los gritos de los torturados y la presencia permanente del pozo... En la medida en que La Perla se llenaba, también se vaciaba. Nos pasó que de pronto algunos ya ni teníamos miedo al pozo sino a las nuevas posibles torturas, al dolor.” Habló de la reducción a la servidumbre a la que fueron sometidos los cautivos; y les negó a los abogados defensores de los imputados que haya habido colaboradores o colaboracionistas: “Ahí no hubo colaboración. Eso supone un acuerdo, tener la posibilidad de aceptar o no. Aquí hubo personas sometidas a la voluntad de los represores. Era un sistema pensado para destruir su humanidad”. Recordó a los que vio morir luego de las torturas, como a María Luz Mujica de Ruartes, o a una joven a la que llamaban “Pampita” y con quien se ensañaron “salvajemente: no sólo la picanearon y la golpearon por todo el cuerpo sino que la ataron a un auto y la arrastraron por los caminos. Se llamaba Inés Magdalena Duhalde o Hualde”, intentó precisar. Y la tortura a los pibes de los colegios Montserrat y Manuel Belgrano: Diego Hunziker, su hermana Claudia, Oscar Liñeira... Ninguno superaba los 17 años cuando los asesinaron.

En su butaca, Ernesto “el Nabo” Barreiro sonreía como siempre, tamborileando su cinismo entre los dedos de uñas obsesivamente cuidadas. Y el resto de los acusados: Héctor Pedro Vergez, Palito Romero o el Chubi López, entre otros, se cubrían la cara con las manos o con papeles cuando Contempomi los señalaba uno por uno por “su ferocidad para torturar, matar, vejar y violar, incluso a mujeres embarazadas, como a mi entonces esposa, Patricia Astelarra, que fue violada por el Cura Magaldi (Roberto Mañay): un ser símil Inquisición que se escudaba en rezos y una cruz mientras daba picana. Los represores, entonces, se indignaban y pedían la palabra: se sentían “afectados en su honorabilidad”, dijeron ante “ese tipo de acusaciones”.

Asesinos y violadores

Ya antes de que comenzara la feria judicial, una de las declaraciones más conmocionantes fue la de Gloria Di Rienzo: fue la primera sobreviviente que le pidió al juez que todos los imputados se retiraran de la sala mientras estuviese declarando. Di Rienzo, una hermosa mujer de pelo negro larguísimo, hizo uso de su derecho a dar su testimonio sin que quienes la violaron, la abusaron y torturaron estuviesen a sus espaldas. Contó que en el Departamento de Informaciones (“la D2”, o la Gestapo cordobesa), en el Cabildo histórico y a pasos de la Catedral que por entonces comandaba Raúl Francisco Primatesta, fue salvajemente violada por la patota que se encarnizó con ella: “Fueron cuatro días, pero en mi mente, en mi cuerpo, el tiempo no terminaba de pasar. Me desnudaron, me picanearon las encías, los dientes, los genitales; y una mujer me retorcía los pezones... Le decían Graciela”. Gloria se refiere a la torturadora Graciela “Cuca” Antón: la única mujer entre los represores en juicio, quien tiene por costumbre reírse casi todo el tiempo, de modo despectivo, mientras escucha los testimonios de las víctimas.

Gloria denunció que la golpearon entre varios hombres “a puñetazos simultáneos”, en un pasillo de la D2. “Como la picana hacía que mi cuerpo se arqueara, se cayó la venda. Ahí, no sé cómo, me senté y los miré. Uno por uno. Todavía hoy tengo esas caras como si fueran una foto. Nunca me las olvidé. Después empezaron a violarme todos... Como yo apretaba las piernas, me tiraron agua caliente para que las abriera... Hasta ahora tengo las marcas de las uñas de ellos por la fuerza que hice con los muslos para no abrirlos.”

Furiosos por su resistencia, la arrojaron y golpearon contra las baldosas de un patio interno. “Me arrastraron del pelo a otra habitación, y uno al que le decían el Tío (Carlos Alberto Vega, alias ‘Vergara’) introdujo su mano completa en mi vagina y me levantó en el aire... El dolor, el desgarro fue terrible.” El calvario continuó con “el submarino”: le sumergieron la cabeza en un tacho con agua hedionda. Fue entonces cuando Gloria Di Rienzo tuvo lo que ella definió como una experiencia de muerte: “De pronto, ahí sumergida, ya no pude más. Comencé a ver montañas azules... Eran las sierras de Córdoba. Hermosas como son de tarde... Me estaba muriendo ahogada”. Y siguió: “¿Saben? Se sentía en paz... Pero cuando recuperé la conciencia estaba de nuevo ahí: boca abajo, en un charco de agua y sangre”.

Las heridas y lesiones que tenía le desencadenaron una infección generalizada. La llevaron de urgencia al Policlínico Policial. “Yo estaba segura de que me iban a matar, había decidido que hicieran lo que quisieran, pero conmigo no se iban a llevar a nadie.” Cuando el fiscal Facundo Trotta le preguntó por el trato recibido en el hospital, Di Rienzo memoró: “El médico se acercó, me revisó... Le dije que me habían violado. Y él me contestó: ‘No, no te violaron porque vos ya no eras virgen’”. Días después dejaron entrar a la madre de Gloria. Al dolor del cuerpo, se sumaron los de los tabúes de entonces. “‘Hija, ¿qué te han hecho?’. ‘Me violaron, mamá’.” Y la súplica: “Por favor, que no se entere tu padre...”.

Soportó el encierro en la cárcel conocida como la UP 1 hasta marzo de 1980. No hubo cargos. Sólo por ser militante del PRT. Pero sus pesadillas no terminaron ahí: ya en democracia, en 1996, y con la excusa de un supuesto robo de vehículos, la policía del gobierno de Ramón Mestre, bajo el dominio de su entonces ministro de Asuntos Institucionales, Oscar Aguad, allanó su casa. Era, aún, la patota del D2: “Fue una tarde. Cuando llegué con mis hijos, me los encontré adentro. Eran ellos otra vez. Me pasaban cerca y me cantaban al oído, burlándose: ‘Somos los mismos’.” Según los nombró Gloria, eran “Dómine, Nieto y (el Tucán) Yanicelli”.

De hecho, en el juicio que se les hizo al dictador Jorge Rafael Videla y a Luciano Benjamín Menéndez en 2010, el querellante Miguel Hugo Vaca Narvaja solicitó que se citara al senador nacional Oscar Aguad, ya que fue él quien nombró en la cúpula de la policía cordobesa –entre otros– a Carlos “el Tucán” Yanicelli: uno de los más feroces represores del terrorismo de Estado en Córdoba. En ese momento no se hizo lugar al pedido. Ahora, las designaciones hechas por Aguad vuelven a salir a la luz en este juicio en las denuncias de los testigos.

Hacia el final de su testimonio, y cuando parecía que ya estaba todo dicho, Gloria Di Rienzo estalló en una reacción inesperada: “¡Mire, señor juez, hay detalles que nunca, nunca, jamás voy a decir! ¡No los voy a describir porque han avasallado mi dignidad de una manera terrible! ¡Aquí, en esta sala están mis hijos, mi esposo, y no los voy a decir por nada del mundo!”. Mientras el juez, sorprendido, echaba su cuerpo para atrás en su sillón, Gloria se rehízo. “No es un capricho... Hay jurisprudencia internacional que me ampara.” Y la pregunta, la conmoción que quedó flotando en el espíritu –y la golpeada razón– de los presentes en la audiencia: ¿qué más?, ¿qué otros dolores?, ¿qué insoportables vejaciones padeció Gloria, si lo ya relatado alcanzaba cumbres intolerables?

domingo, 23 de junio de 2013

“El grado de humillación que sufrieron es inenarrable”


Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo, autores de La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración.
Durante seis años, Mariani y Gómez Jacobo investigaron y realizaron entrevistas a sobrevivientes para reconstruir cómo funcionaba el centro clandestino asentado en Córdoba y los horrores que sufrieron las víctimas.

 Por Diego Martínez

La Perla fue el mayor centro clandestino del interior del país. La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración es tal vez uno de los intentos más fructíferos por narrar lo inenarrable. Los periodistas Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo hurgaron durante seis años en testimonios de sobrevivientes, hicieron entrevistas, procesaron archivos y contaron en 478 páginas, con un nivel de detalle poco común, la experiencia que sobrevivientes y especialistas coinciden en calificar de intransferible.

–Pertenecen a generaciones distintas: la de los desaparecidos y la de los hijos. ¿Cómo fue la decisión y la experiencia de armar el libro juntos?

Ana Mariani: –La idea de escribir sobre ese siniestro lugar y las consecuencias que todavía hoy se padecen surgió a instancias del periodista Sergio Carreras, quien señaló la carencia de investigaciones periodísticas sobre la historia reciente de Córdoba realizadas en Córdoba. Pero con Carreras coincidimos en que necesitaba a alguien que me acompañara en el arduo trabajo que significaba esta investigación. Así fue como afortunadamente se cruzó en mi camino Alejo, que tenía 25 años y unos deseos enormes de trabajar a la par mía. Cada día que pasaba me iba dando cuenta de que el pertenecer a dos generaciones era provechoso. Alejo no había nacido cuando el golpe de Estado de 1976 y podía tener esa mirada desprovista de prejuicios, imprescindible para la finalidad de la investigación.

Alejo Gómez Jacobo: –La decisión y la experiencia fueron de la mano: en lo personal sabía que no sólo era una posibilidad única de trabajar con alguien de la trayectoria de Ana, lo que significaría una madurez profesional, sino el desafío generacional de hacer frente a una temática que poco se toca y mucho se oculta entre los jóvenes, casi siempre por desconocimiento y otro tanto por temor. Fue un camino largo y con muchas dificultades, pero seguimos adelante en equipo: cuando uno dudaba, el otro empujaba. Cada uno aportó desde su lugar y el complemento fue más fructífero de lo que esperábamos. El resultado es un libro que arroja una mirada distinta, porque no sólo es un material documental, sino que conlleva un intento de sanación del vacío que quedó entre aquella generación tan golpeada y la que creció con la certeza de la democracia.

–El libro arranca contando la construcción del edificio como compensación al Ejército por una cesión de terrenos. ¿Fue pensado como campo de concentración?

A.G.J.: –Poco se sabe sobre las intenciones iniciales del Ejército. Sin embargo, se pueden ir reconstruyendo fragmentos con voces y fechas que permiten inferir que La Perla fue construida, entre otras cosas, con el propósito del exterminio. Para 1975, Menéndez asumía en el Tercer Cuerpo y los mandos castrenses ya habían decidido que Isabel tenía las horas contadas. El predio donde se ubica La Perla es, lamentablemente, el lugar justo para la “solución final” implementada: a 12 kilómetros de la ciudad de Córdoba, alejado de toda civilización y en pleno terreno del Ejército. Es decir que nadie podía ayudar a los secuestrados, a merced de la voluntad absoluta y mesiánica de sus captores.

–Cuentan que en 1977 hubo madres que llegaron al alambrado de La Perla a preguntar por sus hijos, que en 1976 hubo testigos de fusilamientos, y arriesgan que Córdoba fue de los lugares donde se supo sobre el terrorismo de Estado desde el primer momento. ¿A qué lo adjudican? ¿Y cuál fue el nivel de conocimiento del grueso de la sociedad cordobesa en esos años?

A.G.J.: –Córdoba es históricamente una de las provincias más politizadas del país, y no fue casual que las Fuerzas Armadas hayan concentrado el núcleo de la represión en el eje Córdoba-Santa Fe-Buenos Aires. La fortaleza de fábricas y gremios hicieron de Córdoba un foco para las reivindicaciones sociales y, por ende, un objetivo negro para el Ejército. Es decir que en Córdoba siempre hubo conciencia plena del momento histórico y político que se vivía. De todas maneras, el conocimiento sobre lo que ocurrió después, ya con la Junta en el poder, es materia de discusión: hay quienes dicen que se sabía, pero no se podía hacer nada frente a semejante aparato; otros que nada se sabía; y muchos apuntan que era imposible no saber, pero que la sociedad prefirió mirar hacia otro lado y luego fingir un supuesto desconocimiento para lavar sus culpas. Como sea, y más allá de la valentía de las Madres o de algunos testigos ocasionales de fusilamientos, la sociedad cordobesa, igual que el resto del país, estaba paralizada por la maquinaria de terror que el Ejército ejecutó a la perfección.

A.M.: –Si bien en un primer momento se podía ignorar la existencia de La Perla como campo de concentración, algunos sobrevivientes relatan que cuando pasaban por el lugar, comentaban: “Si nos traen acá, no salimos con vida”. Además, los operativos para los secuestros eran tan ostentosos que la gente no podía ignorar lo que estaba sucediendo. Pero el miedo, como dice Alejo, fue una de las armas de quienes tomaron el poder, y los militares sabían muy bien que la sociedad estaba indefensa ante esa maquinaria de terror. Lo que sí es alarmante es que en la actualidad todavía pueda haber personas que nieguen esa negra historia reciente.

–Las mujeres sufrieron una violencia doble: tortura y violencia sexual, explican, y cuentan la exposición de mujeres desnudas y vendadas ante la tropa. ¿Cuánto se logró avanzar en Córdoba respecto de la violencia de género como delito específico? ¿Qué receptividad tuvo el Poder Judicial?

A.M.: –El grado de humillación que sufrieron todos los secuestrados y desaparecidos, sin excepción, es inenarrable. Pero en el caso de las mujeres, los abusos y la violencia sexual fueron una constante. Que se las expusiera desnudas ante la mirada de cantidad de gente es terrible, humillante y violento. Los testimonios en este aspecto son muy fuertes, como estar atadas de pies y manos al elástico de la cama en la sala de torturas, desnudas y rodeadas de los represores que se reían y burlaban mientras las sometían a los tormentos más grandes. Una de las sobrevivientes nos relató que la humillación es tan terrible como la tortura. Este tipo de prácticas aberrantes buscaba la destrucción psíquica y la afectación de la dignidad de las personas. Hace bastante tiempo que se viene trabajando en ese sentido y se está instruyendo una causa sobre estos delitos que se podría elevar a juicio.

–Una sobreviviente cuenta que la primera trompada en cautiverio en el D2 se la dio la Cuca Antón, una mujer policía que todos temían, y que “por suerte” no estaba la Tía Pereyra, que interrogaba e “instruía a todos”. ¿Son casos aislados o hubo otras mujeres que participaron de la represión ilegal? Y a Ana, como mujer, ¿qué lectura hace del rol de esas mujeres?

A.M.: –Antes que nada quiero aclarar que Mirta Graciela Antón, alias “la Cuca”, está cumpliendo una condena de siete años en la cárcel de Bouwer, desde julio de 2009, por la causa UP1, y ahora está nuevamente imputada en la megacausa La Perla. Esta mujer fue central dentro de la estructura represiva del Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba, al igual que la conocida como la Tía Pereyra, muerta ya, que de acuerdo con testimonios era terrible a la hora de torturar. De allí que esa sobreviviente nos relató que “por suerte” estaba de vacaciones la Tía, porque la tortura hubiera sido más feroz aún. Personalmente creo que el mal, el sadismo (como pellizcar los pezones, en lo que se dice era una “especialidad” de Graciela Antón), corresponde a cuestiones del género humano. Pero considero que es una discusión que supera esta entrevista.

–Una historia atípica es la del hijo del comandante de Gendarmería al que obligaban a integrar el grupo de tareas a sus 16 años, y que ya adulto termina aportando información a la Justicia y a ustedes. ¿Cómo fue el quiebre de ese hombre, que admite haberse criado en una familia nazi?

A.M.: –Además de ser atípica, es la primera vez que el hijo de un represor de Córdoba da testimonio para un libro. Su padre es uno de los imputados en la megacausa y, de acuerdo con lo que nos relató, lo obligó desde que tenía 15 años a destruir documentos, libretas de estudiantes y libros que levantaban en las casas, y a participar de los secuestros. A los 17 años comenzó a sufrir un estado de paroxismo por todo lo que había visto, hecho y vivido. Se despertaba con convulsiones y ataques de pánico, y todavía hoy no logra dormir una noche entera. Guardó un secreto durante 36 años y no deja de sorprender que se haya animado a contarlo. Cuando le preguntamos el porqué de su necesidad de contarlo ahora, su respuesta fue que comenzó a repudiar dentro de él lo que había hecho, es decir lo que le había obligado a hacer su padre. No podía más con sus recuerdos y al saber que estábamos investigando para un libro sobre un campo de concentración, después de ir a la Justicia, recurrió a nosotros. Pensamos, entre otras cosas, que el sentimiento de culpa fue el disparador de su decisión.

–Los guardias de La Perla, igual que en Campo de Mayo, eran gendarmes, que entre otras tareas buscaban a los secuestrados para llevarlos “al pozo” o a la muerte. Un sobreviviente cuenta que eran norteños, humildes y que algunos sufrían. ¿Están identificados? ¿Alguno colaboró con la Justicia?

A.G.J.: –La mayoría no están identificados y muchos se alejaron por completo para evitar correr el riesgo de quedar involucrados en la matanza. Hubo sin embargo unas pocas voces de gendarmes que se atrevieron a denunciar y cuyos testimonios fueron lapidarios, sobre todo en el primer juicio, en 2008. Tal vez el más importante fue el de un gendarme de apellido Beltrán, que relató una ocasión en que Luis Manzanelli, uno de los represores más temibles, fusiló a una pareja indefensa en un predio del Tercer Cuerpo. Beltrán fue amenazado y expulsado de Gendarmería por negarse a participar en el fusilamiento, y más de tres décadas después contó esta situación en el juicio, ante la mirada fija de Manzanelli en el banquillo de los acusados. El gendarme demostró una dignidad íntegra que le costó su trabajo y su carrera.

–Uno de los torturadores más brutales, el sargento Tejada, alias “Texas”, sacaba cartas de secuestrados a familiares y a la vez les llevaba fotos de los hijos. ¿Tiene explicación ese comportamiento?

A.G.J.: –La explicación podría encontrarse en dos aspectos que caracterizaron a la mayoría de los represores de La Perla: su mesianismo y sus contradicciones internas, que se fueron agudizando a medida que entraron en contacto con los secuestrados a los que debían fusilar. En el caso de Texas, influyeron muchas cosas: su manejo de un poder absoluto que le permitía llevar a cabo acciones inexplicables, como llevar cartas a los hijos de una pareja que acababa de torturar; su resentimiento hacia sus jefes, dado que tenía un origen humilde y según ex prisioneros se sentía excluido de los mandos superiores; y sus contradicciones, que lo llevaron a confesarle a una sobreviviente que a veces dudaba de si estaba bien lo que hacía en La Perla, es decir torturar. Pero no hay que dejar de tener en cuenta que había sido formado en la Escuela de las Américas en Panamá y fue uno de los torturadores más temibles.

–Varios sobrevivientes cuentan que los represores hablaban de “pozos” y “traslados”, y que llegaron a leer “disposición final” en algunas fichas. También que el camión “iba y volvía en poco tiempo”, por lo que suponen fusilamientos y entierros cerca de La Perla. ¿Cómo fue hasta ahora la búsqueda de desaparecidos en Córdoba? ¿Hubo entierros cerca de ese campo?

A.M.: –El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) está trabajando en la ciudad de Córdoba desde febrero de 2003, cuando la Justicia federal ordenó la excavación y exhumación en el cementerio San Vicente de restos de desaparecidos. Además están realizando tareas en los predios de La Perla, ya que muchos sobrevivientes coinciden en los tiempos cortos en que los camiones iban y volvían para los “traslados”. Existe el testimonio de José Julián Solanille, un trabajador de los campos aledaños a La Perla, que expresó, tanto en el Juicio a las Juntas como en la actual megacausa, haber visto enterramientos clandestinos en la zona; cuerpos arrojados desde un helicóptero, fusilamientos, enterramientos, cuerpos hacinados en el fondo de un pozo de agua. En uno de los testimonios del libro, una persona que quería conocer la suerte de unos amigos se reunió con un militar que le dijo: “Estuvieron en La Perla. Pero si usted me pregunta dónde están enterrados, no se lo puedo decir, porque hemos cambiado alambrados, sacamos árboles, alteramos todo para que ni siquiera nosotros sepamos en qué lugar están esas tumbas”. El EAAF, a pesar de la inmensidad de los predios de La Perla, sigue trabajando en la búsqueda, ya que el clamor de los familiares sigue siendo encontrar a sus seres queridos.

–El libro cuenta con un nivel de detalle poco común los comportamientos más brutales de militares que siguen vivos y seguramente tienen familiares y amigos. ¿Tienen indicios sobre las reacciones en el entorno cercano de los represores a medida que conocen sus comportamientos?

A.M.: –En el juicio que se está realizando comenzamos a observar que en las últimas audiencias empiezan a hacerse notar los familiares y amigos de los imputados. Detrás del vidrio que separa a los militares, policías y civiles acusados, están algunos de ellos con carteles con inscripciones y fotos de muertos por organizaciones armadas. Así como hay familiares con fotos de sus desaparecidos, ellos van con esas pancartas. En una de las audiencias, cuando una testigo relataba que un militar la había manoseado de manera insistente, la esposa de ese imputado se sonreía y negaba con la cabeza mientras la testigo hablaba. La misma actitud manifiesta cada vez que se relata que su marido era uno de los que torturaba.

–Muchos sobrevivientes califican de “experiencia intransferible” la del campo de concentración. Ustedes trabajaron varios años para traducirla en palabras. ¿Sienten que lograron ese objetivo?

A.G.J.: –Trabajamos sin parar durante seis años porque nos parecía imprescindible, además de una deuda histórica como país, que se conociera la magnitud aniquiladora del mayor campo de concentración del interior de la Argentina y sus consecuencias sociales, culturales y generacionales, que todavía seguimos padeciendo. Ese era nuestro objetivo: un aporte periodístico y documental para quienes lo sufrieron, para quienes no vivieron esa etapa y para aquellos que niegan que eso haya ocurrido. Además, en mi caso, implicaba volver a tender puentes entre mi generación y la que quedó sepultada o herida en los ‘70. De todas maneras, nuestro objetivo no fue transferir la experiencia del horror de cada sobreviviente porque, como ellos dicen, es imposible. Nosotros les pedimos prestada su palabra para comunicarla, pero la experiencia de sobrevivir a La Perla es única, personal y queda encerrada en el cuerpo de quien la sufrió.

A.M.: –Sin ninguna duda, la de los campos de concentración, como cualquier situación límite, es una experiencia intransferible. Nosotros sólo fuimos intermediarios. El libro está basado en su totalidad en testimonios porque creemos que sólo quien vivió el infierno puede dar cuenta de él. Y entendiéndolo así, desde que comenzamos a recorrer este doloroso camino, supimos que teníamos que estar por fuera del relato.

El rol de la Iglesia

 Por Diego Martínez

La Iglesia Católica aparece en distintos planos: la intimidad entre Menéndez y el cardenal Primatesta, la monja testigo del secuestro que debe irse del país para hacer una denuncia, la orden de monseñor Tortolo para que seminaristas encarcelados no puedan leer la Biblia, el “profundo cristianismo” del represor apodado “Monseñor” o “Juan XXIII”. ¿Cómo definirían el papel de la Iglesia ante el terrorismo de Estado en Córdoba?

A.M.: –Durante el terrorismo de Estado en Córdoba, la Iglesia le cerró las puertas a la mayoría de los familiares que recurría a pedir por sus seres queridos. Además, como relatamos en el capítulo “El Tercer Cuerpo y la Iglesia”, también se las cerraron al sacerdote y a los cuatro seminaristas que cometieron el “pecado” de realizar trabajos sociales en villas y con grupos de jóvenes, razón por la cual los sometieron al macabro recorrido por distintos campos de concentración de Córdoba. Y si hoy están con vida, es por la rápida actuación de esa monja compañera de ellos que no fue secuestrada, porque ese día no estaba en la casa, y se movilizó rápidamente. Cuando se pudo escapar y llegar a Estados Unidos (ella era norteamericana), luchó hasta presentar un informe sobre la situación en la Argentina en el Senado, que resultó en una gran presión internacional sobre el régimen dictatorial. Habría que agregar que además de la estrecha relación entre el entonces arzobispo de Córdoba, Raúl Primatesta, y Luciano Benjamín Menéndez, también existían estrechos lazos entre éstos y algunos políticos, empresarios y funcionarios de la Justicia. Está comprobado que hubo múltiples complicidades. Además, lo que narran los sobrevivientes en el libro se va corroborando con los testimonios que escuchamos diariamente en el juicio más grande que se ha llevado a cabo en Córdoba, con 43 imputados y 16 causas, con algunas acumuladas, por hechos cometidos de 1975 a 1978, que se ha dado en llamar “megacausa La Perla”.

–Una sobreviviente cuenta que en el D2 escuchaba las misas de Primatesta en la Catedral y que los represores iban a misa y volvían a torturarlos. ¿Cuál fue el rol de los capellanes en Córdoba? ¿Dónde recibían “auxilio espiritual” los torturadores de La Perla?

A.G.J.: –Algunos capellanes –porque no se puede decir que fueron todos– colaboraron por convencimiento o conveniencia con el proyecto aniquilador de la Junta Militar, y Córdoba no fue la excepción. Es decir que fueron partícipes en tanto bendecían la conciencia de los torturadores y negaban información, pese a las súplicas de los padres de desaparecidos. Córdoba es una provincia donde la Iglesia pisa fuerte y ello quedó demostrado en los vínculos de poder entre la cúpula eclesiástica y el mismo Menéndez. Como un pilar más de la represión, el rol de muchos capellanes fue el de dar el visto bueno a la matanza en nombre de Dios y en aras de salvar al país de una supuesta amenaza comunista. Uno de los represores de La Perla les contó a sobrevivientes que tenía un cura amigo que bendecía sus acciones y con el que se confesaba para “depurar” cualquier culpa por lo que estaba haciendo.

martes, 18 de junio de 2013

“Todas las mujeres sufrimos vejaciones”

En un valiente, preciso y conmovedor testimonio, Gloria Di Rienzo dio cuenta de los crímenes contra la integridad sexual cometidos por la patota del Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba.

Por Alexis Oliva  -  (El Argentino, edición Córdoba)

“Yo quería seguir viviendo. Después de la brutalidad y el daño a la dignidad y el honor, tenía que restituirme a mí misma y que esto no me dañe de nuevo o que me dañe lo menos posible el resto de mi vida. Así que al salir en libertad me busqué un trabajo, formé una familia y traté de tener una vida como todo el mundo. Y a esto lo encapsulé en mi interior”, dijo Gloria Di Rienzo al promediar su relato, ayer, ante el Tribunal que juzga los crímenes de lesa humanidad cometidos en Córdoba durante la dictadura.

Entre estos crímenes, la unidad que coordina la tarea de los fiscales ha recomendado que los actos de violencia sexual que formaron parte del terrorismo de Estado “sean tratados como tales” y no subsumidos en la figura penal de “tormentos”. Además, para que puedan investigarse, es necesario que la víctima esté dispuesta a denunciarlos.
Eso es lo que Di Rienzo encapsuló en su memoria durante más de treinta años, hasta que la Justicia le dio la oportunidad de denunciar. Al comenzar la audiencia de ayer, el juez Jaime Díaz Gavier le ofreció declarar “sin el público y los imputados”, a lo que la testigo respondió: “Prefiero y agradezco la posibilidad de que los imputados se retiren”.

Y no es que les tuviera miedo, porque durante el reconocimiento había pedido mirar a la cara a sus victimarios, en su mayoría ex policías del Departamento de Informaciones de la Policía, a los que identificó uno por uno: Raúl Alejandro Contreras, Ricardo Cayetano Rocha, Raúl Calixto Flores, Juan Carlos Cerrutti, Herminio Jesús Antón fueron nombrados o señalados por Di Rienzo como quienes, desde su secuestro el 13 de septiembre de 1975, la golpearon, torturaron y vejaron en el Departamento de Informaciones D2 de la Policía de Córdoba.

“En esos tres días y medio fui sometida a todo tipo de torturas, con electricidad, me ahogaron en agua, en un momento incluso me tiraron agua caliente en las piernas; y allí también fui violada”, relató la testigo. “Como yo no quería abrir las piernas, me quedaron las marcas de las uñas en las entrepiernas, de la fuerza que ellos hicieron para abrirlas”, rememoró. Incluso, identificó a Graciela Antón como la mujer policía que le “retorcía los pezones”.
Ante un público conmovido e indignado, Di Rienzo hizo un acopio de memoria y coraje para revivir las atrocidades sufridas, con 20 años de edad, en cada uno de los interrogatorios a los que resistió, desnuda e indefensa. “A todas nos hicieron vejaciones como mujeres”, aseguró. “Además de violarme, picanearme y golpearme; de estar sin alimento, desnuda y con frío, no podía pensar que mis padres no me buscaran. Me estaban negando. Entonces, tomé conciencia de que me iban a matar. Ahí me preparé para que, hicieran lo que hicieran, no consiguieran nada de mí”.

Justamente, el no delatar a sus compañeros de militancia en el Partido Revolucionario de los Trabajadores le deparó una furibunda golpiza -en la que ubicó al imputado Carlos Yanicelli- que la dejó al borde de la muerte. Luego de varios días de internación en Policlínico Policial, fue enviada a la Penitenciaría de San Martín, donde soportó nuevos padecimientos y fue testigo de los crímenes de la treintena de presos y presas fusilados por “ley de fugas”. En septiembre del ‘76 fue trasladada a la cárcel porteña de Devoto, de donde salió con “libertad vigilada” en marzo del ‘80.

“El seguimiento era permanente y a la vista. Recuerdo un R12 celestito con un civil adentro, que sabía estar al frente o al a vuelta de casa y cuando yo iba a trabajar, iba conmigo”, refirió. Ese acoso se extendería hasta muchos años después del retorno de la democracia: “En 1996, mi domicilio fue allanado por prácticamente el mismo personal de aquel entonces: Yanicelli (entonces jefe de Inteligencia policial), (Juan) Dómine y (Luis Alejandro) Nieto, con el pretexto de que acusaban a mi esposo de robo de vehículos. No era de ninguna manera eso. Les dijeron a los vecinos que se queden tranquilos, que era un operativo ‘antisubversivo’. Eran las vacaciones de julio y estábamos con mis hijos. En un momento, hicieron alusión a la intervención anterior, con un cantito burlón: ‘Somos los mismos’. Nos amenazaban con volar la casa y me decían: ‘En esta ocasión, Gloria Di Rienzo, no tenemos ningún interés en usted o en su persona’. Esto demostraba que eran los mismos”, relató, minutos antes de finalizar su testimonio y retirarse aplaudida.

lunes, 10 de junio de 2013

Tremendos testimonios sobre las torturas en el centro clandestino de La Perla

“Se arqueaba y le salían chispas”

En el megajuicio por delitos de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino que funcionó en Córdoba, dos sobrevivientes relataron los horrores que sufrieron ellos y otras víctimas del terrorismo de Estado.

 Por Marta Platía   -  Desde Córdoba

El sadismo y la perversión de los represores de La Perla no dieron tregua ni a jueces ni a los que presenciaron los testimonios de dos de los sobrevivientes que más tiempo soportaron en ese campo de concentración: los relatos –de más de seis horas cada uno– de Liliana Callizo y Andrés Remondegui llegaron en varias oportunidades a relatar el cenit de una maldad que, a pesar de todo lo que se ha escuchado en los juicios por crímenes de la dictadura, cuesta aceptar que anide en el género humano.

“Me metieron la cabeza en un tambor de doscientos litros. La sensación de muerte, de que los pulmones van a explotar, que uno se muere es terrible –contó Remondegui, secuestrado el 8 de julio de 1976–. Así como estaba, me picanearon entre varios y me apalearon. Cuando no di más, di una cita falsa. Sabía que mis compañeros ya no estarían en esa casa. Me llevaron en un auto, medio muerto. Como no encontraron a nadie (el torturador Héctor Pedro) Vergez se enfureció: me sentó en una silla, me ató; roció todo con querosén y le prendió fuego a la casa. Sólo me sacaron de ahí cuando el fuego ya me estaba envolviendo... Me llevaron de vuelta a La Perla y ahí me agarró (el represor Elpidio Rosario Tejeda) Texas. Eso fue peor: él estaba entrenado (en la Escuela de Panamá) para pegar y matar. Me dio por todo el cuerpo, por las articulaciones. No sé cómo sobreviví.”

Remondegui es, aún hoy, un hombre alto y fuerte. Cree que esa contextura y su práctica del tenis tal vez lo salvó: “Todos vimos morir a los que recibían la combinación de picana con golpes: te hinchabas, no podías orinar y te morías de una infección terrible. Yo mismo, cuando orinaba, lo hacía con una consistencia de pasta dentífrica. Era agónico”, describió.

Texas, a quien también llamaban “el Yanqui”, murió en un operativo. “Yo estoy convencido de que si él hubiera seguido vivo, no se salvaba nadie. El sólo quería golpear y matar. Venía todos los días a eso. Era una máquina de matar.”

Liliana Callizo soportó más de dos años en el campo de concentración. Los represores, creyéndola “una muerta en vida”, no se cuidaban ante ella de jactarse de sus “hazañas”. Callizo recordó que “Vergez se reía de un muchacho, Alberto, al que ataron de una pierna y lo llevaron colgando en un helicóptero. Lo pasearon por toda la ciudad así, cabeza abajo, y después le cortaron la cuerda, lo tiraron”. Según Callizo, Ernesto “El Nabo” Barreiro “también tuvo que ver: los dos eran del llamado Comando Libertadores de América. Ellos contaban también de otra de sus víctimas: un soldado de apellido Giménez. Lo estaquearon en el Campo de La Ribera (el otro centro de torturas más grande de Córdoba). Le enchufaron una resistencia de plancha en la cara, y el pibe se fue quemando... Eso hasta que murió. Todo eso lo relató Vergez. El acostumbraba a contar estas cosas”.

En el reconocimiento paso a paso que se hizo del campo de La Perla, Callizo les mostró a los miembros del Tribunal Oral Federal 1 cómo el represor Ernesto “Nabo” Barreiro la llevó “de la mano, vendada”, desde la Cuadra (el salón de La Perla donde estaban las colchonetas con los secuestrados tirados en el piso) hasta la sala de torturas. “Me obligó a pararme acá –le indicó al juez Jaime Díaz Gavier–, al lado de la puerta, y me levantó la venda. Ahí pude ver a casi todos los torturadores picaneando a una chica. A (Luis) Manzanelli que estaba sentado en un extremo de esa cama, todo transpirado con los cables pelados en cada mano; a (Hugo ‘Quequeque’) Herrera y a (José Carlos González) Juan XXIII. También estaban Vergez con los palos y las gomas, y uno que le tiraba baldes de agua... Entre todos la estaban torturando. Le tiraban agua para que se quemara más rápido. Era una chica joven, morocha y linda. Me acuerdo de que su cuerpo se arqueaba hacia arriba, en círculos, y le salían chispas y chispas y chispas... Ella gritaba ‘¡mis hijos no, mis hijos no!’. Después supe que se llamaba Herminia Falik de Vergara. La habían agarrado ese mismo día... La querían matar rápido porque era 24 de diciembre (1976) y estaban apurados por ir a brindar y estar con sus familias en sus casas.”

En su testimonio, y con la voz atravesada aún por ese dolor, Andrés Remondegui contó cómo “a una piba joven, de unos 20 años, muy bonita, Claudia Hunziker, le descubrieron una carta entre sus ropas. En esa carta ella le contaba a una amiga que estaba enamorada de mí. Tristemente, no tuvieron mejor idea que llevarnos a los dos a una oficina y hacer una especie de cena de novios. Creo que el menú era pescado, alguna gaseosa... Recuerdo que apagaron las luces. No sé si yo estaba adentro y ella entró o al revés, pero sí que prendieron la luz y gritaron ‘¡felicidades!’... No sabíamos si reírnos o llorar. Después, una compañera sobreviviente, Patricia Astelarra, me contó que ella volvió muy abatida. Que lloró toda la noche, avergonzada... El que armó todo eso fue (Hugo) Herrera”.

Pocos días después, gritaron el número de Claudia. La llevaban “al pozo”, a la muerte. Antes de salir, ella le entregó su reloj a Remondegui. Al final de su larga declaración, el hombre sacó de su bolsillo ese reloj. Y entre sollozos, reveló: “Estuvo guardado en un baúl en mi casa. Lleva ahí más de 30 años. Lo puse en este estuche (uno pequeño, verde). Es para entregarlo a quien corresponda...”. El abogado querellante Claudio Orosz –quien tiene parentesco con la víctima– pidió, ostensiblemente emocionado, que el reloj fuera entregado a la familia de Claudia, presente en la sala. Y así se hizo.
Complicidad judicial

Fue también Andrés Remondegui quien memoró que junto a su esposa y también sobreviviente, María Victoria Roca, fueron llamados a declarar por el entonces juez federal Gustavo Becerra Ferrer. “Fue en 1984. Las preguntas nos ubicaban no como testigos sino como imputados. No porque se nos dijera así, sino por el tenor de las preguntas. Me acuerdo de que me interrogaban sobre (Gustavo) Contempomi (otro sobreviviente junto al cual escribieron un informe sobre lo sucedido en La Perla, que luego se convirtió en un libro). Becerra Ferrer nos decía que tuviéramos cuidado con lo que decíamos, porque íbamos a ir a un Consejo de Guerra. Después, nos llamaban a la noche, y esas voces nos repetían todo lo que habíamos declarado por la mañana... También participamos de un reconocimiento a Vergez, pero era tan evidente que todo estaba mal, que con mi mujer dejamos de ir. Pero nos volvieron a llamar, y Becerra Ferrer nos dijo ‘nunca más se niegue al llamado de la Justicia’. Y nosotros, aún en el medio del susto que teníamos, alcanzamos a argumentar que lo que decíamos de día, nos lo contaban por la noche. El aseguró que no era así. Su secretario era el hoy juez Luis Rueda. Después nos volvieron a llamar en 1986, en el ’87... Pero un día dijimos basta, y no volvimos a ir. No fuimos ni siquiera cuando nos llamó el fiscal (Julio César) Strassera para el Juicio a las Juntas... No confiábamos en nadie. Después llegaron las leyes de Obediencia Debida, de Punto Final, el indulto... Así que ¿qué podíamos esperar nosotros?”

Remondegui y su esposa se “autoexiliaron” en una casa en el Valle de Punilla: “Nos propusimos rehacer nuestra vida. Nos obligamos a olvidar. Si es posible, hasta anular nuestra identidad. Tratar de no existir con todo lo que eso significa. Y cargar nuestra cruz: que, así como antes nos decían que nos pasó lo que nos pasó porque ‘algo habrán hecho’, después de salir nos miraran raro porque habíamos sobrevivido... Sufrir el peso, la culpa de estar vivos. De haber sobrevivido”.

La pareja había quedado atemorizada, entre otras cosas, por lo que les ocurrió a Gustavo Contempomi y Patricia Astelarra: si bien los cuatro elaboraron el informe que se publicó en un diario y luego se convirtió en libro, las firmas que aparecieron en el escrito fueron las de Contempomi y Astelarra. El resultado: él terminó preso durante dos años en plena democracia en la cárcel UP 1 de Córdoba, y Patricia exiliada en España con sus hijos. Ya en el momento de su declaración, Astelarra denunció que “la Justicia (de entonces) le armó una causa por supuesta asociación ilícita a su esposo para silenciarlo”. Y, en ese punto, también comprometió al camarista Luis Rueda.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Sin custodia ni esposado Menéndez se atendió en una clínica

Una vecina de Alto Alberdi vio libre al genocida Luciano Benjamín Menéndez en un sanatorio privado sin custodia ni esposado.
Se trata del ex Jefe del Tercer Cuerpo del Ejército, condenado a reclusión perpetua con el beneficio de la prisión domiciliaria, que se habría atendido ayer lunes en el Sanatorio Allende ubicado en el barrio Cerro de las Rosas de la ciudad de Córdoba.
“Estaba en el sanatorio Allende del Cerro y me quedé pasmada y boquiabierta, el mismísimo General Menéndez andaba como pancho por su casa, sin custodia policial, sin esposas, muy de traje sin corbata”, describió Silvana Sigali, vecina de barrio Alto Alberdi, quien se encontraba en dicho nosocomio entre las 14 a 14.30 horas.

“Tardé en identificarlo, lo miraba y me di cuenta que era Menéndez. Pasó por el lado mío, iba con otra persona que lo acompañaba, los dos de traje, camisa blanca”, denunció en diálogo con el programa radial Nada del Otro Mundo.
En declaraciones formuladas a Radio Universidad, Sigali expresó que “la persona que lo acompañaba no se mostraba como un custodio policial”.
“Todas las personas nos quedábamos boquiabiertos”, manifestó.
En este mismo sentido, Héctor Ferreyra, vecino de barrio Centro, también identificó a Menéndez siendo atendido en el Hospital Cardiológico sin custodia ni esposas hace unos meses.
"Iba a entrar cuando me tocaba el turno y cuando se abre la puerta del consultorio, salió este señor de adentro, nos miramos a los ojos de una manera insultante y me quedé pasmado", describió.
El presidente del Tribunal Oral Federal 1 (TOF1), Jaime Díaz Gavier, señaló que la condición de Luciano Benjamín Menéndez es de "arresto domiciliario".
"Tiene autorización para trasladarse con las personas que ejercen la tutela a asistencia médica pero con el compromiso de informar al Tribunal cualquiera de estos movimientos", expresó y agregó: "Me estoy anoticiando por ustedes (por los medios de los SRT)".
"De mí Tribunal no ha sido comunicada ninguna necesidad de traslado a una visita médica", deslindó aunque aclaró que podría haber sido autorizado por otro tribunal del país donde se lo encontró condenado a prisión perpetua con el derecho a arresto domiciliario.

 Pedido de inconstitucionalidad. Hugo Vaca Narvaja, abogado querellante en la Megacausa La Perla, indicó que van a pedir la inconstitucionalidad del beneficio de la prisión domiciliaria.
El modo en que se producen estas situaciones se deben a que el guarda designado es el hijo de Luciano Benjamín Menéndez, quien lo acompaña a las visitas médicas de su padre.
"El beneficio de la prisión domiciliaria se otorga a las personas mayores de 70 años", explicó y agregó que "el problema es que estas personas salen sin autorización del Tribunal".
"Vamos a pedir la inconstitucionalidad de la prisión domiciliaria en casos de delitos de lesa humanidad, donde la peligrosidad es evidente", explicó.
Además, los abogados que se desempeñan como querellantes en causas por violaciones a los derechos humanos pedirán un informe a la Justicia Federal para saber si el ex represor Luciano Benjamín Menéndez caminaba ayer por una clínica cordobesa, sin custodia, como denunció una vecina.
"Hay muchos trascendidos, razón por la cual queremos ser cautos, recabar e intercambiar información y, de ser necesario, pedir un informe (al Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº 1) sobre si estaba previsto que Menéndez concurriera ayer a un sanatorio", aseguró el abogado Miguel Ceballos.
El letrado insistió en que "Menéndez padece una afección pulmonar crónica y es requerido desde diferentes provincias (para ser juzgado), razón por la cual hay que saber dónde se encontraba ayer, si tenía un turno médico, si contaba con asistencia médica y si el eventual chequeo estaba relacionado con su enfermedad".

martes, 21 de mayo de 2013

“Yo me morí en La Perla”

LA SECUESTRADA QUE FUE OBLIGADA A INTERROGAR AL HIJO DE VIDELA

En el juicio que se realiza en Córdoba, Suzzara contó que los represores forzaban a los secuestrados a ejercer como “comandos de información en un fraguado campo de prisioneros”, donde enviaban a soldados que creían estar en manos “comunistas”.
Por Marta Platía

Desde Córdoba

Los hilos conductores de los testimonios en el megajuicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino La Perla siguen siendo la tortura, el infinito dolor, la complicidad de la jerarquía eclesiástica y del Poder Judicial, y la frase de bienvenida de los represores a las víctimas: “Nosotros acá somos los que decidimos si se vive o se muere. De acá no te saca ni el Papa. No hay abogados ni jueces. Somos los dioses”. En ese contexto, una testigo relató cómo, estando secuestrada en La Perla, fue obligada junto a otras personas a interrogar a soldados a quienes se les hacía creer que habían caído en manos de “comunistas”: entre ellos, el hijo del propio dictador Jorge Videla.

El juicio tiene 44 imputados. Mientras Ernesto “El Nabo” Barreiro se escarba permanentemente las uñas o se ríe de oreja a oreja en los pasajes más atroces que lo involucran, Luciano Benjamín Menéndez volvió a su estado cuasivegetativo luego de la visible conmoción que le produjo el testimonio del arriero José Julián Solanille: el único hombre que declaró haberlo visto ordenar y presenciar un fusilamiento masivo en los pozos del campo de concentración.

Antes de la muerte de Videla se conoció que la Sala B de la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba, por mayoría, confirmó su procesamiento y el de Menéndez “como autores mediatos de los delitos de tentativa de violación agravada y abuso deshonesto agravado”. Por primera vez fueron imputados por crímenes de índole sexual, siguiendo la teoría del “autor mediato”. Esto es: no lo hicieron ellos directamente pero facilitaron las condiciones y permitieron que estos delitos sucedieran bajo sus respectivos mandos.

La declaración de la testigo Cecilia Suzzara dio una nueva vuelta de tuerca del sadismo del terrorismo de Estado. Cecilia fue secuestrada el día del golpe, el 24 de marzo de 1976, y permaneció torturada y sometida a la esclavitud en La Perla hasta abril de 1978: “En el medio del colmo de toda esta locura –relató–, los represores nos usaron para que ejerciéramos como ‘comandos de información’ en un fraguado campo de prisioneros en el que se supone dominaban los comunistas”.

Según narró Suzzara, “en los terrenos de La Perla habían armado una especie de campo de entrenamiento de soldados del Ejército Argentino que, supuestamente, habían caído en manos enemigas. Cavaron trincheras, pusieron luces y altoparlantes como en las películas, y hasta plantaron carpas. En una de esas carpas, a mí me obligaron a hablar con un soldado. El muchacho estaba destruido. Tenía el uniforme de fajina, los labios sangrantes. El realmente creía que estaba en un campo enemigo. De comunistas. Me acuerdo que rogaba por un vaso con agua. Estaba desesperado de sed. Yo tenía que obtener la mayor cantidad de datos: a qué compañía pertenecía, cuántos hombres tenía... Recuerdo que le pregunté si tenía familia. Me dijo que sí, que tenía esposa e hijos. Siguió pidiéndome agua. Se la di. Entonces terminó contestándome todo lo que le pregunté. Tiempo después me enteré, por los mismos represores, de que se trataba nada menos que del hijo del general (Jorge Rafael) Videla”. La tortura del terrorismo de Estado por partida doble: por un lado obligaban a las víctimas sometidas por los tormentos a “interrogar” a los soldados en formación, y por el otro, humillaban y mantenían en condiciones infrahumanas a sus propios jóvenes en instrucción. En esa perversa creación de los militares golpistas cayó hasta el propio hijo del dictador.

La declaración de Suzzara fue una de las más detalladas y terribles que se han escuchado en las últimas audiencias del megajuicio. Secuestrada por una patota en plena calle, fue torturada con saña en La Perla durante dos días y dos noches. Cuando su cuerpo y su alma no pudieron más, dio una dirección. “Teníamos que aguantar lo más que se pudiera hasta que los compañeros supieran que nos habían agarrado y se fueran de donde estaban... Yo pensé que nadie estaría ahí. Era una obra en construcción donde nos habíamos reunido. Nunca pensé que alguien pudiese estar viviendo en ese lugar.” Pero desgraciadamente no fue así. Cuando los represores que la llevaron en un auto le levantaron la venda, Cecilia vio con horror los rostros de una de sus compañeras: Silvina Parodi de Orozco, embarazada de seis meses y medio, y el de Daniel Orozco, su marido. Silvina es la hija de Sonia Torres, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo-Córdoba.

“Mi dolor, mi desesperación por eso, no se fue nunca. Dura hasta ahora. Con Silvina pudimos hablar en las duchas de La Perla, una vez que nos llevaron a bañarnos juntas. Ella estaba esperanzada porque la iban a llevar a la Cárcel de Mujeres del Buen Pastor para tener a su bebé. Pero estaba muy angustiada porque le habían hecho presenciar la tortura de Daniel... Y eso la había lastimado mucho.”

Del marido de Silvina, Daniel Orozco, un muchacho mendocino de apenas 22 años, estudiante de Economía en la Universidad de Córdoba, nunca más se supo nada. De Silvina, en cambio, sí: su hijo varón nació entre “el 25 de junio y el 5 de julio de 1976”. Luego, el rastro de Silvina se perdió para siempre. Sonia Torres, su madre, aún busca a su nieto y hasta le ha pedido por él al papa Francisco en una carta abierta.

Cecilia Suzzara es una mujer fuerte. Pero también es una mujer muy triste. Con sus ojos hinchados debajo de los rulos entrecanos, fue definitiva cuando le preguntaron cómo vivió después de los tormentos en La Perla: “¿Y quién le dijo que estoy viva? Yo me morí en La Perla”, le había contestado a Martín Fresneda, el actual secretario de Derechos Humanos cuando, en 2008, él le preguntó en calidad de querellante en el primer juicio a Luciano Benjamín Menéndez. Y ésa también fue su respuesta en esta última declaración, interrogada acerca de las secuelas que le quedaron luego de su paso por el campo de torturas y exterminio: “De allí no se sale nunca. Era un lugar adonde nos llevaron para matarnos. Allí no había celda para encerrarnos como prisioneros. Se ejerció todo el poder de dominación sobre cada una de las personas que estuvimos ahí. Nos expropiaron el cuerpo, nos expropiaron la cabeza. Nos redujeron a la servidumbre. Nos despersonalizaron. Nos vejaron. Teníamos toda una cotidianidad con nuestros represores, con nuestros captores –la mujer llora, y hace fuerza para seguir–. Es muy fuerte para quien estuvo ahí, y difícil para los de afuera comprender lo que hicieron con nosotros. Nos mataron. Tuvieron un poder absoluto sobre nosotros. Uno se muere ahí adentro”.

En uno de los tantos pasajes dolorosos de su relato, contó la atroz agonía de Luz Mujica de Ruarte: una mujer a la que secuestraron con un médico, Enrique Fernández Samar. “El recibió las peores torturas: la que daban con picana y con palos. La mezcla de electricidad con golpes destruía los riñones y no podían orinar. Los compañeros que eran torturados así morían hinchados y en medio de terribles padecimientos. María Luz tuvo una agonía espantosa: padeció fiebres, convulsiones y una regresión a la niñez. Llamaba a su mamá, pedía por sus seres queridos y nos turnábamos para consolarla, para hacer de cuenta de que éramos su madre, y le hablábamos como si fuera una chiquita para consolarla en su colchoneta de la cuadra... Cuando se la llevaron creo que ya estaba muerta.”

A la salida de su declaración, Cecilia Suzzara fue aplaudida por el público de la sala de audiencias del Tribunal Federal N° 1, donde se está llevando a cabo este megajuicio. Entre el mar de abrazos, hubo uno que desarmó en lágrimas a todos: fue cuando Sonia Torres, la mamá de Silvina Parodi, se acercó a Suzzara y ambas se abrazaron larga, entrañablemente. Un abrazo que supo a perdón, a inmensa comprensión y dispersó en el hall de Tribunales la grandeza de una Sonia que, con sus 83 años, no se dejó ganar por odios ni rencores, sigue de pie y no se detiene.

miércoles, 15 de mayo de 2013

La Perla: La Fiscalía pidió detener a un ex policía de Bell Ville por secuestro y torturas

El testimonio de los hermanos Bondone, apresados en marzo del ‘76 junto a su padre, muestra que la represión institucional comenzó mucho antes del golpe de Estado y algunos de sus protagonistas aún gozan de impunidad.

Por Alexis Oliva
(El Argentino, edición Córdoba)

A partir del testimonio de dos hermanos de una familia de Bell Ville que fue víctima de la represión, el fiscal Carlos Gonella pidió la detención del policía Antonio Reginaldo Castro -actualmente jubilado-, quien se desempeñó en esa ciudad en tiempos del terrorismo de Estado.

Los hermanos Lisandro Luis y Mariano José Bondone tenían 19 y 18 años cuando, cuatro días después del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, fueron secuestrados junto con su padre Luis José, abogado y militante del Partido Comunista (PC), quien había representado a presos políticos y víctimas de las fuerzas de seguridad.

Según narró Lisandro, desde la intervención federal a Córdoba, en marzo de 1974, la actividad política y profesional de su padre le deparó “el odio de la policía local”, al mando de Raúl Pedro Telleldín, quien junto al imputado Héctor Vergez fue uno de los creadores del Comando Libertadores de América, versión cordobesa de la Triple A. La impunidad de la patota parapolicial se tradujo en Bell Ville en una serie de atentados explosivos contra referentes políticos y abogados progresistas.

“Una noche colocaron una bomba en la casa del doctor Aldo Lacreu, que también militaba en el PC. Conocíamos que eran elementos policiales y sabíamos en qué autos se manejaban. Identificábamos un Fiat 128 blanco con el capot azul, que tenía el escape roto. Después de que sonó la bomba en la casa Lacreu, escuchamos a ese auto detenerse frente a nuestra casa, y después le dieron arranque a toda velocidad. Entonces, yo encontré una mecha. Quisieron poner una bomba y algo les hizo fallar el atentado”, recordó.

Al asumir en julio del ‘75 la jefatura del Departamento de Informaciones D2, centro de detención que funcionó en el Cabildo de Córdoba, Telleldín fue reemplazado por su segundo, Antonio Castro. Él comandó el grupo que secuestró a los Bondone el 28 de marzo del ‘76 y los trasladó a la comisaría de Bell Ville y luego a la de Villa María. “Subversivos, acá van a decir la verdad, si no les vamos a dar con todo”, les anunció el comisario villamariense, según declaró el testigo.

“Me sacaron los anteojos, me pusieron la venda y empezaron los golpes. La pregunta era: ‘¿Quiénes son los comunistas?’ Yo adopté como principio no dar a conocer a nadie. Eso los enfurecía. ‘¿Quiénes son?’ ‘Yo’. ‘¿Y quién más?’ ‘Yo’. Me agarraban el pelo y me golpeaban contra los muebles. Me pegaron un rodillazo en el esternón. Eso se prolongó no sé cuánto tiempo. Reconocí la voz de Castro, en el interrogatorio y las torturas”, relató Lisandro, quien estuvo detenido hasta el 24 de diciembre del ‘76.

A su padre y su hermano menor los recluyeron en la cárcel de Córdoba, y luego en la de Sierra Chica, en Buenos Aires, hasta que fueron liberados en abril del 77. Pero ahí no terminó su odisea. “En el ‘78, de nuevo va Castro a casa y detiene a mi padre; lo trasladan a Villa María, lo esposan, lo cargan en una chata y lo llevan a La Perla”, señaló Mariano José. En el campo de concentración estuvo cautivo una semana y fue interrogado, junto con un grupo de abogados y militantes del PC, cuyo “delito” era impulsar la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. Luego fue alojado en la penitenciaría de barrio San Martín, hasta su definitiva liberación.

“Quiero insistir en que Antonio Reginaldo Castro entró dos veces a mi casa, sin orden de allanamiento, y secuestró a mi padre”, dijo Bondone, quien también reveló que el policía “cuando sospechaba de alguien de izquierda, le daba el certificado de buena conducta, pero por detrás mandaba un informe a las facultades sobre el perfil ideológico”, lo que impidió que el menor de sus hermanos pudiera ingresar a Arquitectura.

“Me lo he cruzado muchas veces, hasta una vez en el supermercado. Mis hijos no le perdonan lo que hizo conmigo. No debería estar en libertad”, concluyó Mariano. Apenas terminó la declaración, Gonella solicitó al Tribunal que comunique al Fiscal de turno lo expuesto por los testigos para que “disponga la detención” del policía Castro.

Hoy, mientras Luis José Bondone sobrelleva una “insuficiencia coronaria severa, agravada por insuficiencia renal” que le impide presentarse como testigo, su victimario camina libremente por las calles de su ciudad. Pero no por mucho tiempo.